Sonderkommando

“Une fois étranger, toujours étranger”.

(Amine El-Gradechi).

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Imagen: “El hijo de Saúl”,  (húngaro: Saul fia)  película (2015) dirigida por László Nemes

En la época en que lo conocí, Amine tomaba el café expresso. Con pausa, saboreaba cada átomo del líquido amargo y untoso. Tenía un sentido del humor amable y una sonrisa cordial. Le agradaba el fútbol, hablaba poco, salía a trotar de vez en cuando por el paseo de la Citadelle. No suelo estar de acuerdo  con eso de que todo lo pasado era mejor. Lo cierto es que entonces Lille era un sitio que transpiraba inocencia. Había muchos árboles, pinos, arces, abedules.   Aunque Amine casi nunca hablaba de Argelia, una sola ocasión fue suficiente para mostrarme cuánto la quería, y en qué condiciones de despecho, amor y dolor se hallaba respecto a su tierra natal. Lo recuerdo bailando, sí,   mientras seguía los compases de Ya-Rayah. Esa canción de Dahmane El-Harachi quizás sea la manera más dionisíaca de hablar sobre la pena del extranjero. Bailando,  Amine me mostró que había más de una manera de asumir el exilio. Creo que fue también a Amine a quien escuché por primera vez la frase que encabeza esta nota. Ignoro si la inventó él mismo, es posible que se tratase de un refrán. Una vez te conviertes en extranjero, eres extranjero el resto de tu vida. Si no, que se lo pregunten a Albert Camus, otro argelino.

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Lo anterior viene a propósito del artículo de Jurate Rosales que en los últimos días se ha vuelto viral.  Si Usted es de los que no entienden (o cada vez entiende menos) lo que sucede en Venezuela, léalo sin demora. Vale la pena.

La nota de Rosales, sin embargo, parte de algunos supuestos que no comparto; supuestos sobre los que intentaré mostrar mis diferencias.

El primero es que los exiliados, en general, señalemos a alguien como culpable de nuestro exilio. Los exiliados no andamos jugando a ser perdonavidas. Partir no es solamente escapar de un país o un régimen que te agobia. El exilio, especialmente el auto impuesto, supone un duelo:

“He renunciado a ti, no era posible,

fueron vapores de la fantasía,

son ficciones que a veces dan a lo inaccesible

una proximidad de lejanía…”

decía Andrés Eloy Blanco. Solo que el exiliado no le dedica el poema a una novia sino a una sociedad de la cual siente el rechazo. En mi caso no fue tanto cuestión de supervivencia alimentaria como de preservación de la cordura. Con los años caí en cuenta de que partir fue también escapar de mí mismo, o al menos de la versión de mí mismo en la que podía terminar convirtiéndome.

La nota de Rosales hace un recuento vívido de varios regímenes comunistas de Europa oriental y algunas de las penurias que debieron soportar todos, tanto los que se quedaban como los que se iban. No le llevaré la contraria sobre la tesis del libreto aprendido de los comunistas y nuestra incapacidad para descifrar algunas claves. Quiero sin embargo notar que la lista no solo no es extensiva, sino sesgada. No contabiliza los exiliados y refugiados del franquismo, ni los escapados y presos políticos de las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay, Brasil. No recuerda los desaparecidos de la Operación Cóndor. Las dictaduras de derecha también han fabricado sus exilios y diásporas, igual de desarticuladas, igual de disociadas. Por cierto, el régimen que ocasionó mayor número de muertos y refugiados en el s.XX en Europa, no fue comunista: hablo del nazismo.

Rosales reclama dos cosas sobre las que me parece que tiene un punto importante, pero, al mismo tiempo, creo que su reflexión se queda corta. Cito textualmente:

  1. “La incapacidad de los refugiados de unirse en un solo bloque y menos el de servir de guía de unidad para los que quedaron en la patria desvalida” (..)
  2. “Asombra la incomprensión de las realidades del momento y la incapacidad de asumir que el exilio tiene su propio mandato, el de la unidad, y su rol inmediato, importantísimo, de apoyo y ayuda para los que quedaron en la patria”.  

Sobre la primera, me permitiré señalar a mis compatriotas venezolanos aquello por lo cual la mismísima Hanna Arendt fue tildada de antisemita durante el desarrollo de sus reportajes sobre el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén. Es materialmente imposible, simplemente no se puede llevar a seis millones de personas a las cámaras de gas, si no se cuenta primero con la colaboración, al menos parcial, del mismo grupo que se pretende exterminar. Si la falta de unidad ha caracterizado al exilio venezolano, ¿cómo puede llamarse eso que ha mostrado el liderazgo local? No es posible someter a cuarenta millones de personas al hambre y la muerte por mengua, sin contar con la colaboración activa de una parte de esa misma población. Para llevar a cabo un genocidio de ese tamaño hacen falta unos cuantos Sonderkommandos.

