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Enciclopedia de las vainas inútiles: Clasificación de las Flatulencias

Clasificación de las flatulencias

Tomado del Manual Diagnóstico de la OMF (Organización Mundial de la Flatulencia).

Inoportuno: Esta categoría, tarde o temprano, le sucede a todo el mundo. Acontece en las peores circunstancias, usualmente públicas y solemnes, como los entierros o velorios, desfiles patrios, etc. La víctima está en el momento justo y en el centro de la acción.  El cumpleañero al momento de soplar la vela. El novio o la novia en el instante del beso en el altar.

Canino: Variación del inoportuno, que ocurre en ese temido instante, en el sofá de la casa de los (actuales o futuros) suegros. De pronto sucede el milagro: alguien a quien echarle la culpa, bajo el sofá estaba el perro de la casa.

Ecuestre: Ese que hay que sacar ya, porque sí, cuestre lo que cuestre.

Engañoso: El que parece, pero no es. Tiene como variante el traidor, que es, pero no parece.

Boomerang: ¿A quién no le ha sucedido estar reventándose las tripas en una reunión familiar, pedir el baño prestado y darse cuenta de que solo se trataba de fuegos artificiales? Después del segundo o tercer conato de emergencia, el incauto piensa que no es grave, se aleja hasta el balcón para de descargar su angustia. Entonces la madre naturaleza (o el karma) manda una suave brisa que hace regresar la emisión gasífera, completica, al centro de la reunión social.

Terrorista: Emitidos por niños pequeños e incivilizados (propiedades ambas en relación directamente proporcional). A menor edad, más violento es el ataque. Uno no sabe exactamente qué acuerdo internacional violan: si el de Kyoto (emisiones de carbono), el de Ginebra (armas de destrucción masiva) o el de La Haya (delitos de lesa humanidad).

Antisocial: Variante del anterior, realizada con deliberación y alevosía, a fin de terminar ipso facto una reunión social. Se caracteriza por la edad adulta (no menos de 18 años) del victimario, quien posee plena conciencia y se regodea con el sufrimiento ajeno.

Exhibicionista: Curiosa subvariante del terrorista, que ocurre en lugares de concentración masiva y alta circulación de gente, como los centros comerciales.

Anticultural: Idem, con preferencia por teatros, museos o cines.

Modernista: Idem, en ascensores, aviones, helicópteros, autos de carreras o naves espaciales.

Antideportivo: Idem, en estadios de béisbol/futbol/lo que aguante.

Antigastronómico: Idem, en medio de una epicúrea reunión de pantagruélicos comensales.

Sonoro: Esta categoría tiene subtipos: vientos, metales, cuerdas, percusión. Sobran cualquier descripción.

Musical: Variante melismática del anterior. Solo ocurre entre los subtipos vientos/cuerdas.

Orquestal: Coincidencia  simultánea de dos o más sonoros, en contrapunto y/o harmonía.

Encobijado: El favorito de esos abuelos soñados por todos los niños, que llaman a sus nietos a acostarse en la cama con ellos.

Silencioso: El que no se oye. Suelen ser de gran efectividad, impacto y toxicidad; algunos implican riesgo bioquímico. Son los preferidos de los viajeros de transporte público, en horas pico.

Antireligioso: Variante del silencioso, que ocurre en templos religiosos atestados de gente, durante épocas litúrgicas fuertes y, de preferencia, en climas de cálidos a sofocantes. Tiene como subvariante el herético; que sucede cuando el victimario es la misma persona que oficia el rito. Algunos académicos refutan esta clasificación, pero la OMF en su manual diagnóstico establece que, si los decibeles sonoros superan el nivel 2, entonces se debe clasificar como Terrorista (op. cit. más arriba).

Comunista: Sucede en muy raras ocasiones, que por la flatulencia de uno solo, todo el mundo hace autocrítica y pide disculpas.

Capitalista: Siempre hay alguien que se las arregla para cobrarle a uno por cualquier cosa.

Kamikaze: Cuando el culpable se envenena a sí mismo con su propia emisión.

Inútil: Ese del que nadie se entera que existió.

Semisólido: Dícese de la flatulencia que viene acompañada de chufletazo. Vale decir, que los interiores del culpable quedan manchados con la marca del Zorro. Por eso mismo, es sencillo saber a quién corresponde el atentado.

Semilíquido: Variante que no requiere mayor explicación.

Coloide: El que queda a mitad de camino entre semisólido y semilíquido. Los hay en estado sol o gel, dependiendo de la predominancia del estado físico.

Post-orgásmico: ¡Ay no! ¿De verdad?

