Category Archives: Bitácora

Valores universales… y otros no tanto

(Carta abierta al Noticiero de NTN24)
maxresdefault.jpg
Bogotá, 20 de Septiembre de 2018

Sra. Claudia Gurisatti,

Sra Idania Chirinos,

Estimados periodistas del Canal NTN24,
Ante todo, reciban de mi parte un cordial saludo.
Esta carta tiene como propósito llamar su atención sobre el contenido inexacto de una nota de prensa salida ayer, durante la emisión de la mañana, en el noticiero del canal NTN24, sobre el día de Yom Kipur, o día del perdón, fiesta religiosa judía. En el micro dedicado a esta festividad religiosa, se resaltaba el ritual de las kaparot, el cual es bastante llamativo, y consiste en alzar una gallina por encima de la cabeza de los penitentes como ceremonia de expiación.
En el calendario anual judío existen cinco festividades religiosas importantes, de mucho peso: Rosh-Hashaná,  Yom Kipur, Pésaj, Shavuot,  y Sucot. Hay otras fiestas religiosas importantes, como Purim y Januká, así como algunas de carácter meramente civil como el día de la independencia del Estado de Israel o el día de conmemoración de la Shoáh, que se rigen por el calendario usual, cuyos detalles pueden consultar aquí.
Las dos fiestas más importantes en términos de popularidad demográfica y peso emotivo, son Pésaj y Yom Kipur. Tienen, dentro de la identidad judía y en prácticamente todas las denominaciones del judaísmo el mismo peso  que tiene para cualquier cristiano, de cualquier denominación (católicos, ortodoxos, protestantes, etc) las fiestas de Navidad y la Pascua cristiana. Traigo a colación esta comparación por motivos didácticos: El Cristianismo ha pasado por diferentes crisis y modificaciones identitarias, así como por procesos de sincretismo, algunos de los cuales han originado verdaderos cambios de paradigmas religiosos, otros no. Para el catolicismo, por ejemplo, el concilio de Nicea o el concilio Vaticano II han interpretado, cada uno en su propia época, cambios importantes. La protesta de Lutero, en cambio, es un ejemplo de reforma que, si bien finalmente afectó la manera en la cual los cristianos de denominaciones diferentes, incluidos los católicos, se relacionan con Dios, no fue universalmente aceptada de igual modo por todos los cristianos.
En el judaísmo, simplemente por motivos de antigüedad, han ocurrido a lo largo de la historia procesos similares. Por ejemplo, los judíos ya no tenemos templo en Jerusalén, por casi 1900 años no tuvimos un Estado y, ahora, hace unas pocas décadas, lo recuperamos.  La religión tuvo que adaptarse a estas y otras realidades. Más aún, a diferencia del catolicismo, el judaísmo no tiene una “autoridad regulatoria suprema” equivalente al Papa. Los procesos de “aprobación” de ciertos ritos litúrgicos entrañan una larga discusión entre las comunidades, y dependen en gran medida de la tradición recibida directamente de los padres y abuelos.
Como otras fiestas importantes, Yom Kipur posee algunos ritos que son universalmente aceptados por todas las denominaciones judías. Otros, como las kaparot que mostraron Ustedes en el micro de ayer en la mañana, ni son universalmente aceptados ni afectan nuestra estructura religiosa. Más aún, en el caso particularísimo de las kaparot, se trata de una costumbre muy controvertida por diversas razones. Entre ellas;
  • Motivos históricos: El rito podría tener, presumiblemente, origen sincrético.
  • Motivos demográficos: Como costumbre, se inició en las comunidades rurales del palio de asentamiento, que vivían en caseríos poco densos. Por ese mismo motivo, la costumbre es más aceptada entre personas de origen ashkenazí que entre aquellos que provienen de la cultura sefardí.
  • Motivos teológicos (halájicos): Rabinos antiguos, como Josef Caro o Maimónides, veían en este tipo de costumbres un intento de sustituir el sacrificio del cordero en el Templo, lo cual, dentro del Judaísmo, es algo peligrosamente cercano a la idolatría.
  • Motivos de crueldad animal: En las grandes ciudades esta práctica entraña otros problemas prácticos. Se han dado casos de animales que son dejados vivos, en sus jaulas, bajo la lluvia y la inclemencia del clima, mientras se deshidratan. En ciudades grandes como NY, esto ha entrañado protestas no solo de la comunidad judía, sino también de organizaciones y personas independientes. Asimismo, en algunas variantes del ritual, presumiblemente se sacrifica al animal de una manera no apta para su consumo (no kasher), lo cual no solo es un problema de práctica religiosa (halájico): se matan animales que no se van a consumir por judíos y no se pueden donar a judíos, pero tampoco se organiza una manera de donarlos a alguien más.
En wikipedia conseguirán mayor información sobre el tema de las kaparot y su controversia. El artículo es bastante imparcial.
Mostrar a esta costumbre de las kaparot como “La Tradición” (así con mayúsculas) de Yom Kipur, es antes que nada reduccionista: muestra una cara muy tribal y primitiva (aunque cierta) de nuestra religión, la cual no representa la manera en que todos los judíos asumimos dicha festividad. De nuevo usaré una comparación con una fiesta importante del Cristianismo que tiene sus propios procesos sincréticos: Lo que Ustedes mostraron en el video del noticiero de ayer en la mañana equivale a mostrar a todas las personas que van a las iglesias durante la Pascua cristiana cargando pencas de sábila o siguiendo otras costumbres de la religión Yoruba (religión africana que, por lo demás, también merece mi mayor respeto) como “La Tradición” de la pascua cristiana cuando, en realidad, se trata de una costumbre producto del sincretismo religioso y la violencia de la trata de esclavos de la época del colonialismo español, que no es universalmente aceptada por todos los cristianos.
Así como los cristianos preferirían que, cuando se informa sobre aquello en lo que consiste la Pascua o la Navidad cristianas, el periodista se refiriese no solo a los ritos, sino a los valores centrales de esas fiestas, asimismo, los judíos preferiríamos que en un reportaje sobre Yom Kipur, una de nuestras fiestas más queridas, se hablase de ritos aceptados por todos nosotros, como las plegarias de preparación y disculpas (Selijot), el rompimiento de los votos (Kol Nidrei), el toque del Shofar y, especialmente sobre el valor más importante de esta fiesta, el Perdón Universal, valor que compartimos las tres religiones monoteístas, Judaísmo, Cristianismo e Islam.
Sin más que agregar, me despido de Ustedes deseándoles que el Perdón Universal nos alcance a todos, a nuestros países y a nuestras familias. B’H.
 ———
 Post-Scriptum: Las “denominaciones” del judaísmo actual no son ahskenazíes y sefardíes, estas dos divisiones étnico-culturales fueron importantes durante muchos siglos pero ya no representan, más allá de un contexto cultural y afectivo, a las diferencias en la discusión teológica y halájica del Judaísmo. Las denominaciones actuales, en términos generales, son: Ortodoxos, Conservadores y Reformistas. Hay, aún, otras subdivisiones como los Masortíes, los Jasídicos o los Haredíes. He aquí una referencia final sobre el tema de las denominaciones judías actuales, no completa pero sí bastante ilustrativa.
Advertisements

Levantarse sin pensar

“El coplero Florentino,
por el ancho terraplén,
caminos del desamparo
desanda, a golpe de seis”.
Alberto Arvelo Torrealba.
Florentino, el que cantó con el Diablo, es el segundo gran mito venezolano, dentro de nuestro realismo mágico, tanto como el de Doña Bárbara, e igual de importante para entender las fuerzas telúricas detrás de esta crisis. Sobre ambos mitos escribió Gallegos. Doña Bárbara, la misma que le ganó la pelea a Santos Luzardo por cansancio, es la versión caribeña de la diosa Kali, la destrucción que todo lo devora, la fuerza primitiva sobre lo racional, la lucha feroz por la supervivencia frente al dominio de la Ley. Es la amenaza de las invasiones, la barbarie, lo irracional. Es la energía del caos. Florentino o Cantaclaro es es el otro mito, el que está en el reverso de la moneda, al otro extremo del espectro mitológico. Florentino es la lucha contra el mal absoluto. Los versos de Alberto Arvelo Torrealba, que escogió Antonio Estévez para su música, son mucho más fuertes que la narrativa de Gallegos (comparada con Doña Bárbara, a mi modo de ver, Cantaclaro es simplemente soporífera). Esa fuerza telúrica le viene en parte de su esquemático dualismo (Bien-Mal, Luz-Oscuridad, Razón-Religión) que, en medio del paisaje llanero, nos remonta de manera súbita a los griegos, los minoicos y las guerras del Peloponeso. Florentino es el catire, vale decir blanquito con los ojos rubios y los labios rubios así como Fry Donahue; en tanto que el Diablo es indio, morenito y pelo malo (en eso también me recuerda a J.R.R.Tolkien, basta comparar al “Señor Oscuro” con cualquier elfo de los bonitos). La Cantata Criolla sigue siendo para mí una de las mejores vainas que ha parido Venezuela, de las que quedarán mucho, mucho después que todos nos hayamos ido. He recordado en estos días, mientras la escucho, a mi padre Franklin Padilla, y a un par de amigos especiales, Anaida Carquez Soler, Aida Lagos, y Carlos Márquez. Los venezolanos no tenemos un Ben Gurión, ni un Teodoro Herzl, ni un Moshé Dayan. Tampoco tenemos un De Gaulle que nos llame a resistir ni un Churchill que nos ordene pelear en las playas, en las calles y en las casas. En estos 22 aciagos años de dominio de la barbarie, en los que la fuerza indómita de Doña Bárbara se nos fue de las manos a los venezolanos (le permitimos hacer todo lo que quiso), el mito de Florentino de pronto es lo que necesitamos para recobrar la memoria. A veces, para luchar con el mal en su más pura esencia, para recuperar la lucidez y la cordura, no hace falta seguir discutiendo. Hay que apelar al nodo más irracional de nuestro ser, ese que nos indica lo que está bien y lo que no lo está, cuando todos los argumentos se han vendido, cuando el totalitarismo ya borró toda referencia ética. Ese que nos muestra claramente de cuál lado esta el miedo. El que susurra en nuestras sienes que, si aún podemos esperar, entonces no tenemos que hacer concesiones. El que nos recuerda que, aunque hayamos perdido mil batallas, todavía no termina la guerra y, además, es demasiado importante para dejarla en manos de los militares. Ese que nos hace apelar a Dios y a los dioses, a Budha, a los santos y ángeles, Olimpos y panteones, a todo nuestro ki, toda nuestras reservas religiosas, toda nuestra alma, nuestra fuerza y nuestro ser, para no dudar en cumplir la tarea. Ese que nos ordena levantarnos, apretar las nalgas y volver a la lucha, antes de que el mal absoluto finalmente todo lo domine.
CoaT3FBWYAExeUD.jpg-large.jpeg
 
