Al maestro con cariño

A Oswaldo Lezama, colega y amigo.

Bogotá, 4 de Junio de 2018.

Para comenzar, copio aquí un vínculo que lleva a la carta que Oswaldo Lezama, premio nacional de matemáticas de Colombia, le dirigió al candidato Sergio Fajardo con motivo de su declaración de mantener la posición de votar en blanco en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de este año en Colombia. Le ruego encarecidamente que la lea antes de seguir estas líneas, a fin de que pueda sacar sus propias conclusiones.

Gracias.

Discrepo de la postura que Oswaldo toma en dicha carta.

Antes de explicar por qué, debo aclarar que no soy colombiano. Nací en Venezuela, llevo casi dos décadas viviendo fuera de mi país, y los últimos nueve años los he pasado en Bogotá. Mientras viví en mi país de origen, participé en varias elecciones, presidenciales, legislativas y locales, como testigo o miembro de mesa, algunas veces de manera independiente y voluntaria, y otras, las últimas, propuesto por el  partido político en el cual finalmente había decidido ingresar, el Movimiento al Socialismo, por sus siglas, el MAS, que fundara Teodoro Petkoff. Hace ya muchos años que no participo activamente en una elección, por motivos tanto políticos como personales.

Deseo asimismo expresar claramente que, tanto en lo personal como en lo laboral, siento gran estima por Oswaldo. Es una persona entrañable, un colega querido por todos. El premio nacional de matemáticas, así como otras laureas que ha recibido en vida, son más que merecidas. En su persona se constituye un importante ejemplo de lo que puede llegar a ser cualquier colombiano. Para quienes no tienen idea de qué es la Academia, este es un buen símil: Oswaldo es, por así decirlo, como un Falcao, un James  o un Nairo Quintana (con un poco más de años), un Obiwan Kenobi, o más bien un Yoda de las matemáticas. Hay otros premios nacionales de matemáticas y de ciencia, algunos bastante más jóvenes, pero ese no es el punto ahora. Lo que quiero decir con esto que es Oswaldo constituye un modelo a seguir para cualquier joven colombiano que quiera ser científico.

Es precisamente el lugar de Oswaldo en la sociedad colombiana  lo que me obliga a contradecirlo.

No le hace falta que yo añada más títulos o alabanzas a los que ya merecidamente ha ganado. Me parece una obligación más importante, en cambio, señalar aquel punto de inflexión en el que, en mi opinión, cualquier ciudadano común debería pensarlo dos veces y no seguir a ciegas las ideas que expresa.

No es la primera vez que una connotada personalidad se equivoca al razonar sobre política. A cualquiera le pasa. Lo mismo le sucedió a Platón, uno de los indiscutibles padres de la filosofía, a quien se le ocurrió juntar las ideas de forma y esencia con la filosofía del cambio de Heráclito, y construyó un método filosófico con el fin de atacar la democracia griega. O a Hegel, cuyo sistema lógico fue hecho en parte para criticar la revolución francesa. No es casual que ambos sistemas filosóficos tengan puntos en común. Ambos son profundamente historicistas y, hasta cierto punto, anti-racionalistas.

Otras personas públicas han adelantado argumentos diferentes sobre la conveniencia o no del voto en blanco, sobre la responsabilidad de la izquierda colombiana, sobre el momento histórico que vive Colombia. Algunos me han parecido convincentes, como los esgrimidos en otros espacios por mi colega y estimado amigo Andrés Villaveces. Otros, no tanto. Gente de a pié y vecinos de la cuadra también me han dado razones mucho más prácticas y menos románticas, desde los casos de falsos positivos hasta la corrupción de las EPS, la parapolítica, o la pérdida de derechos laborales concretos. Vale decir: menos Zeitgeist, más Res Pública.

Voy a volver un instante sobre los argumentos centrales de la carta en cuestión: Que Fajardo ya no ejerza como profesor o matemático no significa que no sea matemático. Que se ensucie las manos metiéndose en la política no significa que le haya vendido el alma al diablo. Entonces, ¿Caro no era gramático? ¿Gaitán no era abogado? ¿Mockus tampoco es ni matemático ni profesor? ¿Reagan no era actor? ¿Vargas Llosa y Vaclac Havel no son escritores? La política no es algo que se ejerza de manera separada a las vidas que llevamos.

