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Mensaje de un estudiante

Recibí hace poco el siguiente mensaje de un estudiante sobre los bloqueos en la Universidad Nacional. Lo transcribo eliminando su identidad para preservar la privacidad del remitente.

Buenos días profe. Espero se encuentre bien. La iniciativa de tomar clase pese a la situación actual de U, aparte de parecerme fantástica, deseo apoyarla lo mayor posible. En la UNAL, aparte de ser estudiante me desempeñaba también como estudiante auxiliar en un laboratorio, recibiendo una entrada económica con la que me auto-sostengo. Tuve que buscar otro trabajo con el que pueda seguir teniendo un ingreso económico. Mi inasistencia a las reuniones se debe a que debo pedir permiso para ausentarme de mi lugar de trabajo. Lamento mucho no poder haber estado las reuniones pasadas pero, le garantizo que como sea asistiré a los horarios de formación que ha dispuesto en la biblioteca. Muchas gracias profe por brindarnos ese apoyo en la nuestra formación como profesionales.

Manifiesto de un científico para Colombia

¿Cuál es el proyecto de país que tenemos los científicos?

En este momento me parece un punto crucial. Los académicos de Colombia tenemos varios proyectos confrontados y en cierta medida incompatibles. La Universidad que proyectan a futuro muchos colegas no tiene nada que ver con la visión de Universidad y academia del grupo de la plaza Humboldt o de los participantes de las Aulas Abiertas.

Creo firmemente que los científicos debemos separarnos de los proyectos de país incompatibles con el flujo del conocimiento y la actividad académica. Sin menospreciar otros proyectos de país distintos o contrapuestos a aquel que compartimos; debemos aprovechar ese deslinde.

Creo que la solución a largo plazo de este estancamiento dialéctico en que nos hallamos los científicos de Colombia está en nuestras propias manos.

Creo que si no comenzamos a hacer algo, ahora mismo, dentro de muy poco los científicos seremos de nuevo señalados con el dedo por no plegarnos a una bandera política particular.

Creo que los científicos debemos tomar el lugar que nos corresponde y hacerlo valer.

Podemos y debemos hacer nuestra contribución a una visión de país, la Colombia que proyectamos nosotros. Una propuesta sencilla, que consiga eco y peso específico en el desarrollo de la sociedad colombiana. Una propuesta concreta.  Una señal clara sobre la postura política y académica de los científicos, de cuánto estamos dispuestos a hacer, de cuán lejos en el tiempo podemos hacerla perdurar.

Debemos proponer, promover y buscar por todos los medios a nuestra disposición; sin más demoras y de ahora en adelante, la creación de una institución independiente, financiada con recursos públicos y privados, dedicada a mejorar la calidad de vida de los colombianos. Un lugar distinto de las Universidades que existen, con una identidad distinta. Un espacio nuevo, dedicado a investigar las 24 horas los 365 días del año para producir nuestras propias patentes, nuestros propios experimentos y procedimientos, nuestro propio know-how en física, en computación, en química, biología, en matemáticas puras y aplicadas, en tecnología de alimentos, en ingeniería de exploración, perforación y extracción de petróleo, en física médica y medicina preventiva, en genética y en todo cuanto se les ocurra. Una institución nueva, deslindada políticamente (pero no académicamente) de otras visiones de país que aún perviven en la Universidad Nacional. Un sitio donde donde se formen investigadores nuevos, independientemente de las banderas políticas de los gobiernos de turno y el origen social de los estudiantes; donde multipliquemos en cantidad y calidad el conocimiento científico que se produce en Colombia.

Hagamos un Instituto Colombiano de Investigación Científica.

Las mutaciones del ágora

Desde que los griegos se inventaron eso que llamamos democracia, las cosas han cambiado bastante. Hay ahora sondeos, encuestas, entrevistas, focus groups, análisis de imagen y mercadeo de los candidatos. Hay votaciones directas e indirectas. Hay conteos oficiales y no oficiales, esos que llaman a boca de urnas. Muchas de esas cosas que, desde los griegos, se venían haciendo manualmente; ahora se hacen por medio de procesos automáticos.

Queda poco del antiguo sistema de gobierno por discusiones directas, en un espacio limitado y público (el ágora), en el cual solo votaban los ciudadanos libres (hombres y no esclavos), cabezas de familia (esto excluía a los artesanos, por ejemplo) y emancipados (no bastaba ser mayor de edad, había que tener familia propia y ser capaz de ir a la guerra). Ahora, en la mayoría de las repúblicas, hay separación entre religión y Estado. Las mujeres votan, también los jóvenes de más de 18 años. Hace más de un siglo de la abolición de la esclavitud, y aunque persiste la trata de personas hemos llegado al consenso casi universal de que es un delito.