 
 

Sonderkommando

“Une fois étranger, toujours étranger”.

(Amine El-Gradechi).

images.jpeg

Imagen: “El hijo de Saúl”,  (húngaro: Saul fia)  película (2015) dirigida por László Nemes

En la época en que lo conocí, Amine tomaba el café expresso. Con pausa, saboreaba cada átomo del líquido amargo y untoso. Tenía un sentido del humor amable y una sonrisa cordial. Le agradaba el fútbol, hablaba poco, salía a trotar de vez en cuando por el paseo de la Citadelle. No suelo estar de acuerdo  con eso de que todo lo pasado era mejor. Lo cierto es que entonces Lille era un sitio que transpiraba inocencia. Había muchos árboles, pinos, arces, abedules.   Aunque Amine casi nunca hablaba de Argelia, una sola ocasión fue suficiente para mostrarme cuánto la quería, y en qué condiciones de despecho, amor y dolor se hallaba respecto a su tierra natal. Lo recuerdo bailando, sí,   mientras seguía los compases de Ya-Rayah. Esa canción de Dahmane El-Harachi quizás sea la manera más dionisíaca de hablar sobre la pena del extranjero. Bailando,  Amine me mostró que había más de una manera de asumir el exilio. Creo que fue también a Amine a quien escuché por primera vez la frase que encabeza esta nota. Ignoro si la inventó él mismo, es posible que se tratase de un refrán. Una vez te conviertes en extranjero, eres extranjero el resto de tu vida. Si no, que se lo pregunten a Albert Camus, otro argelino.

albert-camus-6.jpg

Lo anterior viene a propósito del artículo de Jurate Rosales que en los últimos días se ha vuelto viral.  Si Usted es de los que no entienden (o cada vez entiende menos) lo que sucede en Venezuela, léalo sin demora. Vale la pena.

La nota de Rosales, sin embargo, parte de algunos supuestos que no comparto; supuestos sobre los que intentaré mostrar mis diferencias.

El primero es que los exiliados, en general, señalemos a alguien como culpable de nuestro exilio. Los exiliados no andamos jugando a ser perdonavidas. Partir no es solamente escapar de un país o un régimen que te agobia. El exilio, especialmente el auto impuesto, supone un duelo:

“He renunciado a ti, no era posible,

fueron vapores de la fantasía,

son ficciones que a veces dan a lo inaccesible

una proximidad de lejanía…”

decía Andrés Eloy Blanco. Solo que el exiliado no le dedica el poema a una novia sino a una sociedad de la cual siente el rechazo. En mi caso no fue tanto cuestión de supervivencia alimentaria como de preservación de la cordura. Con los años caí en cuenta de que partir fue también escapar de mí mismo, o al menos de la versión de mí mismo en la que podía terminar convirtiéndome.

La nota de Rosales hace un recuento vívido de varios regímenes comunistas de Europa oriental y algunas de las penurias que debieron soportar todos, tanto los que se quedaban como los que se iban. No le llevaré la contraria sobre la tesis del libreto aprendido de los comunistas y nuestra incapacidad para descifrar algunas claves. Quiero sin embargo notar que la lista no solo no es extensiva, sino sesgada. No contabiliza los exiliados y refugiados del franquismo, ni los escapados y presos políticos de las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay, Brasil. No recuerda los desaparecidos de la Operación Cóndor. Las dictaduras de derecha también han fabricado sus exilios y diásporas, igual de desarticuladas, igual de disociadas. Por cierto, el régimen que ocasionó mayor número de muertos y refugiados en el s.XX en Europa, no fue comunista: hablo del nazismo.

Rosales reclama dos cosas sobre las que me parece que tiene un punto importante, pero, al mismo tiempo, creo que su reflexión se queda corta. Cito textualmente:

  1. “La incapacidad de los refugiados de unirse en un solo bloque y menos el de servir de guía de unidad para los que quedaron en la patria desvalida” (..)
  2. “Asombra la incomprensión de las realidades del momento y la incapacidad de asumir que el exilio tiene su propio mandato, el de la unidad, y su rol inmediato, importantísimo, de apoyo y ayuda para los que quedaron en la patria”.  

Sobre la primera, me permitiré señalar a mis compatriotas venezolanos aquello por lo cual la mismísima Hanna Arendt fue tildada de antisemita durante el desarrollo de sus reportajes sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén. Es materialmente imposible, simplemente no se puede llevar a seis millones de personas a las cámaras de gas, si no se cuenta primero con la colaboración, al menos parcial, del mismo grupo que se pretende exterminar. Si la falta de unidad ha caracterizado al exilio venezolano, ¿cómo puede llamarse eso que ha mostrado el liderazgo local? No es posible someter a cuarenta millones de personas al hambre y la muerte por mengua, sin contar con la colaboración activa de una parte de esa misma población. Para llevar a cabo un genocidio de ese tamaño hacen falta unos cuantos Sonderkommandos.

Mi comparación con el nazismo, en esto, es deliberada. Los nazis fueron el primer régimen político moderno que estableció como táctica la degradación moral de la víctima, antes de su propia aniquilación. Establecieron una cadena de marchas y contramarchas, órdenes en un sentido y luego en el opuesto, todo con el fin de confundir para luego hacer lo que fuese su antojo. Arendt registra de manera escalofriante una serie de casos de colaboración, negociaciones, chantajes y delaciones que ocurrían entre judíos: los líderes comunitarios unas veces no podían y otras no querían ver las consecuencias de la política de colaborar para sobrevivir. “…Hay destinos peores que la muerte, y las SS tuvieron buen cuidado de que sus víctimas los tuvieran siempre presentes en su mente (…) La gloria de la revuelta del gueto de Varsovia y el heroísmo de los otros, pocos, que supieron resistir, radicó precisamente en que los judíos renunciaron a la muerte relativamente fácil que los nazis les ofrecían (…) fueron capaces de decidir que no podían aceptar ir a la muerte como corderos” (1).

Esta metodología de convertir a la víctima en una simple bestia deshumanizada fue luego copiada por muchos otros regímenes totalitarios: la Unión Soviética de Stalin, toda la Europa oriental de la Guerra Fría, la Camboya de los Khmer Rojos, y varios de los gobiernos mencionados por Rosales son ejemplos de esto. Sin embargo, los nazis la ejercieron no solo por cumplimiento del deber, sino por la absoluta satisfacción de un placer perverso. Piénsese, por ejemplo, que la Rusia soviética con todos sus crímenes humanos, sus genocidios, sus Gulaks y  Holodomores, es la misma que se enorgullecía de mantener un sistema educativo público,  financiar un programa espacial, tener la mejor compañía de ballet del mundo y preservar sus colecciones de arte en museos como l’Hermitage. Y si es cierto que cosa no quita la otra, también lo es que los nazis se regodearon no solo en el asesinato, sino también en la tortura, el robo, el saqueo y el expolio no solo de sus enemigos y víctimas naturales, sino de toda su nación. Por su parte, el Socialismo del s.XXI es un experimento social, diseñado desde la cúpula de los funcionarios “enchufados”, para obligar a las personas a dejar de pensar so pena de morir de hambre. Mientras tanto, esos mismos funcionarios alimentan cuentas de banco en paraísos fiscales, pagan enormes facturas por cosas tan fútiles como botellas de Petrus Pomerol con todo y descorche, compran títulos nobiliarios inservibles.  Este es quizás el rasgo en el que el Socialismo del s.XXI es más fiel a las enseñanzas de Goebbels y Himmler.

