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Diario de caminata 28/01/2013 El tiempo y Bogotá

El tiempo y Bogotá

Cada ciudad tiene su ritmo. París, por ejemplo, es considerada frecuentemente como una ciudad frenética. Tengo que decir que, con sus aceras anchísimas y sus parques inmensos, París siempre me resultó una ciudad para caminarla completa, de cabo a rabo, y gastarse una vida en ello. Cierto también que una ciudad a pié nunca es igual a una ciudad en carro o transporte público. La caracas de a pié hace muchos años dejó de ser la ciudad de los techos rojos, pero aún, con un poco de suerte, le puede brindar a quien la conoce o reconoce, algo de la vieja amabilidad que guarda debajo de sí misma.

La vibración de las ciudades tambié depende de la hora en la que se les mire. Mi favorita por el momento es Bogotá, entre las 5 y las 7am. Esta es una ciudad inmensa. Tiene casi tres veces la superficie de Caracas y casi el doble de gente, con algo menos de la mitad de automóviles. En Bogotá, aunque las aceras no sean siempre anchas y las calles asomen postes repletos de cables; se puede (y vale la pena) caminar.

¿Mi zona favorita? El centro geográfico que hacen entre Teusaquillo, Chapinero y el casco viejo. Bogotá es grande, muy grande. Su periferia es prácticamente inabarcable. Para llegar al trabajo, la gente amanece desde muy, muy temprano. Los fruteros abren entre 6 y 7am. Algunas peluquerías abren a las 6am y, a las mujeres que trabajan en puestos gerenciales o en atención al público,  es frecuente verlas más o menos a esa hora, en uniforme de trabajo, esperando su turno en algún salón para hacerse un secado/alisado de cabello antes de entrar a trabajar. Los desayunaderos abren usualmente después de las 7am. Si consigue alguno que abra a las 7am en punto; no lo dude: desayune allí. Si abre tan temprano es porque tiene clientela desde esa hora. Y si tiene clientela desde esa hora, es porque la cocina es buena.

Desayunar en Bogotá, en plena calle, es algo que debe intentar. Los desayunos ambulantes no son siempre recomendables. Hay que desconfiar de las empanadas fritas, casi siempre tienen varios días de hechas y, por eso mismo, son muy pero muy pesadas de digerir. Sobre la 100 con 54 (en los alrededores del edificio de la IBM) se para un vendedor ambulante de arepas con chorizo. Por la 45 con 24 hay otro. En la 53 con 28 (frente al centro comercial Galerías) conseguirá un local donde las sirven. Es uno de los mejores desayunaderos a la redonda. Las arepas con chorizo son todo un tema aparte: La arepa asada, de maíz blanco (no de harina de maíz, sino de maíz molido) es calentada al fuego. Cuando la muerda descubrirá que por dentro llevan queso. El chorizo que le adjuntan no es mi parte de mi dieta, pero según la propia gente que hace cola para comprar una, vale la pena probarlo. Si se anima a entrar a algún desayunadero, pruebe las sopas. Changua (sopa de leche para niños), caldo de costillas, caldo de raíz, sopa de pajarilla… Si los ve por allí, atrévase. El caldo de costilla es un clásico, como las odas de Homero o la novena de Beethoven: donde lo consiga, tripéeselo y no lo pele. Es de costilla de res. El caldo es sencillo: sólo tiene la carne de la costilla, papa blanca, sal y cilantro rizado (una variedad local) recién cortado, que se añade justo al momento de servirlo y le da un aroma especial.  Para los más temerosos siempre están los huevos al gusto, como les gusta decir aquí; acompañados de pan y chocolate.

Hay algunos sitios donde conseguirá desayunos gourmet, y otros de perfil intermedio. Si vive cerca de la Soledad, una buena opción es desayunar cerca del Parkway. El Andante es un local que, aunque forma parte de una franquicia, tiene su propia personalidad. Los desayunos allí son muy agradables. Tienen buen café. Si quieren una cafetería seria, prueben en el EyDCafés, sobre la 67 con 4ta. Me parece insuperable.