Mi comparación con el nazismo, en esto, es deliberada. Los nazis fueron el primer régimen político moderno que estableció como táctica la degradación moral de la víctima, antes de su propia aniquilación. Establecieron una cadena de marchas y contramarchas, órdenes en un sentido y luego en el opuesto, todo con el fin de confundir para luego hacer lo que fuese su antojo. Arendt registra de manera escalofriante una serie de casos de colaboración, negociaciones, chantajes y delaciones que ocurrían entre judíos: los líderes comunitarios unas veces no podían y otras no querían ver las consecuencias de la política de colaborar para sobrevivir. “…Hay destinos peores que la muerte, y las SS tuvieron buen cuidado de que sus víctimas los tuvieran siempre presentes en su mente (…) La gloria de la revuelta del gueto de Varsovia y el heroísmo de los otros, pocos, que supieron resistir, radicó precisamente en que los judíos renunciaron a la muerte relativamente fácil que los nazis les ofrecían (…) fueron capaces de decidir que no podían aceptar ir a la muerte como corderos” (1).

Esta metodología de convertir a la víctima en una simple bestia deshumanizada fue luego copiada por muchos otros regímenes totalitarios: la Unión Soviética de Stalin, toda la Europa oriental de la Guerra Fría, la Camboya de los Khmer Rojos, y varios de los gobiernos mencionados por Rosales son ejemplos de esto. Sin embargo, los nazis la ejercieron no solo por cumplimiento del deber, sino por la absoluta satisfacción de un placer perverso. Piénsese, por ejemplo, que la Rusia soviética con todos sus crímenes humanos, sus genocidios, sus Gulaks y  Holodomores, es la misma que se enorgullecía de mantener un sistema educativo público,  financiar un programa espacial, tener la mejor compañía de ballet del mundo y preservar sus colecciones de arte en museos como l’Hermitage. Y si es cierto que cosa no quita la otra, también lo es que los nazis se regodearon no solo en el asesinato, sino también en la tortura, el robo, el saqueo y el expolio no solo de sus enemigos y víctimas naturales, sino de toda su nación. Por su parte, el Socialismo del s.XXI es un experimento social, diseñado desde la cúpula de los funcionarios “enchufados”, para obligar a las personas a dejar de pensar so pena de morir de hambre. Mientras tanto, esos mismos funcionarios alimentan cuentas de banco en paraísos fiscales, pagan enormes facturas por cosas tan fútiles como botellas de Petrus Pomerol con todo y descorche, compran títulos nobiliarios inservibles.  Este es quizás el rasgo en el que el Socialismo del s.XXI es más fiel a las enseñanzas de Goebbels y Himmler.

En cuanto al segundo punto, creo que es tiempo de que aclaremos algunas cosas.

La vivencia del exilio es siempre individual. El apátrida solo puede hablar desde lo particular, lo real, lo concreto. No existen dos personas que lo experimenten del mismo modo. En el imaginario de quienes se quedan, los que nos auto-exiliamos pasamos supuestamente toda una vida añorando volver al terruño, a la madre patria. Eso de que estemos interesados en organizarnos, que nos sintamos obligados por el imperativo categórico de ayudar a quienes están adentro a sostener una resistencia, si bien puede que sea cierto, también tiene unos matices bastante gruesos.

Para comenzar, los exiliados somos también inmigrantes. Nos establecemos en sociedades diferentes. Debemos integrarnos al sistema legal y laboral. Formamos familias. Creamos empresas. Investigamos. Nos relacionamos no solo entre nosotros, sino especialmente con las nuevas sociedades que nos reciben. Los exiliados estamos sometidos a un proceso constante de reinserción que, en muchos casos, implica aprender uno o varios idiomas nuevos, asumir religiones distintas, etc. Ponderado en ese contexto, la primera prioridad de cualquiera que emigre  es sobrevivir. La segunda, en el caso de los refugiados, es no regresar. De allí en adelante, cualquier cosa es ganancia. Sí: la mayoría de los exiliados mandamos remesas. La población venezolana es el rehén secuestrado por el cual el régimen chavista cobra todos los meses las remesas en dólares de cuatro millones de inmigrantes. Le pago al Estado secuestrador para que mi padre secuestrado al menos pueda comer y vestirse. Suena razonable. ¿No? Puedo sostener parcialmente la economía de mi padre, pero no puedo sostener toda la economía del país. Los exabruptos económicos del chavismo han colapsado a Venezuela, sin importar lo que hayamos podido hacer quienes salimos. En términos macro-económicos, las remesas son el último paño caliente de un moribundo. Nada más.

Quienes habitan la Venezuela de estos días están asfixiados por la deshumanización forzada. Debo decir que los funcionarios bolivarianos, en este aspecto al menos, no son ni estalinistas ni maoístas: son nazis de la más pura y vieja escuela. El régimen que ahora oprime a todos los venezolanos no llegó en un día, no fue producto de una sola mala decisión. Han sido veintidós años dedicados, 24h diarias 365 días al año, sin descanso, a destruir un país desde sus cimientos, a borrar del mapa toda una cultura y una manera de hacer las cosas.