En cuanto al segundo punto, creo que es tiempo de que aclaremos algunas cosas.

La vivencia del exilio es siempre individual. El apátrida solo puede hablar desde lo particular, lo real, lo concreto. No existen dos personas que lo experimenten del mismo modo. En el imaginario de quienes se quedan, los que nos auto-exiliamos pasamos supuestamente toda una vida añorando volver al terruño, a la madre patria. Eso de que estemos interesados en organizarnos, que nos sintamos obligados por el imperativo categórico de ayudar a quienes están adentro a sostener una resistencia, si bien puede que sea cierto, también tiene unos matices bastante gruesos.

Para comenzar, los exiliados somos también inmigrantes. Nos establecemos en sociedades diferentes. Debemos integrarnos al sistema legal y laboral. Formamos familias. Creamos empresas. Investigamos. Nos relacionamos no solo entre nosotros, sino especialmente con las nuevas sociedades que nos reciben. Los exiliados estamos sometidos a un proceso constante de reinserción que, en muchos casos, implica aprender uno o varios idiomas nuevos, asumir religiones distintas, etc. Ponderado en ese contexto, la primera prioridad de cualquiera que emigre  es sobrevivir. La segunda, en el caso de los refugiados, es no regresar. De allí en adelante, cualquier cosa es ganancia. Sí: la mayoría de los exiliados mandamos remesas. La población venezolana es el rehén secuestrado por el cual el régimen chavista cobra todos los meses las remesas en dólares de cuatro millones de inmigrantes. Le pago al Estado secuestrador para que mi padre secuestrado al menos pueda comer y vestirse. Suena razonable. ¿No? Puedo sostener parcialmente la economía de mi padre, pero no puedo sostener toda la economía del país. Los exabruptos económicos del chavismo han colapsado a Venezuela, sin importar lo que hayamos podido hacer quienes salimos. En términos macro-económicos, las remesas son el último paño caliente de un moribundo. Nada más.

Quienes habitan la Venezuela de estos días están asfixiados por la deshumanización forzada. Debo decir que los funcionarios bolivarianos, en este aspecto al menos, no son ni estalinistas ni maoístas: son nazis de la más pura y vieja escuela. El régimen que ahora oprime a todos los venezolanos no llegó en un día, no fue producto de una sola mala decisión. Han sido veintidós años dedicados, 24h diarias 365 días al año, sin descanso, a destruir un país desde sus cimientos, a borrar del mapa toda una cultura y una manera de hacer las cosas.

Y aunque hace veintidós años la sociedad venezolana era, en muchas cosas, diferente, el huevo de la serpiente estaba allí. Tampoco pueden decir que nadie se los advirtió. Toda la Academia se cansó de avisarlo. Lo dijeron Heinz Sonntag, Rodolfo Rico, Nelson Rivera y todo el  Observatorio Arendt. Lo espetó desde las tribunas universitarias Ricardo Ríos. Lo dijo Uslar Pietri. Lo repitió, arrepentido, Jorge Olavarría. Lo gritó en sus editoriales Teodoro Petkoff. Lo advirtió Manuel Caballero, desde la intentona golpista de 1998 hasta que se le acabó el aliento.

El chavismo  parasitó a la democracia venezolana hasta destruirla. ¿Es exacto decir que fuimos estafados en 1999? Puede ser, pero, incluso en ese caso, nada es tan inocente. Uno no puede estafar a alguien que no tiene aunque sea un poco de malicia. Hace falta suficiente para suponer un beneficio, una ganancia fácil, un dolo, un ilícito. Pero, al mismo tiempo, no debe ser demasiada como para poder reconocer el paquete chileno. Dentro de mi trabajo y mi entorno, yo mismo fui una de las pocas pero ruidosas voces agoreras, y recuerdo muy bien cómo muchos de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, tan explotados por el Estado como yo, decían claramente que no les importaba salir jodidos mientras la revolución se encargase de joder (eliminar, expulsar, expatriar) a tal o cual persona, a tal o cual corrupto, a tal o cual empresario… para que “hirvieran en aceite” a tal o cual partido político. El gancho de la estafa chavista fue el resentimiento. Como sociedad, mordimos el anzuelo. Hitler hizo lo mismo con la población alemana que había pasado una década de guerra, miseria e hiperinflación.

El problema es que mucha de esa gente sigue estando resentida. Y el resentimiento, en Venezuela, es un problema de proporciones epidémicas y clínicas: no es un delirio, sino un trastorno de la estructura de personalidad. O, para decirlo en términos lógico-neurológicos: No es que sientan resentimiento porque piensan mal, es que piensan mal porque el resentimiento los supera. Por eso no se puede desmontar solo con argumentos, ese fue el error de Descartes, porque el razonamiento es la última capa de pintura sobre ese muro de millones de años que es nuestro cerebro con sus emociones.

El chavismo lanzó a sus huestes sobre cada uno de sus enemigos. De todos los salarios en Venezuela, los peores siempre fueron los de los investigadores y profesores. La multitud vino por nosotros, nos trataron como oligarcas mientras éramos humillados y explotados. Es solo un ejemplo: En Venezuela todo el que, por motivos propios o ajenos, en algún momento se halló en la acera del frente, más temprano que tarde fue tratado como un lacayo del imperio y enemigo de la patria.

¿Siento rencor? Pues no, la verdad, no. En cambio, sí siento cansancio. ¿Para qué uno va a explicar lo que nadie quiere entender? Sobre aquello que no se puede hablar, ¿no es mejor guardar silencio?

El Espíritu de la Nación es una de esas pestes que han estado a punto de acabar con la razón. El romanticismo todo lo echa a perder. Por eso me fui: Yo era la minoría, incluso entre mis pares. No podía luchar contra el régimen, como heroicamente lo hicieron los estudiantes universitarios en 2012 y en 2017. Renuncié a todo lo que dejé atrás. El exilio me devolvió la posibilidad de aceptar a los demás tal como son. Acepté el derecho de los venezolanos a realizar el experimento socio-político que llevaron a cabo. Reivindiqué mi derecho a no volver a ser involucrado en dicho experimento.

Yo, que no voté por la revolución ni una sola vez y perdí hasta la saliva advirtiendo lo que se venía, no me siento responsable por toda la comunidad de venezolanos que se quedaron, mejor dicho, que tomaron la decisión de quedarse y votaron de manera reiterada por el proyecto político que los oprime, cuyo desenlace era tan previsible como la propia Jurate Rosales bien lo describe. No siento el imperativo categórico de organizarme para salvar al país, a la sociedad que me expulsó de sus entrañas.

Siempre me rehusé a convertirme en colaboracionista del régimen chavista. También me negué a resentirme, a odiar a otros por lo que son o piensan.  Vivir en el extranjero fue la única forma de mantener la cordura, de regresar a la sanidad mental y emocional,  de volver a abrazar la modernidad, de discutir con argumentos y no con emociones desbordadas ni descalificaciones violentas. Es cierto, lo admito: el exilio fue mi manera de mandar para el carajo a la turba de los superfluos. Quien se va también, de alguna manera, le pone un límite a los demás.

Mi límite es este: Usted tiene derecho a hacer experimentos sociales si consigue los votos que lo apoyen, tanto como tanto como yo tengo derecho a escoger dónde vivir. No hay facturas. No hay cuentas pendientes. Nada que cobrar. Nada que pagar. Estamos tablas.

Eso sí: El resultado de su experimento social es problema suyo, no mío.

_________

(1) Arendt, Hanna. “Eichmann en Jerusalén, o la banalidad del mal”. Random House, 2010.

Al maestro con cariño

A Oswaldo Lezama, colega y amigo.

Bogotá, 4 de Junio de 2018.

Para comenzar, copio aquí un vínculo que lleva a la carta que Oswaldo Lezama, premio nacional de matemáticas de Colombia, le dirigió al candidato Sergio Fajardo con motivo de su declaración de mantener la posición de votar en blanco en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de este año en Colombia. Le ruego encarecidamente que la lea antes de seguir estas líneas, a fin de que pueda sacar sus propias conclusiones.

Gracias.

Discrepo de la postura que Oswaldo toma en dicha carta.

Antes de explicar por qué, debo aclarar que no soy colombiano. Nací en Venezuela, llevo casi dos décadas viviendo fuera de mi país, y los últimos nueve años los he pasado en Bogotá. Mientras viví en mi país de origen, participé en varias elecciones, presidenciales, legislativas y locales, como testigo o miembro de mesa, algunas veces de manera independiente y voluntaria, y otras, las últimas, propuesto por el  partido político en el cual finalmente había decidido ingresar, el Movimiento al Socialismo, por sus siglas, el MAS, que fundara Teodoro Petkoff. Hace ya muchos años que no participo activamente en una elección, por motivos tanto políticos como personales.