Finalmente, si Usted es de los que madrugan de verdad, hay algo que amará de Bogotá. Entre las 5am y las 6am la temperatura es más fría, todavía se sienten los restos de la madrugada y hay algo a lo que los Bogotanos mismos le pasan de lado, un tesoro que no saben que tienen: El silencio. Levántese y salga a caminar. Cuando llegue a la puerta de la calle, cierre los ojos por un momento, y únicamente escuche. Sí. No está Usted alucinando. Son pájaros. Se escuchan por toda la ciudad. Hay más hacia la montaña, y menos hacia las zonas industriales. Los pájaros me acompañan, todas las mañanas, a la hora del amanecer. Camino con ellos mientras levanta la mañana. A esa hora se siente, especialmente, el clima de montaña de Bogotá. Se perciben sin dudas los 2.600 metros de altura. Un excelente plan para los más deportistas es subir a Monserrate un poco más tarde, a partir de las 6am, cualquier día de la semana. Me refiero a subir la montaña a pié. La entrada está un poco más arriba de la estación del teleférico. La subida es corta y muy exigente. Son apenas entre 45min y 1h, dependiendo de su estado físico, pero dado que comienza a subir a casi 2.700mts, la altitud y la falta de oxígeno se sienten en la demanda cardio-pulmonar. Si no tiene un estado físico intermedio, no lo intente. Sedentarios abstenerse so riesgo de una baja de azúcar, un yeyo o un patatús. Como dicen aquí, mejor que no le dé la pálida mi chino. Al terminar la caminata arriba, se puede desayunar allí mismo, en Monserrate, en alguno de los locales de más arriba de la Iglesia.

En cuanto a mí, sigo prefiriendo el minimalismo.

¿Mi desayuno favorito? Una caminata de corta con Milú, mi perra dálmata, lo más temprano posible entre 5:30 y 6am. Luego 10 minutos de meditación frente a la ventana, para escuchar los pájaros. A veces medito mientras camino con Milú. Después de eso; un buen expreso o una prensa francesa, con café artesanal de Amor Perfecto; y media hora de zambullida en twitter antes de comenzar a trabajar. Los domingos soy algo más sibarita: me doy un descanso del cyber-mundo y prefiero leer la prensa. Soy fanático de El Espectador y El Tiempo. Nada como leer, y ganar, y perder el tiempo en Bogotá.

Diario de caminata 09/12/2012: Hallacas en Bogotá

De la odisea de preparar hallacas (tamales caraqueños) en Bogotá

Una hallaca es una entre la amplia variedad de tamales de maíz que se consumen en toda latinoamérica, desde la Patagonia hasta el Río Bravo. Sin embargo, llamarla “tamal” conduce a una depreciación de su carácter único: se trata de un plato típico de la cocina Venezolana, que se consume especialmente en el mes de Diciembre, y no únicamente para las festividades de Navidad (en el caso de los cristianos) y Año Nuevo. Hay varios sub-tipos de hallacas, dependiendo de la región de Venezuela (así como hay varios tipos de tamales). Sin embargo, hay una diferencia crucial entre una hallaca y un simple tamal. En una hallaca es sencillamente impensable conseguirse un trozo de piel, pellejo o hueso de un animal (sea éste un ave); ni mucho menos una presa (pieza) completa. La hallaca es un tamal que va relleno de un guiso; y en el guiso todo, absolutamente todo, va neuróticamente desmenuzado y/o mechado. No son visibles los condimentos y especies que se emplean. Se añaden asimismo diversos tipos de adornos que cambian el sabor en conjunto, de modo que quien prueba una hallaca usualmente siente varias clases de sabores a la vez: salado, dulce, picante, amargo; todos coexistiendo sin mezclarse, tal como se sienten las distintas notas en el bouquet de una buena botella de vino. Y en la preparación y presentación de la hallaca, eso es todo lo que cuenta: se trata de un tamal gourmet. Lo flexible de su receta permite que puedan elaborarse hallacas vegetarianas o hallacas kasher, por ejemplo.