Freudiano: ¿Y todavía le parece que es un chiste?

Lacaniano: el que no se entiende.

Jungiano: esta no es una variante del Freudiano, sino del orquestal, en la cual la coincidencia colectiva se produce de manera inconsciente.

Bachiano: Se dice de aquel en el que el responsable del atentado, por vergüenza, se pierde y no regresa nunca más. Toccatta y fuga.

Beethoveniano: Cuando no se oyen; pero eso sí, vienen el primero, el segundo, el tercero… y el noveno de pié.

Brahmsiano: Idem, con coda.

Mahleriano: Además de modular, también muta lentamente las diferentes sensaciones olfativas de putrefacción. Se extingue (¡finalmente!) luego de varias horas: las víctimas no deben esperar sentadas, por riesgo de intoxicación aguda.

Schubertiano: El inconcluso.

Wagneriano: Idem. Pero no se extingue.

Gregoriano: Se creerá Usted en el séptimo infierno de Dante. Recitará, aunque Usted mismo no se lo crea: “Rex, tremenda maiestatis, salvanos fons pietatis”.

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¿Y como pa qué era?

(Originalmente publicado en indocacri.blogspot.com el 09/12/2012)

Dos viejitos desmemoriados se consiguen en una esquina después de muchos años sin verse. Se abrazan con alegría, casi lloran. Uno le pregunta al otro:

– ¿Te acuerdas de Rosita? Me la conseguí hace unos días.
– No… No me acuerdo…
– La que salía con nosotros cuando éramos estudiantes…
– ¿Con nosotros?
– Pana, a tí te gustaba Rosita, yo salía con su hermana…
– Pues no me acuerdo…
– Salíamos a bailar noches enteras en una discoteca que ponía música lenta y lámparas a media luz…
– ¿Ejh…?
– Qué mal estás de la memoria… Y bailábamos con ellas de lo más apretados. Era una maravilla el perfume de Rosita…
– Aaaaah… Ya majomenoj me acuerdo, ¿Y… como pa qué era?

El chiste viene a cuento pues a finales de septiembre pasado un amigo querido se me acerca y, al rompe, sin anestesia, lo primero que me dice es:
– ¿Quiúbo hermano, y Usté ya leyó La Rebelión de los Náufragos (perfil en Facebook)

Pongo cara de ponchao.

– No me diga que no la ha leído. Juy hermano, mire yo en lo que la termine je la presto. Eso es una crónica monumental del gobierno ‘e Pérez, especialmente de los últimos meses antes de su renuncia.

Hernando es colega de la Universidad Nacional de Colombia. Fue profesor en la ULA (Mérida, Venezuela) hasta que se jubiló y, hace algunos años, regresó a Bogotá. Yo llegué a Colombia hace casi tres años y, desde mi llegada, el número de venezolanos inmigrantes se ha ido incrementando de manera importante, hablo especialmente de los venezolanos de mi profesión y especialidad. Soy matemático, PhD en topología algebraica de la UCV y la Universidad de Artois (Francia). Hernando también, es algebrista, sacó el PhD en Ohio. Los matemáticos siempre somos pocos, por cada uno de nosotros siempre hay un montón de gente que viene, adelante, atrás o a los lados, al menos en lo que a inmigración se refiere. La inmigración de venezolanos en los últimos años hacia Colombia ha traído de todo, en particular, una masa importante de profesionales científicos y técnicos.

-¿…? No, pues no lo he leído. ¿Y qué tal?

Hernando pone cara de felicidad mientras me invita un tinto (café) y se explaya con entusiasmo en hablarme del libro de la peridista venezolanaMirtha Rivero (perfil en Facebook). Poco a poco me voy interesando yo también, quedamos pues en el convenido préstamo… que todavía estoy esperando.

Unas semanas después, es mi padre quien me pregunta si he podido leerlo. Esta vez tengo cara de semiponchao. Algunos días después, él mismo publica en la web una reseña del libro a la que se suman una lista igualmente interesante de comentarios públicos.

En las semanas siguientes me dedico a recorrer librerías en Bogotá sin conseguirlo, no porque no lo hayan distribuido: está agotado. Entre octubre y noviembre, aparentemente, vuelve a aparecer, no en las redes de Panamericana, sino en la Lerner. Eso al menos me dice otro amigo roloveneco. Cuando llego ya no hay, si es que lo hubo (contrario a la mitología caraqueña sobre los libreros bogotanos, el dependiente no sabe de qué le hablo). Me resigno pues a esperar y buscarlo en Caracas, tan pronto llegue a pasar vacaciones.

Y eso hago.