El pensamiento historicista está demasiado acostumbrado a la sospecha metodológica. Un racista le dirá que es Usted negro, gitano, judío, roghinya o de cualquier otra minoría molesta. Un fanático religioso le dirá que es Usted gay, lesbiana, o simplemente mujer o niño. Un marxista le atacará en razón de su clase: Usted es un burgués, un oligarca, un lacayo del imperialismo. Un nazi, que pertenece Usted a la conflagración judeo-masónica que quiere controlar el mundo. Un historicista, si es coherente con su propio método, mirará en su pasado, su currúculum u hoja de vida, sus antecedentes. Si Usted es alguien de la otra acera, queda descalificado. En retórica argumentativa esto es llama falacia ad hominem: En lugar de refutar los argumentos, se descalifica a la persona del otro.

Fajardo está construyendo una opción de centro. Puedo estar de acuerdo o no con esta opción, pero es lo que él, y otra gente que lo rodea, está intentando construir. Desde las últimas elecciones de Uribe, en las cuales toda Colombia estaba polarizada, hasta hace dos días en que, en la primera vuelta, nos enteramos de que más del 40% de los votos eran para dos opciones de centro (Vargas Lleras y Fajardo), es mucho lo que se ha recorrido. Hay muchas lecturas de esa primera vuelta. Una de ellas es que la gente está más cansada de los extremos. Otra es que el centro está creciendo, poco a poco y de manera más o menos sostenible. Me parece que la carta de Oswaldo no da nuevos argumentos para analizar la decisión de Fajardo. En cambio, y aunque esto es una conjetura de mi parte, creo que la intención de la misma es la de enviar un mensaje moral. Pero este mensaje moral, tal y como está escrito, es sumamente peligroso: la política es sucia, la academia es limpia.Esta idea simple es, en realidad, terriblemente reaccionaria. Su peligro radica en su simplicidad, cualquiera la ha escuchado alguna vez, como cuando nuestras abuelas decían “antes, todo era mejor”. Cualquiera puede, también, repetirla de manera desprevenida.

Las ideas (las formas platónicas o el cálculo variacional) son limpias, inmutables, eternas. La política es equívoca, riesgosa, malvada. El proyecto político esbozado por Platón en la Repúblicay el Timeoes ese: construir un estado inalterable, inmutable, eterno, lo más parecido posible con la forma, la verdadera idea de Estado, el verdadero Estado. Las democracias cambiantes están mucho más lejos de esa inmutabilidad que una buena tiranía, llevada por cualquier caudillo fuerte.

En las universidades, el pan de cada día de muchas jóvenes mujeres es el acoso sexual y el abuso de poder. Sucede a escasos metros de la oficina de uno. Te enteras cuando la marcha pasa y escuchas las consignas a través de la ventana, si no por la prensa o las redes sociales. ¿Quiere ello decir que todos los profesores universitarios somos sádicos o perversos? Pues no. Ni la academia es tan limpia como para que todos salgamos impolutos, ni la democracia es tan sucia como para que no valga la pena entrar y llenarse de mugre. Y sí, la política es sucia. Por eso mismo, hay que ensuciarse las manos, decía Sartre. Ejercer la política sin perder los principios rectores, sin que los fines, los medios y los principios se difuminen, es realmente difícil.

Por eso mismo es importante que, en Colombia, dos profesores universitarios, Fajardo y Mockus, estén metidos en ello construyendo una opción de centro con un principio claramente pacifista y de muy largo alcance: toda vida es sagrada.La lección ética que pueden dar con su simple ejemplo, con el de hacer lo que creen que es correcto, es algo que vale oro. En Venezuela, por no ir tan lejos, hay también un profesor de matemáticas que ha desempeñado cargos políticos. Se llama Nelson Merentes, es uno de los mayores responsables de las políticas económicas de dicho gobierno en los últimos veinte años. Si buscan un poco, verán las enormes diferencias entre ambas aproximaciones a la política y el poder. Porque tengo en la mano un ejemplo es que puedo defender al otro.