Hace más de 11 años, cuando comenzaba mi vida como extranjero irredento, decidí por primera vez cocinar hallacas fuera de Venezuela. Estaba viviendo en Lille (norte de Francia), en una residencia estudiantil de la Cité Scientifique. No me fue difícil conseguir las hojas de plátano en un pequeño bazar de estudiantes senegaleses que vendían comida cerca del veintiúnico centro comercial de Villeneuve-d’Ascq, cerca de la plaza Salvador Allende. El resto de los ingredientes no eran demasiado problema, en particular el onoto (achiote o ajiote) lo conseguí con otros estudiantes, éstos de origen mexicano. Poco a poco fui consiguiendo cada ingrediente de la receta de mis tías, cosa que me tomó casi tres semanas. Mi único y verdadero dolor de cabeza de entonces fue el maíz blanco (que en Colombia llaman maíz peto) o, en el más maravilloso de los casos, la harina de maíz precocido (vulgo harina PAN).  El maíz blanco es una rareza en Europa. Cuando ya casi me daba por vencido, un compatriota venezolano me lanzó el dato de que cerca del mercado de los árabes se conseguía, en cierto abasto (bazar) chino, la mentada harina PAN. Sin querer dar crédito por adelantado a lo que mis oídos escuchaban, casi me lancé en carrera hasta el sitio. Tomé el metro (subterráneo) hasta la estación Gambetta (en la avenida León Gambetta) y, en efecto,media cuadra más allá del mercado de Wazemmes, conseguí el fulano abasto chino sobre la Rue Corneille. Entré y conseguí artículos de varias nacionalidades, entre ellos por supuesto ingredientes de comida china, junto a bolsas de tacos mexicanos, aguardiente de Martinica y paquetes de mate (la infusión del cono sur). No vi rastros de la harina PAN, con lo cual se esfumaron mis efímeros sueños de comerme una hallaca ese diciembre rodeado de temperaturas gélidas. Salí del local, miré hacia los lados, caminé un poco más, entré en otro bazar chino que estaba un poco más alejado. No hubo mejores resultados. Cuando ya lo daba todo por perdido regresé al primer sitio, volví a revisar todas las estanterías  y, ya sin esperanzas, me acerqué al dependiente, que tenía toda la facha de un inmigrante chino. Entonces comencé, no sin dificultad, a explicarle que alguien me había dado la información de que en su local podía conseguirse harina de maíz precocido. Me indicó con indiferencia las bolsas de masa para tacos mexicanos. Armado de paciencia le respondí que no buscaba harina de tacos, sino otra que comíamos un poco más al sur, y que venía en paquetes amarillos. Recuerdo que incluso hice el gesto del tamaño del paquete, con las dos manos. El dependiente chino arqueó ambas cejas, me miró como si de pronto las musas le hubiesen revelado algún secreto y respondió, en francés con acento chino: “Ahhh… faline PAN”… Acto seguido se dirigió a los estantes y, al verlos vacíos, bajó al depósito. Dos minutos más tarde y para mi absoluta felicidad, aparecía con varias cajas de supermercado con el elixir de mi placer. Poco después supe que la harina PAN en Francia tenía una red de comercialización/contrabando un poco insólita. En lugar de llegar a través de España, país en el cual sería natural su comercialización por la cantidad de inmigrantes venezolanos y colombianos; llegaba a través de una complicada red que pasaba por Holanda y Bélgica… a través de los chinos.

Después de eso, me convencí de que en casi cualquier sitio sería posible terminar el año  preparando las hallacas de mis tías; cosa que (confieso) no he hecho siempre (Perdón, tías) pero sí con alguna frecuencia. Cuando vine a vivir a Bogotá, que como diría aquel merengue dominicano, queda “al lado, justo al lado”; supuse que la cacería sería más sencilla:  Era suficiente ir a cualquier mercado popular donde se consiguieran las cosas frescas. Me decidí por Palo Quemao y mi olfato me confirmó la buena decisión. Palo Quemao es una plaza de mercado clásica, (la siguiente es una referencia para Caraqueños) al estilo del mercado Quinta Crespo en la avenida Baralt.  En menos de una mañana se consiguen allí todas las cosas: carnes, aves, vegetales, verduras, semillas, especies, frutas… En Palo Quemao se puede, además, desayunar y es una de las mejores opciones para ello. Hay varias cafeterías donde conseguir desayunos típicos como huevos revueltos con pan y café, changua (sopa de leche y huevo, para los niños), caldo de costillas (con papas y cilantro rizado)… Cerca de las ventas de pescado conseguirá uno pequeño, casi escondido, que se llama “Restaurante el Zoológico”. El caldo (sopa) de pescado vale la pena.