En la organización de decisiones democráticas, ¿qué beneficios tiene lo manual frente a lo electrónico? Quizás, antes de atender a esta pregunta, habría que recordar que la tecnología ha irrumpido en muchas áreas de nuestra vida. A veces para bien, otras no tanto. Ahora, por ejemplo, contaminamos más el planeta. También somos muchos más. Las repúblicas, los estados y países también tienen, en general, mucho más gente. Si los griegos hubiesen tenido que organizar una elección o referendo con un padrón de 10′.000.000 de votantes, seguro habrían pensado dos veces en establecer la democracia como su forma de gobierno.

Para complicar más las cosas, hace menos de un siglo la sola existencia de un telégrafo era toda una señal de progreso. Ahora existe internet, hay teléfonos celulares y redes sociales. A veces las manifestaciones y protestas se convocan por correos electrónicos, mensajes en el “muro” o “twits” (“trinos”); lo cual es uno de los dolores de cabeza de los sistemas de seguridad y policía pública. Algunas de ellas, por cierto, ahora están empleando esas redes sociales para rediseñar los protocolos de seguridad policial. Algo similar pasa con la prensa, también con los espías. Decía Umberto Eco con cierto desparpajo, que el reciente escándalo de Wikileaks lo único que mostró es que antes, durante la guerra fría, la prensa se nutría de los informes de los espías. Ahora son los espías los que rellenan sus informes con notas de prensa, facebook y de twitter. Tal como al protagonista del Péndulo de Foucault, terminamos persiguiendo a Julien Assange por descubrir que la más grande sociedad secreta moderna (la CIA) en realidad no guardaba ningún secreto.

Volviendo a la cuestión de la democracia y sus métodos; quienes defienden los modernos procesos electrónicos nos ofrecen, esencialmente, rapidez de procesamiento. Con los medios modernos se puede saber el estado de cualquier sondeo a tiempo real; lo cual equivale a decir que se puede incluso mirar cómo va evolucionando la tendencia de la consulta mientras esta misma se desarrolla. Esto es, podemos tener un mapa instantáneo de la votación, en cualquier momento del proceso.

La mayor crítica de los detractores radica en la confiabilidad de los resultados y en la transparencia del proceso mismo, más que en la celeridad de cálculo. Sucede que, en general, las matemáticas y la computación no son disciplinas especialmente populares. Los algoritmos (procesos ordenados) de cálculo en lenguajes de programación especiales, convierten a las computadoras en pequeñas cajas negras como las de los aviones. Cierto que no todo el mundo es capaz de verificar la transparencia de un algoritmo dado. Falso que nadie pueda hacerlo. Cada bando de la contienda electoral puede disponer de suficientes técnicos para las verificaciones y, en unas elecciones serias, debería ser posible (ésta es la palabra clave) auditar el proceso de cómputo.

Cuando hay una gran desproporción entre las partes que van a la consulta, el contendiente más pequeño puede tener serias desconfianzas sobre el proceder del contendiente grande. Como algunos dicen, “quien controla la información controla la democracia”. Esto puede ser cierto, pero no deja de serlo porque empleemos métodos más viejos o precarios.  Las objeciones sobre la injerencia de algún actor político dentro del proceso electoral han sido siempre las mismas. Las soluciones encontradas hasta ahora no han distado mucho, a lo largo de la historia. Constituimos un “árbitro imparcial” (con todo lo difícil y objetable que es esto, en sí mismo) que por su naturaleza se halle fuera de la contienda (si es que esto es posible). Vale decir, armamos un organismo público, un consejo-comité electoral. Nos ponemos de acuerdo en quiénes son las personas calificadas para auditar el proceso de la elección.

En cada nuevo ejercicio democrático, en cada nueva elección, volvemos en el fondo a definirlo todo: los actores, los árbitros, la cuestión a dirimir y el proceso para contar y decidir. Cada ocasión es nueva. Podemos hacer una gran asamblea donde todos presentes decidamos el punto crucial levantando la mano; esto funciona bien cuando hay pocos electores, como en una junta de condominio, y tiene la ventaja de la transparencia automática: si todos estamos presentes a la hora de contarnos es imposible hacer trampa. Cuando somos muchos, como suele ser el caso,   el mayor escollo a superar es la confianza mutua de las partes. La desconfianza no es tanto en un proceso determinado, manual o electrónico, moderno o antiguo; sino hacia algún actor determinado.  No todo ha cambiado desde la época de los griegos.  Pero si no hacemos las elecciones, si torpedeamos toda forma democrática de decidir, entonces simplemente ganará el más fuerte, quien controle las armas y no los argumentos. Favoreceremos las vías de hecho sobre las decisiones negociadas.