Deseo asimismo expresar claramente que, tanto en lo personal como en lo laboral, siento gran estima por Oswaldo. Es una persona entrañable, un colega querido por todos. El premio nacional de matemáticas, así como otras laureas que ha recibido en vida, son más que merecidas. En su persona se constituye un importante ejemplo de lo que puede llegar a ser cualquier colombiano. Para quienes no tienen idea de qué es la Academia, este es un buen símil: Oswaldo es, por así decirlo, como un Falcao, un James  o un Nairo Quintana (con un poco más de años), un Obiwan Kenobi, o más bien un Yoda de las matemáticas. Hay otros premios nacionales de matemáticas y de ciencia, algunos bastante más jóvenes, pero ese no es el punto ahora. Lo que quiero decir con esto que es Oswaldo constituye un modelo a seguir para cualquier joven colombiano que quiera ser científico.

Es precisamente el lugar de Oswaldo en la sociedad colombiana  lo que me obliga a contradecirlo.

No le hace falta que yo añada más títulos o alabanzas a los que ya merecidamente ha ganado. Me parece una obligación más importante, en cambio, señalar aquel punto de inflexión en el que, en mi opinión, cualquier ciudadano común debería pensarlo dos veces y no seguir a ciegas las ideas que expresa.

No es la primera vez que una connotada personalidad se equivoca al razonar sobre política. A cualquiera le pasa. Lo mismo le sucedió a Platón, uno de los indiscutibles padres de la filosofía, a quien se le ocurrió juntar las ideas de forma y esencia con la filosofía del cambio de Heráclito, y construyó un método filosófico con el fin de atacar la democracia griega. O a Hegel, cuyo sistema lógico fue hecho en parte para criticar la revolución francesa. No es casual que ambos sistemas filosóficos tengan puntos en común. Ambos son profundamente historicistas y, hasta cierto punto, anti-racionalistas.

Otras personas públicas han adelantado argumentos diferentes sobre la conveniencia o no del voto en blanco, sobre la responsabilidad de la izquierda colombiana, sobre el momento histórico que vive Colombia. Algunos me han parecido convincentes, como los esgrimidos en otros espacios por mi colega y estimado amigo Andrés Villaveces. Otros, no tanto. Gente de a pié y vecinos de la cuadra también me han dado razones mucho más prácticas y menos románticas, desde los casos de falsos positivos hasta la corrupción de las EPS, la parapolítica, o la pérdida de derechos laborales concretos. Vale decir: menos Zeitgeist, más Res Pública.

Voy a volver un instante sobre los argumentos centrales de la carta en cuestión: Que Fajardo ya no ejerza como profesor o matemático no significa que no sea matemático. Que se ensucie las manos metiéndose en la política no significa que le haya vendido el alma al diablo. Entonces, ¿Caro no era gramático? ¿Gaitán no era abogado? ¿Mockus tampoco es ni matemático ni profesor? ¿Reagan no era actor? ¿Vargas Llosa y Vaclac Havel no son escritores? La política no es algo que se ejerza de manera separada a las vidas que llevamos.

El pensamiento historicista está demasiado acostumbrado a la sospecha metodológica. Un racista le dirá que es Usted negro, gitano, judío, roghinya o de cualquier otra minoría molesta. Un fanático religioso le dirá que es Usted gay, lesbiana, o simplemente mujer o niño. Un marxista le atacará en razón de su clase: Usted es un burgués, un oligarca, un lacayo del imperialismo. Un nazi, que pertenece Usted a la conflagración judeo-masónica que quiere controlar el mundo. Un historicista, si es coherente con su propio método, mirará en su pasado, su currúculum u hoja de vida, sus antecedentes. Si Usted es alguien de la otra acera, queda descalificado. En retórica argumentativa esto es llama falacia ad hominem: En lugar de refutar los argumentos, se descalifica a la persona del otro.

Fajardo está construyendo una opción de centro. Puedo estar de acuerdo o no con esta opción, pero es lo que él, y otra gente que lo rodea, está intentando construir. Desde las últimas elecciones de Uribe, en las cuales toda Colombia estaba polarizada, hasta hace dos días en que, en la primera vuelta, nos enteramos de que más del 40% de los votos eran para dos opciones de centro (Vargas Lleras y Fajardo), es mucho lo que se ha recorrido. Hay muchas lecturas de esa primera vuelta. Una de ellas es que la gente está más cansada de los extremos. Otra es que el centro está creciendo, poco a poco y de manera más o menos sostenible. Me parece que la carta de Oswaldo no da nuevos argumentos para analizar la decisión de Fajardo. En cambio, y aunque esto es una conjetura de mi parte, creo que la intención de la misma es la de enviar un mensaje moral. Pero este mensaje moral, tal y como está escrito, es sumamente peligroso: la política es sucia, la academia es limpia.Esta idea simple es, en realidad, terriblemente reaccionaria. Su peligro radica en su simplicidad, cualquiera la ha escuchado alguna vez, como cuando nuestras abuelas decían “antes, todo era mejor”. Cualquiera puede, también, repetirla de manera desprevenida.

Las ideas (las formas platónicas o el cálculo variacional) son limpias, inmutables, eternas. La política es equívoca, riesgosa, malvada. El proyecto político esbozado por Platón en la Repúblicay el Timeoes ese: construir un estado inalterable, inmutable, eterno, lo más parecido posible con la forma, la verdadera idea de Estado, el verdadero Estado. Las democracias cambiantes están mucho más lejos de esa inmutabilidad que una buena tiranía, llevada por cualquier caudillo fuerte.

En las universidades, el pan de cada día de muchas jóvenes mujeres es el acoso sexual y el abuso de poder. Sucede a escasos metros de la oficina de uno. Te enteras cuando la marcha pasa y escuchas las consignas a través de la ventana, si no por la prensa o las redes sociales. ¿Quiere ello decir que todos los profesores universitarios somos sádicos o perversos? Pues no. Ni la academia es tan limpia como para que todos salgamos impolutos, ni la democracia es tan sucia como para que no valga la pena entrar y llenarse de mugre. Y sí, la política es sucia. Por eso mismo, hay que ensuciarse las manos, decía Sartre. Ejercer la política sin perder los principios rectores, sin que los fines, los medios y los principios se difuminen, es realmente difícil.

Por eso mismo es importante que, en Colombia, dos profesores universitarios, Fajardo y Mockus, estén metidos en ello construyendo una opción de centro con un principio claramente pacifista y de muy largo alcance: toda vida es sagrada.La lección ética que pueden dar con su simple ejemplo, con el de hacer lo que creen que es correcto, es algo que vale oro. En Venezuela, por no ir tan lejos, hay también un profesor de matemáticas que ha desempeñado cargos políticos. Se llama Nelson Merentes, es uno de los mayores responsables de las políticas económicas de dicho gobierno en los últimos veinte años. Si buscan un poco, verán las enormes diferencias entre ambas aproximaciones a la política y el poder. Porque tengo en la mano un ejemplo es que puedo defender al otro.

Hay personas que se meten hasta la cabeza en la suciedad, la podredumbre, la mierda de la política. Y luego salen limpios, no de la mierda de la que se rodearon, sino de su propia conciencia. Allí está Pepe Mujica. Allí tienen a Fajardo y a Mockus. En Venezuela tenemos aún a gente como Capriles. No es mi político favorito, pero es un ejemplo de coherencia ética. Habrá quejas, reclamos, y hasta denuncias. Pero a nadie se le ocurriría mezclar el nombre de Pepe Mujica, digamos, con los casos de Odebrecht.

Hay mucha, mucha gente inteligente, incluso brillante, apoyando la candidatura de Petro. Pero, también, una parte importante de sus seguidores está reaccionando de manera intolerante ante las diferencias de opiniones. En lugar de tender puentes hacia quienes estiman que podrían convencer, están discriminándolos y descalificándolos. Prácticamente los echan a la calle, todos los días, gota a gota.

No quieren escuchar críticas. Petro es perfecto. No tiene defectos. Es la quintaesencia de la virtud. No se equivoca. No lo dejaron gobernar. Si acaso gana Petro las elecciones, ¿es eso lo que van a repetir dentro de cuatro años? ¿No lo dejaron gobernar? ¿No les parece que su candidato es suficientemente inteligente y adulto como para asumir sus propias responsabilidades?

La costumbre de no escuchar está, también, emparentada con la sospecha metodológica historicista. Si el otro no es un ser humano, entonces ni si quiera es digno de que yo me rebaje a refutar su argumento. Todas esas las ideas perfectas e inmutables, todas escritas en mayúsculas (el Estado, la Salvación, el Reino de los Cielos, la Revolución, la Lucha de Clases, el Hombre, la Raza, etc.) nos impiden ver la realidad y las personas concretas. Un ejemplo de ello es el mal llamado “racismo científico” cuyas investigaciones buscaban justificar la supremacía racial blanca, y que tanto daño le hicieron a la biología, la medicina y la antropología, llegando a influir de manera determinante en la política durante, al menos, dos siglos. Ahora que ha corrido tanta tinta sobre la decodificación del genoma humano, sabemos que todos provenimos de un número reducido de migraciones que vinieron de África. Todos somos africanos. La idea de raza es científicamente insostenible, una pura y simple mentira. Lo mismo sucede con los métodos pseudocientíficos de Marx. Que, a partir de las sucesivas evoluciones de los medios económicos de producción, lleguemos a predecir el acaecimiento ineludible del comunismo, es solo una conjetura arbitraria. No existe tal cosa como una ley histórica que nos permita predecir el futuro. Cuando estamos embelesados por una idea, ajustamos nuestras observaciones a lo que queremos justificar en lugar de buscar, investigar y perfeccionar nuestro método.