Comprar los ingredientes de las hallacas en Bogotá era, pues, casi un paseo de niños. He dicho casi: los conseguí todos salvo uno, las benditas hojas de plátano que en Lille cualquier senegalés te vendía por nada y con una sonrisa. Resulta que la hallaca se envuelve en una hoja de plátano. Como ya he dicho, una hallaca es un tamal gourmet. No se le puede envolver con cualquier hoja. De modo que lo repito: es con hoja de plátano. Más específicamente: es con la parte central de la hoja de plátano, la cual es ancha y tiene un grosor específico para permitir el doblez característico, y que luego de ser ahumada adquiere la flexibilidad necesaria para su fin. Bien: en Bogotá lo conseguirán TODO menos las hojas de plátano. Tienen pues dos opciones:

  1. Comprar los paquetes de “hojas de raíz” que en el mercado les venderán como hojas de plátano. La mata de las hojas de raíz produce unas hojas parecidas a las de plátano, más delgadas y MUY delicadas. En el mercado no las venden en paquetes ya limpias y cortadas; sino que le venden un paquete de hojas enteras plegadas, sin lavar. Puesto que la hoja es más frágil, entre extenderla, quitarle las puntas y lavarlas, perderá más o menos el 30% de las  hojas que compre. Si las compra en mercado, deberá además adquirirlas únicamente para el mismo día, de modo que no salga a comprarlas antes de tener listo todo lo demás. En caso contrario, puesto que las hojas no vienen empaquetadas; es muy posible que si las deja varios días sin usarlas, las ataquen los hongos (penicillium a la cabeza). Esto, la aparición de hongos, querido amigo, c’est mortel; pues entonces, por la misma fragilidad de las hojas, prácticamente perderá la mitad de todo el volumen de que compre. Para entre 20 y 30 hallacas lo mejor es comprar, por lo menos, unos 3 paquetes de hojas de raíz (las hojas de plátano rinden muchísimo más). Ármese de paciencia. Si esta es su decisión comience a limpiar hojas.
  2. Traiga las hojas de plátano de Venezuela, pida a algún amigo que se las traiga o consígalas de alguna manera.

Suerte…!

Guiso

Guiso de las hallacas (ver receta abajo)

Hallacas venezolanas (la de mis tías).

Da para 40 porciones y unos 3 días de trabajo (busque ayuda, no las prepare solo).

Ingredientes:

Una bola de pabilo (cordel delgado con el que se anudan los tamales).

Hojas de plátano (idem, ibídem).

Muchos recipientes para guardar y separar comida, al menos unos 8 pequeños y al menos 2 grandes.

1 gallina de entre 3 y 4kg.

3 kg de pernil de cerdo, sin hueso (un solo trozo entero)

200gr de tocino (un solo trozo entero)

200gr de alcaparras

300gr de aceitunas

200gr de uvas pasas

200 gr de ciruelas pasas (contribución mía)

200 gr de duraznos secos (contribución mía)

1 docena de huevos

1 kg de harina de maíz precocida (ahora hay varias marcas además de la harina PAN)

1 pimentón, picado en finísimas tiras.

2 cebollas, una de ellas rayada, la otra picada en aros.

2 dientes de ajo pelados y picados.

1 rama de ajoporro (puerro) picada finamente.

100 gr de jamón serrano, picado en trozos de no más largo que el propio dedo meñique.

1/2 lt de aceite (preferiblemente de maíz)

50 gr de onoto (achiote, ajiote)

Preparación:

Limpieza de las hojas: Deseche las puntas de las hojas. Quédese únicamente con la parte central de la hoja, necesita que tengan el ancho aproximado de una mano (de 20cm).  Pique estas hojas en pedazos  del ancho y largo aproximado de una hoja tamaño carta. Lávelos con una esponja suave, jabón y agua tibia.

Aliños: Ponga a sofreír en 2 tazas de aceite el ajoporro picado, los 2 dientes de ajo machacados y la cebolla rayada. Deje dorar a fuego medio. Deje enfriar suficientemente. Cuele el contenido del sartén dejando las 2 tazas de aceite en un recipiente aparte. La cebolla, el ajoporro y el ajo dorados le deben quedar en el colador; póngalos en la licuadora con 100gr de las alcaparras, sal y pimienta. Licúe y vierta el contenido en otro recipiente aparte.

