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Cambiar de lugar

Todos tenemos alguna historia, una pincelada, un trozo de la estampida de los refugiados venezolanos.

Hace diez años, cuando llegué a Bogotá, la inmigración venezolana en Colombia era escasa, por decir algo. Los inmigrantes venezolanos salían por diversos motivos, algunos por la continuada crisis económica, otros por la “situación política”, frase eufemística que usábamos para aludir a la dictadura encubierta del teniente coronel Hugo Chávez, que en aquella época gastaba montañas de petrodólares en publicidad y lobby geopolítico regional.  Yo era El segundo venezolano que había ocupado una plaza en el Departamento de Matemáticas de la Universidad Nacional de Colombia en los últimos veinte años: el primero era otro colega, bogotano de origen, que había trabajado hasta jubilarse en la Universidad de Los Andes, en la ciudad de Mérida.

Hasta el 2012 todo siguió más o menos igual.  Podíamos contarnos con los dedos… y sobraban dedos. Mi gremio es uno bastante privilegiado en relación al trabajo. A diferencia de los ingenieros, médicos, psicólogos o arquitectos, no existen licencias para “ejercer” las matemáticas,  ni afiliaciones gremiales; acaso la convalidación de los diplomas y la inscripción opcional en una sociedad científica local. Los matemáticos venezolanos en Bogotá nos conocíamos, si no personalmente todos, sí al menos de referencia. En la prensa circulaban estudios (de dudosa autoría) donde se referían a las bondades de la migración venezolana: éramos “estadísticamente mejor formados” y “altamente calificados”, o al menos esa era la fantasía que reflejaban tales artículos, de la cual se hacían eco de las incipientes comunidades de inmigrantes venezolanos que poco a poco se habían consolidado en otros países.

En cuestión de cinco años, esa situación cambió drásticamente. Venezolanos que “preferían destinos del primer mundo” (según citaban los estudios periodísticos de marras), de buenas a primeras, comenzaron a venirse de paseo a los países vecinos. Llegaban a tantear la situación laboral, a invertir algo de dinero. Dejaban a sus hijos estudiando, aterrizaban en casa de algún pariente e intentaban legalizar todos los diplomas académicos que pudiesen. La primera señal de la importancia del cambio de tendencia la dio el propio gobierno venezolano: en 2014 paralizaron todos los trámites de legalización internacional de diplomas (apostillas de La Haya). “Que se vayan, pero no les vamos a dejar sacar los títulos, que vayan a lavar platos” dijo algún burócrata. Y lo que hasta entonces había sido un trámite cualquiera, que no tomaba más de tres días, se convirtió en un calvario. Las colas en los registros locales y en el Ministerio de Relaciones Exteriores se multiplicaron exponencialmente. Los enchufados acababan de descubrir una nueva veta de ingresos.  Un par de años después, la burocracia revolucionaria decidió hacer lo mismo con un documento más sensible: los pasaportes. Comenzaron por retardar la tramitación de los mismos sin ninguna explicación. En cuestión de dos años experimentaron estrategias diferentes, desde los acosos en los aeropuertos, la confiscación de documentos y el cierre de fronteras, hasta la anulación de pasaportes al azar.

Pero la ola no se detuvo. Más bien creció y creció, como una bola de nieve, como un tsunami.  Hasta que los países vecinos comenzaron a reconocer en la realidad venezolana signos de escenarios y economías de guerra.

El doctor Luis había sido decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado. Después había sido asesor legal del gremio de profesores universitarios del Estado Lara, y había ascendido a profesor titular. Llegó a Bogotá sin un peso, con una mano adelante y la otra atrás. Lo conocí cuando estaba recién llegado, lo contacté con el hermano del conocido de un colega, que podía ser una referencia laboral. Buscó trabajo con desespero, tocó puertas en diferentes universidades, institutos, colegios. Buscó en diferentes ONG’s. Un par de meses después, mi esposa lo vio vendiendo ropa interior en un local de la Avenida Jiménez. “Cualquier cosa antes que regresarme”, le dijo. Ambos nos asombramos.