Y aunque hace veintidós años la sociedad venezolana era, en muchas cosas, diferente, el huevo de la serpiente estaba allí. Tampoco pueden decir que nadie se los advirtió. Toda la Academia se cansó de avisarlo. Lo dijeron Heinz Sonntag, Rodolfo Rico, Nelson Rivera y todo el  Observatorio Arendt. Lo espetó desde las tribunas universitarias Ricardo Ríos. Lo dijo Uslar Pietri. Lo repitió, arrepentido, Jorge Olavarría. Lo gritó en sus editoriales Teodoro Petkoff. Lo advirtió Manuel Caballero, desde la intentona golpista de 1998 hasta que se le acabó el aliento.

El chavismo  parasitó a la democracia venezolana hasta destruirla. ¿Es exacto decir que fuimos estafados en 1999? Puede ser, pero, incluso en ese caso, nada es tan inocente. Uno no puede estafar a alguien que no tiene aunque sea un poco de malicia. Hace falta suficiente para suponer un beneficio, una ganancia fácil, un dolo, un ilícito. Pero, al mismo tiempo, no debe ser demasiada como para poder reconocer el paquete chileno. Dentro de mi trabajo y mi entorno, yo mismo fui una de las pocas pero ruidosas voces agoreras, y recuerdo muy bien cómo muchos de mis amigos, de mis compañeros de trabajo, tan explotados por el Estado como yo, decían claramente que no les importaba salir jodidos mientras la revolución se encargase de joder (eliminar, expulsar, expatriar) a tal o cual persona, a tal o cual corrupto, a tal o cual empresario… para que “hirvieran en aceite” a tal o cual partido político. El gancho de la estafa chavista fue el resentimiento. Como sociedad, mordimos el anzuelo. Hitler hizo lo mismo con la población alemana que había pasado una década de guerra, miseria e hiperinflación.

El problema es que mucha de esa gente sigue estando resentida. Y el resentimiento, en Venezuela, es un problema de proporciones epidémicas y clínicas: no es un delirio, sino un trastorno de la estructura de personalidad. O, para decirlo en términos lógico-neurológicos: No es que sientan resentimiento porque piensan mal, es que piensan mal porque el resentimiento los supera. Por eso no se puede desmontar solo con argumentos, ese fue el error de Descartes, porque el razonamiento es la última capa de pintura sobre ese muro de millones de años que es nuestro cerebro con sus emociones.

El chavismo lanzó a sus huestes sobre cada uno de sus enemigos. De todos los salarios en Venezuela, los peores siempre fueron los de los investigadores y profesores. La multitud vino por nosotros, nos trataron como oligarcas mientras éramos humillados y explotados. Es solo un ejemplo: En Venezuela todo el que, por motivos propios o ajenos, en algún momento se halló en la acera del frente, más temprano que tarde fue tratado como un lacayo del imperio y enemigo de la patria.

¿Siento rencor? Pues no, la verdad, no. En cambio, sí siento cansancio. ¿Para qué uno va a explicar lo que nadie quiere entender? Sobre aquello que no se puede hablar, ¿no es mejor guardar silencio?

El Espíritu de la Nación es una de esas pestes que han estado a punto de acabar con la razón. El romanticismo todo lo echa a perder. Por eso me fui: Yo era la minoría, incluso entre mis pares. No podía luchar contra el régimen, como heroicamente lo hicieron los estudiantes universitarios en 2012 y en 2017. Renuncié a todo lo que dejé atrás. El exilio me devolvió la posibilidad de aceptar a los demás tal como son. Acepté el derecho de los venezolanos a realizar el experimento socio-político que llevaron a cabo. Reivindiqué mi derecho a no volver a ser involucrado en dicho experimento.

Yo, que no voté por la revolución ni una sola vez y perdí hasta la saliva advirtiendo lo que se venía, no me siento responsable por toda la comunidad de venezolanos que se quedaron, mejor dicho, que tomaron la decisión de quedarse y votaron de manera reiterada por el proyecto político que los oprime, cuyo desenlace era tan previsible como la propia Jurate Rosales bien lo describe. No siento el imperativo categórico de organizarme para salvar al país, a la sociedad que me expulsó de sus entrañas.

Siempre me rehusé a convertirme en colaboracionista del régimen chavista. También me negué a resentirme, a odiar a otros por lo que son o piensan.  Vivir en el extranjero fue la única forma de mantener la cordura, de regresar a la sanidad mental y emocional,  de volver a abrazar la modernidad, de discutir con argumentos y no con emociones desbordadas ni descalificaciones violentas. Es cierto, lo admito: el exilio fue mi manera de mandar para el carajo a la turba de los superfluos. Quien se va también, de alguna manera, le pone un límite a los demás.

Mi límite es este: Usted tiene derecho a hacer experimentos sociales si consigue los votos que lo apoyen, tanto como tanto como yo tengo derecho a escoger dónde vivir. No hay facturas. No hay cuentas pendientes. Nada que cobrar. Nada que pagar. Estamos tablas.

Eso sí: El resultado de su experimento social es problema suyo, no mío.

_________

(1) Arendt, Hanna. “Eichmann en Jerusalén, o la banalidad del mal”. Random House, 2010.

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