Aceite coloreado: Vierta todo el ceite (el que usó para dorar los aliños y el que quedaba), viértalo en un caldero y añada una taza de onoto (achiote). Deje dorar a fuego medio-bajo hasta que el aceite esté suficientemente coloreado. Aparte del fuego y deje enfriar. Cuele las semillas de achiote y deje el aceite frío, coloreado, en un recipiente aparte.

Guiso: Hierva el pernil y el tocino en una holla simple hasta ablandar, unas 2h. Hierva aparte la gallina, limpia, sin piel ni vísceras, en una olla de presión, al menos 1h desde el momento en que comienza a silbar. Saque la gallina de la olla de presión y deje enfriar. Saque el pernil y el pedazo de tocino y deje enfriar. Guarde aparte, mezclados en un solo recipiente, el caldo del pernil/tocino y el caldo de la gallina. Debe tener en total al menos unos 4lt de caldo (si le queda más, mejor), si no le alcanzan, deberá diluirlos con agua hasta completar los 4lt. De ellos pondrá la mitad en una sola olla grande; y la otra mitad aparte, en un recipiente. Pique la gallina y desmeche. Pique el pernil y desmeche. Limpie y deseche los restos de grasa, de piel, de hueso, que consiga tanto en la gallina como en el pernil. Ponga la carne de gallina y el pernil en la olla donde tenía la mitad del caldo. Añada los aliños que había licuado y 1/3 del aceite coloreado. Añada sal (2 cucharadas rasa). Remueva y deje cocinar para que las carnes tomen el gusto de los aliños. Pique el tocino en pequeños dados de no más de 5mm de grosor. Póngalo en un recipiente pequeño, aparte. Deje enfriar.

Masa de la hallaca: En un recipiente grande ponga 1/3 del aceite coloreado; añada 4 huevos completos y asegúrese de romper las yemas dentro del aceite frío. Agrege sal (1 cucharada), 1/2 del paquete de harina PAN y revuelva hasta conseguir una consistencia muy suave y pareja.

Adornos: Hierva en una olla 4 huevos hasta que queden con consistencia dura, y píquelos en ruedas lo más delgadas posibles. Pique en tiras finísimas el pimentón. Pique en trozos pequeños o lonjas delgadas, las tiras de jamón serrano. Ponga cada uno de los elementos de adorno (uvas pasas, ciruelas pasas, duraznos secos, aros de cebolla picada finamente, pimentón, jamón serrano, huevos, aceitunas, etc.) en un recipiente propio, aparte.

Armado de la hallaca: Ordene los recipientes con todos los ingredientes sobre una mesa o mesón en el cual tenga destinado armar las hallacas. Ponga dos pedazos de hoja de plátano limpios, uno sobre el otro. En la hoja de arriba ponga aproximadamente 2 cucharadas de la masa  coloreada y extienda suavemente con un cuchillo o paleta. Sobre el centro de la masa extendida vierta una cucharada o dos de guiso (no debe ser ni demasiado, ni muy poco). Añada los adornos (1 aceituna, 3 alcaparras, 1 pedacito ciruela seca, una tira de jamón serrano… etc). Para envolver la hallaca se toma la hoja desde arriba como quien va a hacer un gran cigarro y se pegan los extremos de los lados paralelos a las líneas de la hoja. Como a 2 dedos del borde se hace un doblez de modo que queda el cigarro más la pestaña doblada. Este cigarro se aplasta un poco y luego se doblan los dos extremos como un sobre de carta o un papel de regalo. A continuación se enrolla el paquetito de la hallaca en la hoja limpia que quedaba abajo, hasta darle al menos dos vueltas. Se vuelven a doblar los extremos quedando una especie de sobre de carta de dos capas. Finalmente se anuda la hallaca pasando varias veces en todas las direcciones, para sostener los dobleces.

Para una referencia más gráfica de la preparación de la hallaca se pueden ver, por ejemplo en youtube, varios videos sobre la “preparación de hallacas”, en el que se puede mirar claramente la manera de doblarlas y amarrarlas.