La Rebelión de los Náufragos tampoco está en Tecniciencias. No la tienen en Las Novedades, ni en El Buscón, ni en la Alejandría, ni en el veintiúltimo pasillo de ingeniería en la UCV. Al menos no en los últimos días de diciembre. ¿Se la regalan todos los caraqueños entre sí? ¿Poco el tiraje? Mientras más la busco más intriga me da. Pasan los días y, finalmente, llega la fecha de mi retorno al trabajo. Hago mi maleta y me regreso sin fuegos artificiales (no me agradan las despedidas).

Es una soleada tarde de viernes. Ya resignado a no conseguirlo, chequeo mi maleta en Maiquetía, miro con algo de nostalgia los dibujos cinéticos en el piso del aeropuerto y no dejo de pensar en el inmenso mural de Cruz Diez sobre la aduana portuaria de la Guaira, perdido en el olvido. Respiro. Paso por inmigración y comienzo a caminar por el duty free. He aquí que en una pequeña libería, escondido, como si me estuviera esperando en el Finis Africae, de pronto me sonríe un libro de lomo grueso rojinegro. Lo miro, me mira, nos reconocemos. Atravieso el pasillo del aeropuerto repleto de turistas y allí nos conseguimos y me siento fray Guillermo de Baskerville, o mejor aún, el propio Sherlock Holmes.

Me lo llevo sin dudar. Me instalo en el asiento del aeropuerto a esperar la salida del vuelo 81 de Avianca de las 6:15pm, con destino a Bogotá. Abro finalmente la primera página de La Rebelión de los Náufragos.

No me pregunten lo que ha sucedido en las últimas horas, creo que no me he dado cuenta de prácticamente nada. No sé ni cómo llegué a Bogotá ni cómo recuperé la maleta ni quién la deshizo ni cómo entré a mi casa, ni qué comí ni en dónde me acosté.

Sólo sé que hoy es lunes y apenas hace un par de horas acabo de pasar la última página y cerrar la tapa del libro. Que el libro de Mirtha Rivero es una impresionante búsqueda hacia adentro con apariencia de investigación periodística hacia afuera, pero no, la vaina es hacia adentro. Hay, además de toda la documentación y el giro de posición reconocido por la propia autora, una inmersión en las aguas del recuerdo de lo que éramos y cómo éramos, y una apuesta a la honestidad, al menos a la honestidad con uno mismo.

Sólo sé que uno no puede soltar esa vaina. Atrapa, así que tenga cuidado. Léalo y sumérjase. Zambúllase. Corra también Usted el riesgo de girar.

Luego, cuando le hablen de derechos humanos o civiles, de proyectos de país, en fin cuando le hablen de democracia, no pregunte: ¿Y como pa qué era?

Si yo me indignara

(Originalmente publicado el 12/10/2012 en gabrielpadillaleon.wordpress.com)

Indignarse o no indignarse: hé aquí el dilema. ¿Qué es mejor? ¿Sobrevivir a nuestro propio sentido del ridículo, o ser tragados por las fauces de la masa? Bien.

Ya que estamos en eso, me he pasado el día pensando por qué debería indignarme yo. Digo, si uno quiere estar a la moda, hay que indignarse. Si no, no se es in. El que no se indigna es un pan y, como bien lo acotó Andrés López, nadie se lo va a comer. Así que indígnese, que  para comenzar, está en juego la supervivencia de la especie. Ahora,  si la cuestión no es ya indignarse o no, sino por qué; hé aquí una lista humanitaria que proveo a tod@s mis panas (la @ es cuestión de ser políticamente correctos, para que luego no me digan machista, o al menos para que no se note). De modo que, con  amor al universo e interés filantrópico; va aquí en orden inverso, desde la más suave a la más insoportable, mi humilde lista de

COSAS QUE ME INDIGNAN

15. El moñongo de Lila Morillo.

14. Los usuarios de transportes públicos que se tiran peos en los autobuses o vagones repletos durante las horas pico, sin la más mínima consideración para con niños, ancianos o mujeres embarazadas; sin ningún respeto por el protocolo de Kyoto, la convención de la Haya y los tratados internacionales sobre la limitación de armas químicas o biológicas en la guerra convencional. Conste escribe alguien consciente de sus debilidades gastrointestinales: cuando me jallo en semejante trance prefiero caminar a amargarle la vida a sus congéneres. Y eso quea veces la brisa le juega a uno malas pasadas. No se burlen.

13. Los locutores de emisoras de música clásica que no tienen idea de lo que está saliendo al aire, ni de quién lo interpreta, ni de cuál es la orquesta o el director, muchísimo menos el compositor, y nunca, pero nunca pegan una.