Hay personas que se meten hasta la cabeza en la suciedad, la podredumbre, la mierda de la política. Y luego salen limpios, no de la mierda de la que se rodearon, sino de su propia conciencia. Allí está Pepe Mujica. Allí tienen a Fajardo y a Mockus. En Venezuela tenemos aún a gente como Capriles. No es mi político favorito, pero es un ejemplo de coherencia ética. Habrá quejas, reclamos, y hasta denuncias. Pero a nadie se le ocurriría mezclar el nombre de Pepe Mujica, digamos, con los casos de Odebrecht.

Hay mucha, mucha gente inteligente, incluso brillante, apoyando la candidatura de Petro. Pero, también, una parte importante de sus seguidores está reaccionando de manera intolerante ante las diferencias de opiniones. En lugar de tender puentes hacia quienes estiman que podrían convencer, están discriminándolos y descalificándolos. Prácticamente los echan a la calle, todos los días, gota a gota.

No quieren escuchar críticas. Petro es perfecto. No tiene defectos. Es la quintaesencia de la virtud. No se equivoca. No lo dejaron gobernar. Si acaso gana Petro las elecciones, ¿es eso lo que van a repetir dentro de cuatro años? ¿No lo dejaron gobernar? ¿No les parece que su candidato es suficientemente inteligente y adulto como para asumir sus propias responsabilidades?

La costumbre de no escuchar está, también, emparentada con la sospecha metodológica historicista. Si el otro no es un ser humano, entonces ni si quiera es digno de que yo me rebaje a refutar su argumento. Todas esas las ideas perfectas e inmutables, todas escritas en mayúsculas (el Estado, la Salvación, el Reino de los Cielos, la Revolución, la Lucha de Clases, el Hombre, la Raza, etc.) nos impiden ver la realidad y las personas concretas. Un ejemplo de ello es el mal llamado “racismo científico” cuyas investigaciones buscaban justificar la supremacía racial blanca, y que tanto daño le hicieron a la biología, la medicina y la antropología, llegando a influir de manera determinante en la política durante, al menos, dos siglos. Ahora que ha corrido tanta tinta sobre la decodificación del genoma humano, sabemos que todos provenimos de un número reducido de migraciones que vinieron de África. Todos somos africanos. La idea de raza es científicamente insostenible, una pura y simple mentira. Lo mismo sucede con los métodos pseudocientíficos de Marx. Que, a partir de las sucesivas evoluciones de los medios económicos de producción, lleguemos a predecir el acaecimiento ineludible del comunismo, es solo una conjetura arbitraria. No existe tal cosa como una ley histórica que nos permita predecir el futuro. Cuando estamos embelesados por una idea, ajustamos nuestras observaciones a lo que queremos justificar en lugar de buscar, investigar y perfeccionar nuestro método.

De los muchos factores que están afectando a estas elecciones en Colombia, que vienen de la realidad, esa terca y difícil realidad que todo lo trastoca; dos de ellos tienen que ver no con el discurso de Oswaldo, sino con el de otros de mis amigos que están apoyando la opción Petro.

El primero es el miedo. Sí, tienen razón. Hay una parte de la campaña que está dedicada a manipular ese miedo. “La guerrilla va a volver a apoderarse de este país”. No. Al menos no tan rápido. Ni la guerrilla ni los paramilitares se van a volver a apoderar de esto, siempre que todos, Usted, yo y el vecino, todos, nos pongamos de acuerdo en garantizar que en 4 años volverán a haber elecciones, y nos comprometamos a cuidar todos los votos, los que nos gustan y los que no nos gustan, uno por uno. Cualquiera que se monte en un autobús, que hable aquí con gente de a pié, puede constatar que aquí todo el mundo tiene una historia de violencia. Algunas con la guerrilla. Otras con los paramilitares. La firma de los acuerdos de paz era algo que todos necesitábamos. Pero también es cierto que una buena parte de la población tenía y sigue teniendo miedo. Cuando Santos realizó el plebiscito y ganó el NO, al día siguiente nadie sabía qué hacer con eso. Todos nos quedamos como: “Ajá… ¿Y ahora qué hacemos?”. Ese miedo está allí, y no se le puede responder simplemente con una palmada condescendiente. El candidato Duque es el único que ha tocado el tema de la reforma a los estatutos de la justicia especial de transición. Desde la acera de la propuesta Petro es urgente dar una respuesta. (*)