Al terminar de amarrar, el resultado sería más o menos el siguiente:

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Una hallaca en su envoltorio.

Cocción y calentado: En una olla grande se deja hervir agua llenando más o menos la mitad de la capacidad de la misma. Cuando el agua está hirviendo se colocan las hallacas envueltas y amarradas, y se dejan hervir al menos 1h. Luego se dejan enfriar y se bota el agua. Se secan y se guardan en el congelador. Cuando vayamos a comer una, la volvemos a calentar en una olla más pequeña, con agua hirviendo, de 20min a media hora.

Diario de caminata 22/10/2012 We all are reflexions

A walker’s logbook: We all are reflexions
These are some pictures of my workplace, the UNAL (Universidad Nacional de Colombia). It is a Bauhaus like set of buildings that where constructed on the 30’s by Leopoldo Rother, see a reference here. I just wanted to explain somehow why I love it so much. I think it is a reflexion, and also an impression, of myself (which reminds me John Coltrane…)
My favourite tree, at the entrance of Cr30 Cl45

This is a wonderful, old, huge adn amazing acacia tree you find in the entrance of the Cr30Cl45, in the way to the central square.

There is a reason for anyone to fall inlove with someone or something; it is always a particular detail that touchs you. In my case it was this tree. I saw it the very first time I visited the campus and, in that moment, I knew I wanted to stay there for a long while.

Institute of music

This is the way from the Cr30Cl45 entrance to my workplace, in the Mathematics building, on the right there is the building of the Music Institute. For me, a hopeles pathological chronic melomaniac; it is an absolute blessing to walk each day and listen to the melodies that music students play and replay in their daily practice. It remembers me my elder days in the Jose Angel Lamas music conservatory.

(detail of the tree)

The Arts building

Someghing I absolutely love of the UNAL is the profusion of grafittis. This one is in the facade of the Arts building, and so are the next ones. I decided to take some pictures sice, because of the ephemeral nature of graffitis, they use to change and dissappear. One of the bests I  have ever seen was a graffitti of a huge eye. On the center of the iris you could see what the eye was looking at: a students’ riot. There was a caption text: “We all are reflections”. Unfortunately, when I went back with my camera it wasn’t there anymore.

(This one is a word puzzle, “my art= mi arte”, and also, “piss you=miarte”).

T

This one is marvelous, isn’t it?

A sculpture of V.I. Lenin…

It’s funny how the “revolutionary” speech of young activists has, at least for me, some retro flavour. But perestroika and glasnost did not pass through them. I took a picture of these  ’cause there is a different aesthetic approach on their symbols and colours, which I enjoy.

Now look at this one…

…and this one…

This is an incredible tunnel of leaves and branches that wellcome visitors when you approach the buildings of engineering (left) and maths (right).

Ok.. Now this is not a graffiti, but a huge mural indeed. It is in one of the back walls of the Arts building, just in front of the Maths building.

The Math building, my workplace, which is an absolute privilege.

Though I am a mathematician, this one, I did not understand it. Could anyone explain me? 🙂

This one is short and crushing… “Explore your erotic intellingence … (up) “.

Now look at this one: this is on the top of the facade at another of the Engineering buildings (yes, they have more than one).

Another word puzzle, without “Lucha” (fight, but also, Louise, the mom) there is no Victory (the baby).

And this one, I don’t know who is the guy that made it, but it is amazing. It is just in front of the Science&Engineering Library building….

Well. I hope there will be more later. Enough for this time.

Diario de caminata 08/07/2011 Guía para bogotanos y caraqueños que no se entienden mutuamente

Originalmente publicado el 08/07/2011 en indocacri.blogspot.com

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“¿Qué sería de los blancos cuando van a tierra caliente si los negros no les sirvieran refrescos de tamarindo?”

Jaime Jaramillo (Alheña y Azúmbar) 

Un esfero no es un balón de fútbol y un bolígrafo no es un lapicero, algo que sólo existe entre Cúcuta y San Cristóbal.

Las cosedoras no sirven para engrapar, ni las engrapadoras para coser. Se engrapa con una engrapadora; se cose con una cosedora. Un vestido de novia en Bogotá da tanto escalofrío como la sierra eléctrica de Freddy Kruger. Haga cuidado, sobre todo si es bogotana.