De los muchos factores que están afectando a estas elecciones en Colombia, que vienen de la realidad, esa terca y difícil realidad que todo lo trastoca; dos de ellos tienen que ver no con el discurso de Oswaldo, sino con el de otros de mis amigos que están apoyando la opción Petro.

El primero es el miedo. Sí, tienen razón. Hay una parte de la campaña que está dedicada a manipular ese miedo. “La guerrilla va a volver a apoderarse de este país”. No. Al menos no tan rápido. Ni la guerrilla ni los paramilitares se van a volver a apoderar de esto, siempre que todos, Usted, yo y el vecino, todos, nos pongamos de acuerdo en garantizar que en 4 años volverán a haber elecciones, y nos comprometamos a cuidar todos los votos, los que nos gustan y los que no nos gustan, uno por uno. Cualquiera que se monte en un autobús, que hable aquí con gente de a pié, puede constatar que aquí todo el mundo tiene una historia de violencia. Algunas con la guerrilla. Otras con los paramilitares. La firma de los acuerdos de paz era algo que todos necesitábamos. Pero también es cierto que una buena parte de la población tenía y sigue teniendo miedo. Cuando Santos realizó el plebiscito y ganó el NO, al día siguiente nadie sabía qué hacer con eso. Todos nos quedamos como: “Ajá… ¿Y ahora qué hacemos?”. Ese miedo está allí, y no se le puede responder simplemente con una palmada condescendiente. El candidato Duque es el único que ha tocado el tema de la reforma a los estatutos de la justicia especial de transición. Desde la acera de la propuesta Petro es urgente dar una respuesta. (*)

El segundo es el factor Venezuela. “Nos vamos a convertir en otra Venezuela” dice la campaña del miedo. De nuevo: No tan rápido, pequeño saltamontes. Para llegar a lo que pasa en Venezuela no es suficiente con “equivocarse” (así probablemente vea una parte del electorado a quienes votan por Petro) en una elección. Son veintidós años dedicados a brazo partido, 24/24 7/7, los 365 días del año, a destruir un país. El único candidato de la izquierda colombiana que llamó al régimen venezolano como lo que es, una dictadura salvaje, fue Fajardo. El candidato Petro, por cierto, ha tenido en el pasado reciente declaraciones y acciones no solo amistosas hacia esa dictadura, sino absolutamente irresponsables y desinformativas hacia la opinión pública colombiana, como ir a tomarse fotos en un Excelsior Gama (un supermercado del este de Caracas) para decir que la escasez de alimentos y medicinas era una mentira más de la campaña de descrédito imperialista. Hoy, mientras escribo esto, en la OEA se está discutiendo por primera vez el informe sobre las violaciones de derechos humanos en Venezuela. La respuesta del canciller de chile a los insultos y vejámenes públicos de Jorge Arreaza, canciller venezolano, fue esta: “Si teníamos dudas sobre el carácter dictatorial del régimen venezolano, el canciller Arreaza acaba de aclararnos todo. Si un diplomático como Arreaza nos trata así, a nosotros que somos sus pares extranjeros, ¿cómo trata a sus conciudadanos, los que tienen su mismo pasaporte, los que están sometidos a su poder en su propio país?. En toda América Latina hay olas de refugiados venezolanos. Las cifras oficiales hablan de medio millón en territorio colombiano, aunque informalmente se supone que han entrado casi un millón. Sí, muchos inmigrantes venezolanos están “haciendo campaña” hacia la opción de Duque. ¿Es eso tan sorprendente? He escuchado gente que dice que no les presten atención porque “están traumatizados”. Como dice Leobardo Valera, otro colega y viejo amigo: Te encuentras en la calle con una mujer a quien su marido le pega, y como la ves traumatizada, ¿decides no pararle bolas porque no es imparcial? El pánico colectivo de los refugiados venezolanos es real: vienen escapando de un régimen que se llama a sí mismo “socialismo del siglo XXI”. Sí. Antes de llamarlo simple histeria, deberíamos pensar en otras posibilidades como el stress post-traumático. ¿Es por ello desdeñable? Para tomar decisiones acertadas a veces hace falta comprender también la profundidad de las emociones en juego. Cuando el río suena, piedras trae.

Voy a decir esto esperando que lo lean como yo lo escribo: con todo el cariño del cual soy capaz. Estoy apostando a que lo procesen antes de las elecciones, y corrijan lo que están haciendo. Si la izquierda necesita juntar fuerzas, es contradictorio que descalifiquen a los demás porque tienen miedo, que los tilden de primitivos o brutos porque no ven viable la opción que Ustedes les están presentando. A mí me pasó, del lado contrario, durante unas 10 elecciones, con la gente que una y otra vez votaba por el proyecto de Hugo Chávez. Uno no puede terminar resentido con el otro. Hay que recapacitar y construir consensos, aunque eso se tome tiempo. No están haciendo la tarea. No todos se están tomando en serio el trabajo de convencer. En lugar de ello, están armando una Intelligentzia, están formando el perfil de un caudillo.

Gabriel Padilla

Matemático, profesor y extranjero. Venezolano y demócrata, uno que aprecia, extraña, y añora las elecciones libres, especialmente bajo el claro sol de mi país.

(*) Esta nota fue editada para wordpress. Entre su aparición en internet y su corrección final apareció una propuesta concreta de Humberto de la Calle, el 4 de Junio de 2018 en su columna del diario El Tiempo, en la cual contra-argumenta seriamente la posición de Iván Duque sobre la revisión de la justicia especial de transición. Cito textualmente: “Los derechos de las víctimas son la verdadera medida de proporcionalidad en la justicia transicional. Iván Duque no ha entendido que el contenido reparador de las sanciones mira el interés de ellas.”

********

Post-Scriptum: Me rehúso a llamar a Duque “el candidato del uribismo” por los mismos motivos por los que me niego a llamar a Petro “el candidato del castrochavismo y la guerrilla”. No hay nada más antidemocrático que la sospecha metodológica y la descalificación del otro. Alguien con mucho sentido del humor dijo hace poco en twitter que, para los uribistas, Timochenko era el candidato de las FARC, pero Fajardo era el candidato oculto de las FARC y Petro era el verdadero candidato de las FARC. Lo mismo se puede aplicar a la inversa: Duque era el candidato del uribismo, pero Vargas Lleras era el verdadero candidato del uribismo y Fajardo era el plan oculto del uribismo. Así no se llega a ninguna parte.

Post-post-scriptum: El tercer factor tiene que ver con mi propia pregunta al próximo presidente de Colombia. El tercer factor es la banalidad del mal.

Hace un mes estaba en el Transmilenio cuando un venezolano se montó a pedir dinero. Dijo, por cierto, que era profesor universitario, de sociología, en la Universidad de Los Andes (ciudad de Mérida), la cual había tenido que dejar por las razones que ya sabemos. Un colombiano cualquiera le preguntó, sin sombra de ironía, “Oiga, ¿y Ustedes por qué no han bajado a ese man?”. El hombre solo pudo acertar a decir:“Porque no pudimos”. Me costó mucho digerir sus palabras. Primero me dio rabia con él: ¿Por qué no podía asumir su propia responsabilidad en haber votado quién sabe cuántas veces por ese régimen del que ahora huye? Después recordé a Hannah Arendt: “¿Por qué seis millones de judíos subieron por su propio pié a los trenes, cargando sus maletas, y llegaron a las cámaras de gas, sin oponer casi ninguna resistencia? (…) Las SS dejaron muy claro desde el principio que había cosas peores que la muerte (…) En ese contexto, el milagro es que se hubiese producido un episodio heroico como el del levantamiento y la resistencia en el ghetto de Varsovia. Fueron los más jóvenes quienes nos dejaron en claro que era no estaban dispuestos a morir en esas condiciones”.

Eso es exactamente lo que sucede en Venezuela. Los episodios de violaciones a derechos humanos, de estudiantes violad@s, desaparecid@s, torturad@s y asesinad@s, acribillad@s a mansalva frente a las cámaras de periodistas internacionales, son la expresión del poder de las Fuerzas Armadas venezolanas dejando en claro que hay vainas peores que morir. Que el presidente de la república sea un conductor de autobús sin siquiera un diploma de bachillerato, un simple mediocre con delirios de grandeza como los de Adolf Eichmann, quien tenía un título falso de ingeniero y solo aprovechó el juicio de Jerusalén para sentirse por un minuto más como el centro del universo, esa es la mejor expresión de la absoluta banalidad con la que el mal, en su estado más puro, se pasea por las calles de Venezuela. Por los últimos censos se sabe que al menos el 30% de los venezolanos (los que habitan en Venezuela) tienen un pariente en Colombia, y cerca de la mitad tienen cédula colombiana. Una proporción menor, pero igualmente importante (cerca del 20%) se estima en Colombia, de personas nacidas colombianas que tienen parientes y/o cédula venezolana. El miedo y el maltrato a la autoestima que ha creado el régimen venezolano lo están sintiendo ciudadanos colombianos que han refugiado a sus parientes. Una respuesta condescendiente no basta.