12. La chicha con canela y las tetas con silicona. ¿A quién se le ocurre arreglar lo que ya es perfecto?

11. Las diputadas o diputados que se las tiran de feministas o feministos hablando todo el tiempo de los ciudadanas y ciudadanos, estudiantas y estudiantos, güebonas o güebones. Me indignan tanto que me provoca meterme a estilisto y manicuristo.

10. El pizarrón (*) sin borrar que consigo, siempre con el mismo tipo de letra, cuando llego a dar clases; y que siempre vuelvo a dejar neuróticamente limpio al terminar de dar la mía.

9. Los cortes de luz/agua/teléfono/internet.

8. Las jevas que nunca te pueden decir de una qué es lo que les ladilla y uno tiene que empezar a adivinar. Uno: ¿Estás molesta mi amor? Ella: No, claro. Uno:¿Fue algo que hice? Ella: No mi vida. Uno: ¿Fue algo que no hice? Ella: No mi vida. Uno: Ok, ¿fue algo que he debido hacer pero no hice porque no me atreví a preguntarte hantes de pensar en hacerlo? Ella: No mi vida, es más complicado pero déjalo así… etc.

7. Quienes salen por allí a indignarse, como si estuviera de moda, por cualquier cosa que  alguien les sugiera en una red social (incluida esta lista); pero no se les ocurre protestar  contra los secuestros, las minas antipersonas, los crímenes de guerra, los desaparecidos o desplazados, los presos políticos, los perseguidos de conciencia, los discriminados, las violaciones a los derechos de la mujer… etc. Pasan por alto lo más importante en cualquier sociedad abierta: la inviolabilidad de las personas.

6. Las pizzas sin anchoas. Más todavía: las vainas que te venden como pizzas, como esa cosa con pollo, champiñones y piña. No panas, esa vaina no es una pizza y, me disculpan, pero soy un talibán en cuanto a pizzas se refiere.

5. La gente ñonga para comer.

4. Las cachifas (**) que todo lo cambian de lugar y no avisan. Se van corriendo, sonrientes, imaginando la semerenda arrechera que nos van a hacer coger cuando no consigamos el rollo de papel tualé, las llaves del carro o el inhalador de salbutamol. Pana no sean ratas, no lo hagan, que esa vaina sube la tensión.  Además; suena demasiado bien quejarse de las cachifas, es un tema de conversación absolutamente burgués. ¿No?

3. Los supuestos ayudadores de las cajas de supermercados, que se encargan de amarrarte las bolsas de mercado con unos nudos que no se desamarra ni con un curso de marino mercante.

2. Los Navegantes del Magallanes.

1. Y lejos, pero muy lejos de las demás, en el primero del ranking: Convivir con un indignado.

La última es la más tenaz de toda (perdón por el modismo rolo). Son todos una ladilla, ¿no les parece? Esa es una vaina absolutamente cansona cuando se trata, digamos, de la suegra, del padre o la madre, de un hermano. Ni hablar si se trata de su jeva, no hay quien aguante un mes de cantaleta. ¿Que su pareja hace ya rato que tiene el tonito de indignado o indignada? ¿Que ya no es tonito, ni sonsonete, sino franco acento dialectal? Ahí tiene un excelente motivo para indignarse. No se preocupe, no corre peligro. La mayoría de los indignados cogen mínimo cuando uno se indigna a su vez: indignado que ladra, no muerde. Si se trata, ya no de su cónyuge, sino de su jefe, le deseo suerte. Nada más insoportable que un indignado 24/24 7/7 en la oficina, de esos que se indignan si uno sale al pasillo a fumarse un cigarrillo o tomar café. Ánimo: indígnese Usted también, alguna vez tiene que llegarle su turno. Si no se trata de su jefe, sino del alcalde, del gobernador o, faltaba más, del propio presidente de la república; y de pronto siente Usted que tiene como mucho tiempo soportando el sonsonete, se siente incómodo digamos, y le baja una luz y tiene Usted ahí mismo una epifanía y se le aclara la mente y se le nubla la vista; de ahí en adelante es peo suyo. No le doy consejos para que luego no me digan traidor a la patria.

Eso de indignarse siempre tiene algo de ígneo. Mejor no jugar con fuego. En lugar de tanto indignarse, ¿qué tal si se ríe un rato de sí mismo?

(*) Dícese de un tablero. Cortesía del Diccionario Rolo-Veneco. Ediciones Sin Oficio. @2012

(**) Dícese de una mucama o señora de limpieza. Op. cit.