No hay gomelos en Caurimare, pero sí hay sifrinos en Virrey. Todos los gomelos son sifrinos pero no todos los sifrinos son gomelos. Para ser gomelo hay que tener clase, eso me lo enseñó un gomelo.

Además, los sifrinos nunca piden disculpas, primero muertos que sencillos. En cambio los gomelos se disculpan por todo, signo de su distinguida educación. ¿Marica si me entiende?

En Bogotá no existen taguaras.

Para calmar la sed hay que entrar a cualquier chuzo. Si dicen que la cerveza está fría está a temperatura ambiente; si le dicen al clima devuélvala. En cierto hipermercado tienen, al lado de las cajas registradoras, docenas de neveras apagadas repletas de cerveza caliente. ¿Hay panorama más desolador? Si quiere una cerveza helada servida en la barra tendrá que entrenar al barman. Los hay ya entrenados, doy la dirección del chuzo, de pana y todo.

Las mujeres entusan, el aguardiente enguayaba y ambos, mujeres y aguardiente, dan un ratón que sale de cualquier mayá. Buscando guayaba ando yo, que no renuncio a la cerveza fría. Es claro en todo caso que tusa y guayabo no son lo mismo. Si se enguayaba, se entusa o ambos, busque una negra modelo que le quite el sueño.

En la otra ribera del Arauca el ratón no da guayabo. Un ratón pertinaz se vuelve canguro y una guayabo pasado se hace tusa. Si no consigue una negra, modelo o corriente, no hay como una cerveza fría para quitar la tusa. Diomedes dixit, también quita el guayabo y, no importa lo que entienda, del otro lado todos estamos de acuerdo con él. Voy a montá una tiendesita pá vendé selvesa… 

En Bogotá aman el fútbol como en Caracas al béisbol. Lo que acá dicen del Millos o el Santa Fé, dicen allá del Magallanes o el Caracas. Si no olvida de qué se trata, sustituya los nombres y pasará por docto. Sustituya, no intercambie. El Millos no es afición sino religión. El Millos y el Santa Fé son como el Bien y el Mal: el Millos fue creado por Dios, el Santa Fé es invento de los hombres. Colombia será una potencia cuando el presidente sea hincha del Santa Fé.

En Bogotá se corre el champú; en Caracas se ruedan las tejas. Puede que opine Usted que a Hugo se le corre el champú y a Álvaro se le rueda una teja. Si lo dice en voz alta le darán razón, aquí y allá.

En Caracas las revoluciones de cafetín se acompañan de un negro corto cerrero o un marrón bien cargado. En Bogotá se habla mal del alcalde mientras se toma un tinto. Ojo que no es Cabernet- Sauvignon, ni Malbec ni Shiraz. Cuando se toma es tinto, cuando se ofrece es tintico y al ofrecerlo hay que fruncir el ceño y alzar la nariz y la comisura del labio, si no lo hace nadie entiende lo que está ofreciendo. Si no prestó atención, lea otra vez.

En Caracas uno se muda o hace mudanza, en Bogotá uno se cambia o se trastea. Cosa curiosa, en toda mudanza se mueven los trastos y nada cambia después que uno se muda.

En Caracas hay jevas y chamas. Chamas son todas, chamas primaverales hasta edades tardías. Las hay quincuagenarias, son las que más se halagan cuando les dices chamas. Jeva es la chama con la que estás saliendo, o sea una chama con dativo: la chama, mi jeva.

En Bogotá lo que hay son viejas, y son viejas todas, tenga cuidado con las prematuras. Una cuarentona puede ser mucho mejor que dos de veinte. Las jevas y los panas suelen ser más directos, si quiere algo dígalo, tiene a su favor el 50% de las oportunidades. Las viejas y los manes necesitan más rodeos, si quiere algo no lo diga y si tiene hambre no la muestre.

Uno jamás sale con la jeva del pana, lo mismo se aplica a la jeva del man o al pana o el man de la vieja aquella. Pero si por más de un minuto se le queda viendo a los ojos la vieja de aquel man, es señal de que tiene oportunidad. Yo en su lugar me abro de ese parche, conste que está advertido.