Esta es mi pregunta para el próximo presidente de Colombia: El régimen totalitario de Venezuela no es socialista. No es estalinista. Es nazi. Venezuela es un campo de concentración con 30 millones de reclusos a los que se les raciona la comida, se les obliga a trabajar como mano de obra esclava y se les niegan las medicinas. Diariamente mueren niños, mujeres y ancianos por desnutrición y epidemias que hace 30 años habían sido erradicadas, mientras los jerarcas del régimen comen caviar Beluga, toman Petrus Pomerol, visten las marcas más caras de ropa y joyas, dilapidan el erario nacional, roban y subastan las obras de arte que han saqueado de los museos y colecciones privadas. Tarde o temprano, cuando dicho régimen llegue al punto crítico de inestabilidad, aumentarán de modo alarmante las posibilidades de un estallido bélico, un conflicto militar de proporciones internacionales. Mientras Venezuela esté bajo una mafia militar, narcotraficante y asesina, las democracias en América Latina no estarán seguras. ¿Cuál va a ser la política exterior de Colombia al respecto?

Cambiar de lugar

Todos tenemos alguna historia, una pincelada, un trozo de la estampida de los refugiados venezolanos.

Hace diez años, cuando llegué a Bogotá, la inmigración venezolana en Colombia era escasa, por decir algo. Los inmigrantes venezolanos salían por diversos motivos, algunos por la continuada crisis económica, otros por la “situación política”, frase eufemística que usábamos para aludir a la dictadura encubierta del teniente coronel Hugo Chávez, que en aquella época gastaba montañas de petrodólares en publicidad y lobby geopolítico regional.  Yo era El segundo venezolano que había ocupado una plaza en el Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional de Colombia en los últimos veinte años: el primero era otro colega, bogotano de origen, que había trabajado hasta jubilarse en la Universidad de Los Andes, en la ciudad de Mérida.

Hasta el 2012 todo siguió más o menos igual.  Podíamos contarnos con los dedos… y sobraban dedos. Mi gremio es uno bastante privilegiado en relación al trabajo. A diferencia de los ingenieros, médicos, psicólogos o arquitectos, no existen licencias para “ejercer” las matemáticas,  ni afiliaciones gremiales; acaso la convalidación de los diplomas y la inscripción opcional en una sociedad científica local. Los matemáticos venezolanos en Bogotá nos conocíamos, si no personalmente todos, sí al menos de referencia. En la prensa circulaban estudios (de dudosa autoría) donde se referían a las bondades de la migración venezolana: éramos “estadísticamente mejor formados” y “altamente calificados”, o al menos esa era la fantasía que reflejaban tales artículos, de la cual se hacían eco de las incipientes comunidades de inmigrantes venezolanos que poco a poco se habían consolidado en otros países.

En cuestión de cinco años, esa situación cambió drásticamente. Venezolanos que “preferían destinos del primer mundo” (según citaban los estudios periodísticos de marras), de buenas a primeras, comenzaron a venirse de paseo a los países vecinos. Llegaban a tantear la situación laboral, a invertir algo de dinero. Dejaban a sus hijos estudiando, aterrizaban en casa de algún pariente e intentaban legalizar todos los diplomas académicos que pudiesen. La primera señal de la importancia del cambio de tendencia la dio el propio gobierno venezolano: en 2014 paralizaron todos los trámites de legalización internacional de diplomas (apostillas de La Haya). “Que se vayan, pero no les vamos a dejar sacar los títulos, que vayan a lavar platos” dijo algún burócrata. Y lo que hasta entonces había sido un trámite cualquiera, que no tomaba más de tres días, se convirtió en un calvario. Las colas en los registros locales y en el Ministerio de Relaciones Exteriores se multiplicaron exponencialmente. Los enchufados acababan de descubrir una nueva veta de ingresos.  Un par de años después, la burocracia revolucionaria decidió hacer lo mismo con un documento más sensible: los pasaportes. Comenzaron por retardar la tramitación de los mismos sin ninguna explicación. En cuestión de dos años experimentaron estrategias diferentes, desde los acosos en los aeropuertos, la confiscación de documentos y el cierre de fronteras, hasta la anulación de pasaportes al azar.

Pero la ola no se detuvo. Más bien creció y creció, como una bola de nieve, como un tsunami.  Hasta que los países vecinos comenzaron a reconocer en la realidad venezolana signos de escenarios y economías de guerra.

El doctor Luis había sido decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado. Después había sido asesor legal del gremio de profesores universitarios del Estado Lara, y había ascendido a profesor titular. Llegó a Bogotá sin un peso, con una mano adelante y la otra atrás. Lo conocí cuando estaba recién llegado, lo contacté con el hermano del conocido de un colega, que podía ser una referencia laboral. Buscó trabajo con desespero, tocó puertas en diferentes universidades, institutos, colegios. Buscó en diferentes ONG’s. Un par de meses después, mi esposa lo vio vendiendo ropa interior en un local de la Avenida Jiménez. “Cualquier cosa antes que regresarme”, le dijo. Ambos nos asombramos.

El cuñado del amigo del vecino del veterinario Tal y Tal, llegó de Maracaibo a vivir en El Barrio, con sus diplomas de médico y sus posgrados de oftalmología debajo del brazo. No le fue sencillo insertarse: la competencia entre médicos, en Colombia, es feroz. Los médicos son explotados por las EPS (empresas prestadoras de salud), y no tienen suficiente libertad para cumplir con la mística que les exige el juramento de Hipócritas. Luego fue el esposo de mi cuñada, que llegó buscando trabajo como técnico de comunicaciones. Las historias se multiplicaron. Las historias de computistas, contadores, abogados o actrices, se convirtieron en comentarios sobre taxistas, vigilantes, peluqueras, meseros. Y de un momento a otro, finalmente comenzaron a llegar ya sin diplomas, sin títulos, sin dinero, sin ropa, sin nada. Comenzaron a atravesar la frontera con una pastilla de jabón y treinta mil pesos. Llegaban de Cúcuta a Bogotá vendiendo caramelos en los autobuses, vendiendo chocolates, vendiendo cualquier cosa. Luego dejaron de vender y comenzaron a regalar: regalaban, cambiaban lo que tenían por cualquier cosa. Desaparecieron “estudios” sobre las migraciones altamente calificadas de venezolanos, y comenzaron a publicarse entrevistas y estudios a los nuevos recién llegados. Un indigente venezolano, entrevistado en Bogotá, explicaba que prefería recoger basura en Colombia pues aquí, al menos, no arriesgaba la vida. Una universitaria venezolana explicaba que se había dedicado a la prostitución, también aquí, en Bogotá, porque no tenía dinero para costear el oneroso trámite de la convalidación de sus diplomas y necesitaba enviarle dinero a su hijo con urgencia.

A medida que la “situación” se agrava, la ola indetenible no ha hecho más que crecer. Están en lo parques y en los autobuses, en los puestos de mercados y en los mostradores de las cadenas de comida rápida. En cualquier sitio donde el trabajo sea ingrato, pesado, difícil o todas las anteriores, es casi seguro que uno va a reconocer, de un momento a otro, el “acento” de un venezolano. La economía de los países vecinos está resintiendo los efectos. En Panamá y Costa Rica han aparecido brotes de violencia xenófoba en contra de migrantes venezolanos. En la zona de tolerancia, en una de las calles de puteaderos (burdeles) de Bogotá, apareció hace poco una pinta: “O cobran completo o las matamos”. Están en todas partes. De haber sido inmigrantes, los venezolanos nos convertimos en refugiados.

Los 19 años de engaños y elecciones forjadas, de resultados trampeados, de fraudes, secuestros, amedrentaciones, presos políticos, chantajes alimentarios y demás que ha producido el chavismo, han creado un patrón de maltrato. Cada oferta de una nueva elección aviva el deseo por lo inalcanzable. De acuerdo: debo aclarar algo. Que la salida de la dictadura salga por votos sea inlcanzable, es una presuposición arbitraria mía. Allí está Pinochet. También están Fidel o Putin. Vuelves a votar. Vuelven a robar las elecciones. Vuelve el coñazo con la realidad y la desilusión. Queda la compulsión al maltrato. Entonces aparece de nuevo el dilema: ¿Me quedo? ¿En qué situación me quedo, si es que me quedo? ¿Me voy? ¿En qué términos me voy? ¿Me convierto en disidente o en refugiado? La revolución solo tiene tres soluciones para quienes le adversamos: o nos reeducan o nos compran, o nos matan o nos meten presos.

