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Ser un metrónomo: Música, aikido y zazen.

El metrónomo suena. No importa si su frecuencia es 30 o 280. Lento o rápido, su suave pulso me tranquiliza. Me recuerda que no hace falta tener prisa. No debo correr, lo cual es algo relativo: Si toco un adagio, 180 es correr. Si se trata de un allegro o 180 puede ser un buen ritmo, 280 es correr. La velocidad no importa. Mi ego no importa.

Se puede ir rápido sin tener prisa.

Respiro. Me concentro. Yo no decido. Decide la práctica, el mismo desarrollo de la actividad, el progreso o retroceso relativo de mi destreza. Sigo el ritmo. ¿Cuál? El que marca el metrónomo. Si el tempo es a 60 la negra, entonces hay que tocar a 60 la negra: ni más, ni menos.

Tener prisa, por cierto, no es lo mismo ser ágil. La agilidad se obtiene progresivamente. Los ejecutantes virtuosos son, usualmente, ágiles. La falta de agilidad a una velocidad determinada no dice nada de otros aspectos de la ejecución, que son igualmente importantes: La expresividad, el sentido musical de las frases, la marcación adecuada de las pausas. Todo ello se adquiere a través de la práctica. A un ejecutante que no sabe administrar esos otros recursos, aún si es muy ágil, le falta por aprender. Es un acróbata con un violín en la mano, y ya. Quien, siendo menos ágil, aprende a administrarlos; puede ser un virtuoso. Esto vale en todo tipo de música, especialmente en las improvisación idiomática: barroco, jazz, flamenco o un buen raga hindú. La cima de esta máxima es el reggae: No puedes marcar siempre los mismos puntos, ni los mismos tiempos. Tienes que hacer sentir las pausas y, sobre todo, la cadencia. Hablar demasiado es no decir nada. Menos es más.

Se puede tocar lento o rápido; pero jamás con prisa.

Hay músicos que hacen lo insólito por no pensar. Tocan de espaldas al público. Cierran los ojos. Ingieren alcohol. Fuman tabaco u otras cosas. Cierto cantante de pop necesita, de modo compulsivo y algo perverso, tener sexo hard poco antes de subir al escenario. También existen los que, en cuanto ponen un pie en la tarima, botan el ego a la basura. Disfrutan ese instante presente. Se olvidan de tocar bien o mal: se concentran en tocar.

El metrónomo suena. Respiro.

Si consigo con una frase difícil, no la  enfrento. La dejo pasar.

Esto es aikido, no taekwondo. Comienzo en una velocidad cómoda, la más lenta posible. Dejo pasar la frase, una y otra vez, sin pensar en ella. La ejecuto lentamente. Incremento la velocidad poco a poco. La frase pasa y queda, se hace parte de mí. Cuando toco en público no pienso; solo toco. Si he practicado suficiente, ya no hace falta pensar. Hago lo que sé: me convierto en esa frase. Entonces la música es una vía de zazen. Tengo que practicar un katá de Iaido. Pongo el metrónomo en la velocidad más lenta que tenga (usualmente, cerca de 30rpm). Respiro. Me siento en seiza. Inicio los movimientos, lentamente, con el ritmo. Busco algo que ya conozco dentro de mí.

Busco la música dentro del katá.

Busco su ritmo, su cadencia. Al principio, practicando tan lento, esa cadencia no puede aparecer: Controlo mi respiración para hacer el movimiento lo más lento posible. No lucho contra él. Le permito pasar, una y otra vez, a través de mí. Cuando alcance el ritmo justo y natural, mi respiración irá coordinada, con todo mi cuerpo, al katá. Entonces aparecerá la cadencia.

Se puede combatir lento o rápido; pero jamás con prisa.

La música es la actividad más cercana al zen que hemos creado los occidentales. No es extraño que en las últimas décadas hayan aparecido por todo Asia generaciones de ejecutantes de música clásica. Chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas, taiwaneses; algunos muy jóvenes, otros no tanto. Interpretan a Haydn, Beethoven, Brahms, Bartok, Wagner, Stockhausen, Boulez… Han penetrado progresivamente la escena internacional, los teatros, las salas de concierto, los conservatorios. La música clásica occidental ha comenzado a formar parte de su programa educativo, especialmente en Japón.

El metrónomo suena. No importa si su frecuencia es 30 o 280. Lento o rápido, su suave pulso me tranquiliza. Mientras lo escucho mis latidos se acompasan. Mi respiración se acopla. Mis movimientos se vuelven fluidos. La memoria de mi cuerpo llega antes de que piense.

Mi soplo caliente es la columna de aire y el sonido de la flauta. Mi dedo es el mecanismo de la llave. Mi tórax es la caja de resonancia. Soy todo yo una flauta con pies y manos y llaves y zapatillas. Disfruto cada nuevo ciclo. Mis manos son el bokken. Mi cadera realiza el hermoso giro del jo. Mis pies son el inicio de la respiración y del movimiento; también su final. La aguja del metrónomo va y viene. Es mi dedo que sube y baja, es mi diafragma que se contrae y se expande. La aguja del metrónomo es una con el pie que se desplaza, la cadera que gira.

El metrónomo toca la flauta.

El metrónomo descarga el sable, lo devuelve al pulgar, desliza su hoja hasta coincidir la punta con el inicio de la saya, lo limpia, lo guarda. Lo deja reposar.

Me deja reposar.

El metrónomo suena. Respiro. Vuelvo a comenzar. Cada repetición me ayuda a no pensar. Cada repetición aumenta mi concentración en el vacío. Es el metrónomo. No soy yo. La prisa no existe.

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