Los bogotanos se lo piensan todo tres veces. Si dicen fresco quieren decir listo, si dicen listo quieren decir quizás. Si dicen listo fresco es que sí va y plomo al hampa.

En Bogotá hay unas guanábanas jugosas y carnosas tamañas así. Hay que abrir totalmente los brazos cuando se dice así, si no no se entiende.

Hay limones, fresas, moras. También hay carambolas. Si las prueba todas de carambola querrá repetir ex profeso.

Hay guayabas y bocadillo, pero no se dice bocadillo de guayaba porque todo el mundo sabe que el bocadillo siempre es de guayaba, y cuando no es de guayaba sí se dice, por ejemplo, que uno quiere bocadillo de uchuva. Si le ofrecen un plátano horneado con queso y bocadillo no arrugue la cara: cierre los ojos, muerda y dé gracias al universo.

En Caracas hay manos de cambures, algo que no existe en Bogotá, donde hay bananos y bananillos, bananos de bocado. En Caracas hay plátanos, cambures, manzanos y titiaros, pero no se conocen bananos de ningún tipo. Hay racimos de uvas en Caracas, pero manos sólo hay de cambures, en cambio en Bogotá hay manos de problemas, o manos de plata, pero no he visto manos de bananos.

La ciudad de Bogotá tiene rasgos de vieja psicorígida, que no de chama enrollada. Si Usted sabe darle en la tecla justa puede descubrir todo un mundo de dulces amabilidades. Caracas es cosmopolita y agresiva, como las jevas que se divorcian y luego no quieren nada con nadie. No dicen jartera sino ladilla. No dicen cansancio sino dolor de bolas. No dicen qué pena con Usted sino jódete ese peo es tuyo. No dicen ábrase, así comedidamente en tercera persona, sino qué coño te pasa a ti y quítate güebón con g, diéresis, be de toro, empujón y tuteado.

Hay mangostinos en Bogotá. Nadie sabe de dónde vienen o a dónde van, pero si ve uno cómaselo. Los mangostinos se abren con un cuchillo teniendo cuidado de no partir la semilla. Antes de comerlos hay que disfrutar el sutil aroma de la fruta, que agita el deseo. Acerque la nariz y déjese llevar.

En Caracas no hay mangostinos pero sí hay mangos de hilacha. Si consigue un mango de hilacha tenga tino y atrápelo. Los mangos de hilacha perfuman las manos nada más de rozarlos. En Caracas todos, hasta las chamas, aman chupar mamones. Hay los que se chupan un guacal entero de una sentada. En Bogotá se comen mamoncillos. Una vieja decente, gomela o no, jamás se lo mete a la boca completo, sino que lo agarra con la punta de los dedos, lo cual es mucho más mamón.

Chupar mamones mancha la ropa, comer mamoncillos quizás.

Mangos de hilacha sólo se comen a escondidas porque uno se ensucia, se mancha y se empatuca mientras se entrega al placer sin reservas.

La diferencia entre mangos de hilacha y mangostinos, como entre mamones y mamoncillos, es la que hay entre lujuria y recato.

Cuando no hay ni mangos ni mangostinos, ni mamones ni mamoncillos, ni cerveza fría ni negras modelo, voy de urgencia a la frutería a tomarme un batido de tamarindo.

¿Qué sería de mí sin el tamarindo, sin los negros, sin las frutas de los negros, sin las negras de los negros?

Hay tantas flores en Bogotá que miro en ellas lo que los bogotanos no miran de tanto tenerlo. He conseguido flores bogotanas viviendo de incógnito en otras ciudades. El cielo despejado y el sol picante de la meseta bogotana han devuelto a la memoria de mi piel los colores profundos de Caracas, la vida vertiginosa de París, las húmedas tardes de Lille, la luz dorada de Jerusalén.

Nirvana del extranjero. Albert Camus es mi Dalai Lama. Anónimo, Bogotá me permite no ser, me fundo con la nada. Fragmentado, me olvido de esta cosa que contesta por mí y firma los cheques en mi lugar, de éste equipo de béisbol que dice Yo.

Sí, de béisbol, no me presionen. Primero muerto que sencillo.

Bueno. Está bien. Arriba Millos