Lo más difícil es cambiar de lugar. Buscar la manera. Salir del juego. Salir hacia afuera como un emigrante o un refugiado, o salir hacia adentro como un abstencionista. Salir en todo caso de de la relación de maltrato, del marco perverso. Cambiar de nombre, de identidad, de variable (un alias) o cambiar de terreno, de referentes, de conjunto y estructura (un isomorfismo). No soy quien para decirle a los demás de qué modo cambiar de lugar. Solo sé que hay otras maneras. Hay otros lugares. Romper el nudo gordiano, ciertamente, solo se puede de una única manera. Pero el nudo está en nosotros, no afuera. Una vez lo hemos roto, una vez cambiamos de lugar respecto al maltratador, hay que darse cuenta de que ya no hay modo de convivir. O se van ellos o nos vamos nosotros. Me lleva él o me lo llevo yo, Emiliano Zuleta dixit.

De todas las comparaciones que se han hecho entre el chavismo y el nazismo, aquella que me resuena más no es con el nazismo en Alemania, sino en los países que ocuparon. Venezuela recuerda al régimen de Vichy. Los venezolanos vivimos bajo una ocupación, tanto los que se quedan como los que nos exiliamos. Hemos sido ocupados por los antidemócratas. No nos mandan a campos de concentración porque no les hace falta. Venezuela es un enorme campo de trabajos forzados. Si alguna vez se detuviesen los pozos de petróleo (o las redes de tráfico de drogas) a punta de fusil las rectivarían.

Para liberarnos de esta ocupación hacen falta dos fuerzas, dos líderes. No uno. Jean Moulin y Charles De Gaulle. Uno adentro. Uno afuera.

The world that we created

el-dictador-02

This is the world we created. Each time I listen to Trump, Le Pen, Maduro (and/or Chávez), Uribe (and/or ad laterae), Kirchner (the whole gang)… etc, I  get angry. I admit it. But never so much, nor with the same astronomic astonishment as when I hear their  actual supporters. A venezuelan philosopher used to say that Chavez’s regime was one that did not repress, but rather depressed its oponents. Four years later, Mr. Maduro does both: that’s how anger becomes a public health problem. I have uribist, chavist, madurist (and now suppose also trumpist) friends. I even used to have a taliban friend, who I met in Paris. A decade ago I also met the leader of the “bolivarian circle” of that lovely city. Yes, you read well, in Paris, at such a comfortable place. In the time they jumped from one ideology to other: talibans to lepenists, chavists to trumpists and so on. I think they had no concern, nor a an infinitesimal shadow of contradiction. We don’t argue; we haven’t and we will not. I lost some of my oldest friends in that way, so at some point I just decided to not honour their questions with an answer.  But now it has arrived the time for me to say some things, I’m going to vent my heart.

Fear overwhelms us. It is normal. We are human, we have blood in our veins. An old friend of mine, musician by the way, initially antagonized the regime. We lived in a country where political dissent became a crime. Oppositioners began to be prosecuted and banned of public works through a perverse discriminating device: the Tascón list.  He needed to survive, and he realized he could make some money by producing short TV programs and other “chavist stuff” with “chavist thinking” (this is neither an oximoron nor a villain joke, thouhg it might sound so). He married a girl, they had a daughter. With a family to care about, he made his decision. He was asked to enter to the chavist side of the border. Progressively he did so, untill he became a “content producer”, which is a double-thinking euphemism for a publicist whose job is to make propaganda  or, more clearly, an editor of lies. In the following years, institutional lies through broadcast media turned into a huge machine. The only industry which works better is drug traffick, it moves more money than the now decadent oil industry. To summarize: he had weak points, they exploited them and, in the time, they got him. Would it have been different with me? I don’t think so: that’s why I got away.

This is the world we created. When we vote from our deepest fears, we let Palpatine senators kidnap our republics and countries, hijack our values and hack our cultures. We have seen hordes of fanatics bombing schools and shooting women who want to study; armed civilians supporting Latin American banana dictatorships, who threaten and shoot at elders, women and children without discrimination; gangs of stupids harrasing some people due to their ethnic origin or gender choice, crying at them “Raise the wall!”.

homedestroyed

The swastikas that appeared in  US this year have the same racist substratum of the antisemitic agression in the Mariperez sinagogue (Caracas, Venezuela) on January 2009, and the bombing of schools in Pakistan. The abusive speech of Mr. Trump is making american politics to fall down the cliff of evil banality. As Mr. Chávez did to latin american democracies, now  it is the first-world’s democratic societies of Europe and north america which are being empoisoned on their core values. Whatever is the end, it will be faster if we do not resist. Civilizations dissappear.  Species extinguish. Why should it be different with us? But if this is our fate, shouldn’t we just away by a different reason than our own stupidity?

This is the world we created. Thinking on “no conflict” strategies, while there is a contendor looking for our total anihilation, is not realistic. Might it be primitive to say we are good and they are evil; the civilized imposture of negotiating in such conditions is a nonsense.  We must stop being tolerant, specially towards intollerants, racists, and other groups with similar antidemocratic agendas. We must stop the academic and intellectual charade, to admit we are dealing with really bad guys: dictators, massive murderers, war criminals, mafia bosses, gun-runners, terrorists and drug dealers, all them disguised as democrats. They are blowing up institutions worldwide. They  sabotage the courts and the laws,  misprize the congress and despise each single democratic value. From Iran to Russsia, from China to Nicaragua, from Venezuela to Spain and France, from th US to Argentina; they are doing their work very well. While you negotiate, they are are looking how to kill you.

I read the daily comments of a well known academic professor who is a political scientist. He uses to remark that Venezuela is a dictature which should be defeated by democratic ways. His main points are these: (a) If you do not defeat a dictature by votes, then you have to defeat it by gun shots. (b) If you ask a dictator for democratic guarantees before runing any election, he only has to deny you whatever you ask so you don’t run and loose another space. He is right, and I mostly agree all this, which has been the center of the political debate in Venezuela during the last years. I do not live in Venezuela; so I would not instigate anyone to look his/her own death by fighting individually against a regime which does not respect any human right.

Having said all that; I still think that there are a few details which have been lost in the landscape. In Venezuela, negotiations between the regime and the opposition are as naive as those between prime minister Chamberlane and chancellor Hitler. One of the sides argues in bad faith, because it’s not interested on arguments. They are professional provocateurs: that’s the kind of people you are trying to talk to. The venezuelan regime is a more complicated thing than just a simple group of militar fellows decided to hold on to the power at whatever consequences. There is still some opposition but each single person spends more time looking for food or medicines than he/she is able to work daily. The oppression of venezuelan regime on people is absolute: it does not let you think, you have no time. While you try to do so, someone else gets the food.  While we discuss with this kind of people; these guys sign contracts, buy weapons, kill students, exile oppositioners, prosecute dissidents, massacre minorities, influence presidential elections in foreign countries, build walls along frontiers with their neighbours.

Totalitarianism is not only identified or diagnosed by the total absense of opposition, which certainly is a major feature. There are other sings such as: (a) The psychological and moral oppresion of all citizens up to the point where everyone thinks that nothing can be done; (b) The indiscriminated violation of everyone’s human rights (political apartheid, absence of medical care for political prisoners); (c) The absolute disparition of collective moral references wich can provide an individual with a hint of his/her own ethical decisions; (d) The systematic incitement to violence against minorities which are labelled as agents of the enemy; (e) The deshumanization of dissidents. All these signs have been noted, from writers as George Orwell to philosophers as Hanna Arendt. All these are happening in the Venezuela of Chavez&Maduro. They  happened in  the USSR of Stalin, and  the Germany of Hitler. But, of course, the Soviet Union had Solschenitzin and nazi Germany had Hans and Sophie Scholl. So neither these nor the venezuelan case are, “strictly speaking”,  totalitarian regimes “but just militar dictatures”. Does this make sense? When a public academic decides to assume such a reductive criterion, when he/she refuses to call such regimes by their name, this is not an intellectual imposture but a political decision with consequences.

This is the world we created. When I was a kid, the president of the US was Ronald Reagan. People talked a lot about the Star Wars,  not the film by George Lucas, but the military program which intended to carry a preventive nuclear war against the russians.

bomb

Everybody had the paranoia of a fool nuclear physicist pressing the red button and destroying the planet in a few seconds. Also, and maybe because of that, an important number of people were living for today, as would say John  Lennon. After all, we were in the road of the 3rd WW, a nuclear one. It was not an arcade game. Somehow it is perversely funny that 40 years later we have a real risk of nuclear war between North Corea and the US, but we don’t pay much more attention. We are busy enough with Twitter and Whatsapp. These guys do so because we let them. We decided to sit down and look the moovie while they destroy the world of tolerance, human rights and equality of opportunities. It is a tragedy for humanity that the countries of the allied forces, which fought the 2nd WW in order to preserve democratic values, are now letting the poison raise inside them.

 

There are millions of children, women and young men who will not know democracy, as we did. We are now in the same point of our grandfathers. Democracy is too much important to be left to politicians. War is too much important to be left to military. I would not send anyone to war, nor would I encourage it. But, if  you need me, you know where to find me. Not to fight is not an option. Not to resist is inmoral.