Como decía mi filósofo favorito, el mexicano Mario Moreno: “O nos comportamos como caballeros, o como lo que somos”.

Irracionalidades

En la asamblea de profesores de ayer lunes, el profesor Leopoldo Múnera remató la sesión con una frase, a mi juicio, memorable:  “la racionalidad científica conduce a la irracionalidad política”. No voy a discutir ahora el contenido de dicha frase, pero quiero aprovechar su provocador espíritu para dirigirme a mis colegas científicos.

Apartando los plantones, marchas y manifestaciones con pancartas, que tienen sus efectos innegables;  los profesores tenemos un modo privilegiado de participación dentro de la Universidad Nacional: la asamblea de profesores. Es un mecanismo legal y expedito. En ella se toma en cuenta a quienes asisten y exponen públicamente su punto de vista. Puede ser incómoda para quienes se disgustan cuando su opinión no es la mayoritaria. La única actitud madura es superar ese disgusto y participar. Aunque tengamos diferencias públicas (incluso con nuestros propios representantes), aunque algunos sean más vehementes que otros en el tono o la forma de su participación; somos todos colegas y al final de la reunión nos tratamos con la misma cordialidad.

La indiferencia que muestra la gran mayoría de nuestros colegas profesores de ciencias a participar en la asamblea contrasta con la inmensa cantidad de correos, trinos y mensajes en facebook. Con todo el respeto, nos parecemos a los niños que cuando van perdiendo en un partido de pelota se paran y se van. Estamos haciendo pataletas en lugar de participar. Pues bien,

Párense y váyanse. El partido va a seguir.

El resto de nuestros colegas sí participan, y expresan sus puntos de vista, usualmente diferentes al nuestro, en la asamblea de profesores.

Ellos sí están jugando el partido,

Hay un mecanismo de participación, malo sería que no hubiese ninguno. Puede que no nos guste:  es lo que hay. La decisión  tácita de la mayoría de los científicos de no participar en las asambleas es emocional. Es irracional de parte nuestra. Quienes compartimos un punto de vista diferente al del profesor Múnera y el resto de nuestros colegas de la asamblea, desde nuestra condición minoritaria, dimos en mi opinión una buena discusión en la reunión de ayer lunes. Nuestro punto de vista no es el  mayoritario porque no participamos masivamente. Así de sencillo.

En política, lo racional es aceptar la realidad que tenemos frente a las narices y actuar en consecuencia, no mirar únicamente lo que quisiéramos que fuera la realidad. Nuestra irracionalidad política le hace juego a la de quienes mantienen el bloqueo en pié.  Los científicos, en esta coyuntura política, estamos siendo decididamente irracionales, e irresponsablemente inmaduros. A ver si despertamos.

¿Por qué los científicos no hacemos paros o huelgas?

Si un obrero industrial, un empleado de limpieza, un vigilante, un conductor o un taxista dejan de trabajar un día, a la mañana siguiente retoman su trabajo exactamente donde lo dejaron. Pueden parar una semana. Al regresar, la fábrica estará un poco más apremiada por sacar la producción, el piso estará un poco más sucio y en la calle seguirá habiendo transeúntes.

Los científicos, en líneas generales, no hacemos paros. Si dejo las matemáticas un día ellas me dejarán una semana entera. Si dejo de trabajar una semana puedo perder el trabajo de varios meses o, incluso, de un año. Es algo que sabe cualquier estudiante de biología: El único responsable de su experimento de laboratorio es él. Si el experimento le daña (algo que puede suceder en minutos), el estudiante pierde el trabajo de todo un semestre y la calificación de la asignatura. En términos simples, se raja.

Los laboratorios científicos funcionan las 24 horas del día, 7 días de la semana, los 365 días del año. Lo mismo vale para los servidores y máquinas de los laboratorios de cómputo. Funcionan todo el tiempo. No se apagan. Debe ser así. Tiene que ser así. En geociencias hay un servidor que recoge datos sismológicos. Si se interrumpe su funcionamiento se  perderán datos valiosos que habrían sido recogidos durante todo el tiempo que dure la interrupción. Para volver a ponerlo en marcha hay que seguir un complicado protocolo computacional. Como muchos colegas científicos en diferentes disciplinas, los especialistas en física médica también tienen servidores que funcionan 24/24 7/7. Están conectados en red, con servidores de otros centros de investigación, en diversas partes del mundo. Comparten datos de imágenes médicas (resonancias magnéticas, tomografías computarizadas, etc). Más importante: comparten la memoria y la capacidad de cálculo. Mientras un físico en París se van a almorzar, otros cientícos, digamos en Bogotá, usan parte de la capacidad de las máquinas que están en París para realizar sus propios cálculos, a través de la red… Y viceversa. Lo mismo pasa con los servidores de imágenes satelitales. Esto vale para los laboratorios de cómputo de los ingenieros, físicos, geofísicos, estadísticos y matemáticos. Ni hablar de los biólogos, químicos, médicos, inmunólogos, etc.