El segundo es el factor Venezuela. “Nos vamos a convertir en otra Venezuela” dice la campaña del miedo. De nuevo: No tan rápido, pequeño saltamontes. Para llegar a lo que pasa en Venezuela no es suficiente con “equivocarse” (así probablemente vea una parte del electorado a quienes votan por Petro) en una elección. Son veintidós años dedicados a brazo partido, 24/24 7/7, los 365 días del año, a destruir un país. El único candidato de la izquierda colombiana que llamó al régimen venezolano como lo que es, una dictadura salvaje, fue Fajardo. El candidato Petro, por cierto, ha tenido en el pasado reciente declaraciones y acciones no solo amistosas hacia esa dictadura, sino absolutamente irresponsables y desinformativas hacia la opinión pública colombiana, como ir a tomarse fotos en un Excelsior Gama (un supermercado del este de Caracas) para decir que la escasez de alimentos y medicinas era una mentira más de la campaña de descrédito imperialista. Hoy, mientras escribo esto, en la OEA se está discutiendo por primera vez el informe sobre las violaciones de derechos humanos en Venezuela. La respuesta del canciller de chile a los insultos y vejámenes públicos de Jorge Arreaza, canciller venezolano, fue esta: “Si teníamos dudas sobre el carácter dictatorial del régimen venezolano, el canciller Arreaza acaba de aclararnos todo. Si un diplomático como Arreaza nos trata así, a nosotros que somos sus pares extranjeros, ¿cómo trata a sus conciudadanos, los que tienen su mismo pasaporte, los que están sometidos a su poder en su propio país?. En toda América Latina hay olas de refugiados venezolanos. Las cifras oficiales hablan de medio millón en territorio colombiano, aunque informalmente se supone que han entrado casi un millón. Sí, muchos inmigrantes venezolanos están “haciendo campaña” hacia la opción de Duque. ¿Es eso tan sorprendente? He escuchado gente que dice que no les presten atención porque “están traumatizados”. Como dice Leobardo Valera, otro colega y viejo amigo: Te encuentras en la calle con una mujer a quien su marido le pega, y como la ves traumatizada, ¿decides no pararle bolas porque no es imparcial? El pánico colectivo de los refugiados venezolanos es real: vienen escapando de un régimen que se llama a sí mismo “socialismo del siglo XXI”. Sí. Antes de llamarlo simple histeria, deberíamos pensar en otras posibilidades como el stress post-traumático. ¿Es por ello desdeñable? Para tomar decisiones acertadas a veces hace falta comprender también la profundidad de las emociones en juego. Cuando el río suena, piedras trae.

Voy a decir esto esperando que lo lean como yo lo escribo: con todo el cariño del cual soy capaz. Estoy apostando a que lo procesen antes de las elecciones, y corrijan lo que están haciendo. Si la izquierda necesita juntar fuerzas, es contradictorio que descalifiquen a los demás porque tienen miedo, que los tilden de primitivos o brutos porque no ven viable la opción que Ustedes les están presentando. A mí me pasó, del lado contrario, durante unas 10 elecciones, con la gente que una y otra vez votaba por el proyecto de Hugo Chávez. Uno no puede terminar resentido con el otro. Hay que recapacitar y construir consensos, aunque eso se tome tiempo. No están haciendo la tarea. No todos se están tomando en serio el trabajo de convencer. En lugar de ello, están armando una Intelligentzia, están formando el perfil de un caudillo.

Gabriel Padilla

Matemático, profesor y extranjero. Venezolano y demócrata, uno que aprecia, extraña, y añora las elecciones libres, especialmente bajo el claro sol de mi país.

(*) Esta nota fue editada para wordpress. Entre su aparición en internet y su corrección final apareció una propuesta concreta de Humberto de la Calle, el 4 de Junio de 2018 en su columna del diario El Tiempo, en la cual contra-argumenta seriamente la posición de Iván Duque sobre la revisión de la justicia especial de transición. Cito textualmente: “Los derechos de las víctimas son la verdadera medida de proporcionalidad en la justicia transicional. Iván Duque no ha entendido que el contenido reparador de las sanciones mira el interés de ellas.”