By doing or by letting go, this is the world we created.

Paralelos y no tanto

sino.jpgEsto es un comentario amplificado de una respuesta que en otro lado le di a mi macropana Diana Pareja, quien se dedica a las estadísticas y análisis de mercado. Creo que deberíamos recapacitar sobre el manejo del miedo que ha habido en parte de la campaña del No; así como en el triunfalismo que ahora, después de los resultados, se hace evidente en los partidarios del Sí. Sobre ambos puntos, hay algunas cosas que paso a comentar.

En la campaña del No en Colombia; los partidarios de esa tendencia usaron con bastante ligereza los “paralelos con la situación venezolana”. Se dijo que después de firmar la paz, la guerrilla iba a tomar todas las posiciones políticas de poder (alcaldías, gobierno) a través de elecciones para llevar a Colombia al comunismo… “como en Venezuela”.  Afirmar algo así es desconocer que la izquierda venezolana que firmó la paz en los años 70 fue la que se integró honestamente al juego democrático. Los mejores ejemplos que tengo de eso son Teodoro Petkoff, Pompeyo Márquez, Moisés Moleiro, Freddy y Simón Muñoz, Manuel Caballero, Rui de Carvalho (antaño profesor de mi padre, a quien él siempre admiró), mi profesor y amigo Ricardo Ríos; y mi difunto amigo Omar Zamora. Casi todos ellos o fueron desde el principio o terminaron a la larga en la oposición al chavismo.

Se ha dicho que “la paz política en venezuela fue producto del boom petrolero, sin el cual habría sido insostenible”. En mi opinión, la verdad fue más bien la recíproca: La paz política que Venezuela consiguió con la paficicación de la guerrilla potenció enormemente la prosperidad económica que tuvimos. De otro modo, nuestros guerrilleros activos habrían bombardeado oleoductos, o se habrían aliado con las mafias del secuestro y el narcotráfico internacional; nada de lo cual ocurrió.

Se ha tratado de hacer ver que, “como en Venezuela”, la guerrilla buscaba legitimarse a través del referendo por el Sí para luego dar el zarpazo final. En Venezuela, el ala democrática que alguna vez tuvo el chavismo (que existió, que tenía proyectos y demandas legítimas) fue traicionada, desde su nacimiento, por el ala “cívico-militar” que tenía desde 1998 sus propios planes autoritarios y excluyentes, léase dictatoriales. Los responsables del golpe de Estado a Carlos Andrés Pérez en su 2do período no fueron los que firmaron el acuerdo de paz venezolano de los años 70, sino las facciones que públicamente le dieron la espalda. Y, por favor, que quede claro: no estoy diciendo que esto mismo esté sucediendo en Colombia ahora, ni estoy adjudicándole “intenciones antidemocráticas” al bando del No. Solo estoy poniendo en claro que esos “paralelos” con Venezuela, son inferencias arbitrarias y nada más.

Por otra parte; casi 20 años después de la llegada de Hugo Chávez Frías al poder en Venezuela, tengo que recordar que mucho de lo que vivimos se pudo evitar, simplemente, con un poco más de humildad y sentido común de parte y parte. La tragedia venezolana sí fue evitable. Tuvimos muchas oportunidades para evitarla… y las echamos todas al caño. Si uno no quiere que Pedro Pérez gane la presidencia, pues uno se inscribe en el registro electoral, participa en la campaña, le explica a todo el que uno se tropieza por qué Pedrito no debería ganar (o mejor aún, por qué a uno le llama más la atención el programa de Juan González); y finalmente el día de las elecciones va uno y vota. Entonces, aunque el Sí hubiese ganado en el referendo; nada implicaba por fuerza que Colombia “terminaría en el comunismo” (como lo pintaban las viudas del terror). La cosa es fácil: quien no quería a los guerrilleros, con no votar por Timochenko, tenía (y tiene). La desgracia que nos acontece a los venezolanos es nuestra responsabilidad en cuanto no fuimos capaces de mostrarle a nuestros conciudadanos todo lo que estaba por venir (y creo que ninguno de nosotros, en aquella época, la imaginó en toda su amplitud).

Dicho esto; el riesgo del suicidio social como el zeppuku múltiple y masivo que practicamos los venezolanos en diecisiete elecciones, el que se hicieron a sí mismos los alemanes cuando eligieron a Hitler, o el que están a puntico de cometer los gringos con Donald Tramp (sic, muchas gracias) es un aspecto inherente a cualquier sistema de tomas de decisiones, individuales o compartidas. Los errores son posibles. En una democracia, lamentablemente, las mayorías también se equivocan.

En lo que respecta al referendo en Colombia, me la he pasado recolectando opiniones sueltas de la gente en la calle. Tengo que relatar que, con asombro, he escuchado gente de a pié (un taxista, un obrero, un conductor de bus) decir que iban a votar por el No. Luego de publicados los resultados los vi no solo contentos, sino especialmente aliviados. Del lado del No había angustia,  había temor, y los partidarios del Sí no llegaron a calmar esos temores. Hubo la sensación de que el gobierno colombiano “pisaba el acelerador” en las últimas fases del acuerdo. Esta gente existe. Sintieron tranquilidad después que supieron los resultados (que ganaba el No). Son parte de la realidad a la que cualquier animal político (como yo mejmo) le debe tomar el pulso. Los matemáticos, estadísticos, encuestadores y analistas de datos están (estamos) allí para tomar ese pulso. Las encuestas son también fotografías instantáneas. Retratan un momento pasado de una realidad cambiante. Reflejan parcialmente la realidad política en un momento dado del pasado, no predicen el futuro, especialmente no lo predicen cuando la dinámica polĺtica es (por naturaleza o debido a algunas circunstancias) demasiado volátil. Algo de ello pudo haber pasado, para que los sondeos de semanas atrás se estrellaran de modo semejante contra la realidad de las votaciones de hoy. No es la primera vez que lo veo (ya he tenido varios sinsabores con la realidad política y las encuestas venezolanas).

Como profesional del área, debe uno también tener paciencia con los demás. Una parte importante de nuestra profesión es la de comunicar lo poco que sabemos de la manera más humana y amable a nuestros semejantes. Esto también es parte del trabajo. Alguien me llegó a sugerir que los abstencionistas estaban todos con el No. Le respondí, con la mayor calma de la que fui capaz, lo que cualquier estadístico con algo de respeto por sí mismo le diría: que la intención de voto entre los abstencionistas es idéntica a la de quienes finalmente votan o, al menos, esa es nuestra “hipótesis nula”.

Nadie quiere volver de nuevo al estado de guerra. En ese sentido, es importantísima la rápida reacción de Timochenko  al declarar que las FARC no se alzarán de nuevo en armas: es aceptar que se van a quedar en la mesa de negociación, que no le van a dar una patada. Tampoco se trata de que el gobierno y guerrilla deshojen la margarita eternamente. Lo que queda claro con los resultados de las votaciones de hoy, en grueso, es que una mitad de Colombia no está de acuerdo (o al menos no está tan convencida) con lo que propone la otra mitad. En particular;  la mitad de los votantesno aprueba totalmente los términos en los que Santos y Timochenko firmaron los acuerdos. Decía Leibnitz que vivimos en el mejor de los mundos posibles. En este caso, al menos, tenía razón. En tales circunstancias lo mejor que podía pasar era lo que finalmente sucedió: que ganara el No y los actores políticos se vean obligados a renegociar.

No le habría convenido al Sí ganar por ese estrecho márgen que las encuestadoras no previeron. Continuar así los acuerdos de paz habría sido imponer un proyecto, de manera apresurada y a contrapelo, a la otra mitad del país. Vencer sin convencer es una forma de violencia. La lectura correcta del resultado electoral de hoy, para los partidarios del acuerdo de paz, es que no han hecho todo el trabajo necesario. Hay que escuchar, buscar respuestas en el otro bando,  armar mayores y mejores consensos, volver a empezar. Únicamente en ello puede que los partidarios del Sí consigan un “paralelo” con la situación venezolana: tienen algo que aprender  de la dura lección que hemos metabolizado los opositores venezolanos en estos casi veinte años. Hay que hacer el trabajo completo. Métase en la campaña. Inscríbase en un partido político. Participe en las mesas de votaciones. Presencie los conteos de votos el día de las elecciones. Proteja la limpieza del resultado en las mesas de su circuito, incluso y especialmente, si es su bando el que pierde. No desligitime todo el sistema y todo el juego cuando pierda. Acepte la derrota, comience desde cero y vuelva a trabajar.

Recuerde que la democracia es el único sistema político en el que las cosas se resuelven discutiendo. Su mejor arma política, la única que lo salva (a Usted, a mí y a todos a la larga) de tener que dirimir las vainas a tiros con sus semejantes; es el voto. Úselo. La democracia es como el béisbol. Nada la retrata mejor que aquella frase de Yogi Berra: “It ain’t over till its over”. Esto se termina cuando se termina. Concéntrese en el próximo hit.