Cuando, digamos por una protesta o reivindicación “justa”, Usted apaga la fuente que suministra energía eléctrica a ese servidor, detiene el procesamiento computacional de una investigación que serviría, por ejemplo, para segmentar digitalmente tumores de cáncer en imágenes de resonancia magnética. Nadie en su sano juicio, para manifestar por alguna causa justa, le pegaría en público a su madre o a su hermana hasta causarle la muerte. Cuando detenemos o retrasamos una investigación científica, estamos haciendo exactamente eso, en cámara lenta. Interrumpimos un experimento que podría, en el futuro, salvar vidas o mejorarlas considerablemente. Quizás la suya propia o la de un ser querido.

Por otra parte, el tiempo perdido cuesta dinero. El de un científico cuesta mucho dinero. Le cuesta principalmente al estado, y a los contribuyentes. Le cuesta dinero a Usted mismo, por si no se ha dado cuenta. Es Usted quien, en cierto modo, me paga para que investigue. No tiene pues sentido que me impida investigar. Es Usted mismo quien está golpeando su bolsillo. Es Usted quien está botando el dinero a la basura. No yo, pues yo no hago paros.

¿Y los científicos que no usan laboratorios? También los hay. Si Usted secuestra los libros o cierra bibliotecas, se las pondrá difícil. Claro está, las conexiones domésticas a internet ayudan enormemente. No detendrá su investigación, sólo la entorpecerá un rato. Puedo perder un tiempo considerable en volver a organizarla; tenga por seguro que volverá a hacerlo.Hay que decir, también, que mucha de la investigación que se hace en laboratorios, la “ciencia aplicada”, se origina en la investigación sin laboratorios, la “ciencia teórica”. Le queda a Usted elegir si me interrumpe o no.

¿Que por qué no hago huelgas? La ciencia no es solamente mi trabajo, la actividad de la cual  obtengo el dinero necesario para alimentarme, mantener a mi familia, pagar el alquiler y los servicios. La investigación es mi vida. Más aún, de mi investigación podrían depender en el futuro las vidas de otras personas, lo cual es una responsabilidad alta. Por ese único motivo no me voy de paro. Protesto de otras formas. La manera más poderosa en la que un científico protesta es cuando continúa su investigación, sin importar lo que pase a su alrededor. Entonces estoy garantizando que una parte del conocimiento “universal” (ese que se imparte en las “universidades”) le llegará a otros, tal como me llegó a mí. Prácticamente de gratis, a través de la universidad pública. Los científicos pensamos, en general, que el conocimiento es subersivo en sí mismo, aunque no esté alineado con alguna concepción política determinada. Mientras más investigo y doy clases, a más personas llega ese conocimiento. Más personas tienen acceso a las mejoras tecnológicas, a las innovaciones en salud y medicina, a las vacunas, al internet, a los libros electrónicos o en papel. Más personas leen. Más personas conocen sus derechos y los defienden, independientemente de lo que hagan los Estados o los gobernadores de turno. Por eso no me voy de paro. Por eso no hago huelgas.

Nada ni nadie tiene derecho a pedirme que deje de pensar.

Nada ni nadie puede obligarme a dejar de pensar.

RETOMA PACÍFICA DEL CAMPUS DE LA UNAL

Estamos invitando a todos los profesores y estudiantes que deseen, a participar este viernes 1 de marzo desde las 9 am en la retoma pacífica del Campus de nuestra Universidad Nacional de Colombia. Solicitamos a quienes participan:

  •  No traer carro, NI bicicleta.
  • No entrar en agresiones físicas o verbales de ningún tipo.
  • No descalificar a los trabajadores ni a sus reivindicaciones.
  • No intentar desbloquear níngun edificio.
  • Estar en grupos grandes con personas conocidas siempre.
  • Encontrarse con sus colegas y profesores en la entrada de la calle 53 (Icontec)  de la Universidad Nacional.

La sola presencia a las 9 am en este punto de reunión será un mensaje claro de que existe una comunidad de estudiantes y profesores que siente que sus derechos han sido vulnerados.