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Post-Scriptum: Me rehúso a llamar a Duque “el candidato del uribismo” por los mismos motivos por los que me niego a llamar a Petro “el candidato del castrochavismo y la guerrilla”. No hay nada más antidemocrático que la sospecha metodológica y la descalificación del otro. Alguien con mucho sentido del humor dijo hace poco en twitter que, para los uribistas, Timochenko era el candidato de las FARC, pero Fajardo era el candidato oculto de las FARC y Petro era el verdadero candidato de las FARC. Lo mismo se puede aplicar a la inversa: Duque era el candidato del uribismo, pero Vargas Lleras era el verdadero candidato del uribismo y Fajardo era el plan oculto del uribismo. Así no se llega a ninguna parte.

Post-post-scriptum: El tercer factor tiene que ver con mi propia pregunta al próximo presidente de Colombia. El tercer factor es la banalidad del mal.

Hace un mes estaba en el Transmilenio cuando un venezolano se montó a pedir dinero. Dijo, por cierto, que era profesor universitario, de sociología, en la Universidad de Los Andes (ciudad de Mérida), la cual había tenido que dejar por las razones que ya sabemos. Un colombiano cualquiera le preguntó, sin sombra de ironía, “Oiga, ¿y Ustedes por qué no han bajado a ese man?”. El hombre solo pudo acertar a decir:“Porque no pudimos”. Me costó mucho digerir sus palabras. Primero me dio rabia con él: ¿Por qué no podía asumir su propia responsabilidad en haber votado quién sabe cuántas veces por ese régimen del que ahora huye? Después recordé a Hannah Arendt: “¿Por qué seis millones de judíos subieron por su propio pié a los trenes, cargando sus maletas, y llegaron a las cámaras de gas, sin oponer casi ninguna resistencia? (…) Las SS dejaron muy claro desde el principio que había cosas peores que la muerte (…) En ese contexto, el milagro es que se hubiese producido un episodio heroico como el del levantamiento y la resistencia en el ghetto de Varsovia. Fueron los más jóvenes quienes nos dejaron en claro que era no estaban dispuestos a morir en esas condiciones”.

Eso es exactamente lo que sucede en Venezuela. Los episodios de violaciones a derechos humanos, de estudiantes violad@s, desaparecid@s, torturad@s y asesinad@s, acribillad@s a mansalva frente a las cámaras de periodistas internacionales, son la expresión del poder de las Fuerzas Armadas venezolanas dejando en claro que hay vainas peores que morir. Que el presidente de la república sea un conductor de autobús sin siquiera un diploma de bachillerato, un simple mediocre con delirios de grandeza como los de Adolf Eichmann, quien tenía un título falso de ingeniero y solo aprovechó el juicio de Jerusalén para sentirse por un minuto más como el centro del universo, esa es la mejor expresión de la absoluta banalidad con la que el mal, en su estado más puro, se pasea por las calles de Venezuela. Por los últimos censos se sabe que al menos el 30% de los venezolanos (los que habitan en Venezuela) tienen un pariente en Colombia, y cerca de la mitad tienen cédula colombiana. Una proporción menor, pero igualmente importante (cerca del 20%) se estima en Colombia, de personas nacidas colombianas que tienen parientes y/o cédula venezolana. El miedo y el maltrato a la autoestima que ha creado el régimen venezolano lo están sintiendo ciudadanos colombianos que han refugiado a sus parientes. Una respuesta condescendiente no basta.

Esta es mi pregunta para el próximo presidente de Colombia: El régimen totalitario de Venezuela no es socialista. No es estalinista. Es nazi. Venezuela es un campo de concentración con 30 millones de reclusos a los que se les raciona la comida, se les obliga a trabajar como mano de obra esclava y se les niegan las medicinas. Diariamente mueren niños, mujeres y ancianos por desnutrición y epidemias que hace 30 años habían sido erradicadas, mientras los jerarcas del régimen comen caviar Beluga, toman Petrus Pomerol, visten las marcas más caras de ropa y joyas, dilapidan el erario nacional, roban y subastan las obras de arte que han saqueado de los museos y colecciones privadas. Tarde o temprano, cuando dicho régimen llegue al punto crítico de inestabilidad, aumentarán de modo alarmante las posibilidades de un estallido bélico, un conflicto militar de proporciones internacionales. Mientras Venezuela esté bajo una mafia militar, narcotraficante y asesina, las democracias en América Latina no estarán seguras. ¿Cuál va a ser la política exterior de Colombia al respecto?

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