El cuñado del amigo del vecino del veterinario Tal y Tal, llegó de Maracaibo a vivir en El Barrio, con sus diplomas de médico y sus posgrados de oftalmología debajo del brazo. No le fue sencillo insertarse: la competencia entre médicos, en Colombia, es feroz. Los médicos son explotados por las EPS (empresas prestadoras de salud), y no tienen suficiente libertad para cumplir con la mística que les exige el juramento de Hipócritas. Luego fue el esposo de mi cuñada, que llegó buscando trabajo como técnico de comunicaciones. Las historias se multiplicaron. Las historias de computistas, contadores, abogados o actrices, se convirtieron en comentarios sobre taxistas, vigilantes, peluqueras, meseros. Y de un momento a otro, finalmente comenzaron a llegar ya sin diplomas, sin títulos, sin dinero, sin ropa, sin nada. Comenzaron a atravesar la frontera con una pastilla de jabón y treinta mil pesos. Llegaban de Cúcuta a Bogotá vendiendo caramelos en los autobuses, vendiendo chocolates, vendiendo cualquier cosa. Luego dejaron de vender y comenzaron a regalar: regalaban, cambiaban lo que tenían por cualquier cosa. Desaparecieron “estudios” sobre las migraciones altamente calificadas de venezolanos, y comenzaron a publicarse entrevistas y estudios a los nuevos recién llegados. Un indigente venezolano, entrevistado en Bogotá, explicaba que prefería recoger basura en Colombia pues aquí, al menos, no arriesgaba la vida. Una universitaria venezolana explicaba que se había dedicado a la prostitución, también aquí, en Bogotá, porque no tenía dinero para costear el oneroso trámite de la convalidación de sus diplomas y necesitaba enviarle dinero a su hijo con urgencia.

A medida que la “situación” se agrava, la ola indetenible no ha hecho más que crecer. Están en lo parques y en los autobuses, en los puestos de mercados y en los mostradores de las cadenas de comida rápida. En cualquier sitio donde el trabajo sea ingrato, pesado, difícil o todas las anteriores, es casi seguro que uno va a reconocer, de un momento a otro, el “acento” de un venezolano. La economía de los países vecinos está resintiendo los efectos. En Panamá y Costa Rica han aparecido brotes de violencia xenófoba en contra de migrantes venezolanos. En la zona de tolerancia, en una de las calles de puteaderos (burdeles) de Bogotá, apareció hace poco una pinta: “O cobran completo o las matamos”. Están en todas partes. De haber sido inmigrantes, los venezolanos nos convertimos en refugiados.

Los 19 años de engaños y elecciones forjadas, de resultados trampeados, de fraudes, secuestros, amedrentaciones, presos políticos, chantajes alimentarios y demás que ha producido el chavismo, han creado un patrón de maltrato. Cada oferta de una nueva elección aviva el deseo por lo inalcanzable. De acuerdo: debo aclarar algo. Que la salida de la dictadura salga por votos sea inlcanzable, es una presuposición arbitraria mía. Allí está Pinochet. También están Fidel o Putin. Vuelves a votar. Vuelven a robar las elecciones. Vuelve el coñazo con la realidad y la desilusión. Queda la compulsión al maltrato. Entonces aparece de nuevo el dilema: ¿Me quedo? ¿En qué situación me quedo, si es que me quedo? ¿Me voy? ¿En qué términos me voy? ¿Me convierto en disidente o en refugiado? La revolución solo tiene tres soluciones para quienes le adversamos: o nos reeducan o nos compran, o nos matan o nos meten presos.

Lo más difícil es cambiar de lugar. Buscar la manera. Salir del juego. Salir hacia afuera como un emigrante o un refugiado, o salir hacia adentro como un abstencionista. Salir en todo caso de de la relación de maltrato, del marco perverso. Cambiar de nombre, de identidad, de variable (un alias) o cambiar de terreno, de referentes, de conjunto y estructura (un isomorfismo). No soy quien para decirle a los demás de qué modo cambiar de lugar. Solo sé que hay otras maneras. Hay otros lugares. Romper el nudo gordiano, ciertamente, solo se puede de una única manera. Pero el nudo está en nosotros, no afuera. Una vez lo hemos roto, una vez cambiamos de lugar respecto al maltratador, hay que darse cuenta de que ya no hay modo de convivir. O se van ellos o nos vamos nosotros. Me lleva él o me lo llevo yo, Emiliano Zuleta dixit.

De todas las comparaciones que se han hecho entre el chavismo y el nazismo, aquella que me resuena más no es con el nazismo en Alemania, sino en los países que ocuparon. Venezuela recuerda al régimen de Vichy. Los venezolanos vivimos bajo una ocupación, tanto los que se quedan como los que nos exiliamos. Hemos sido ocupados por los antidemócratas. No nos mandan a campos de concentración porque no les hace falta. Venezuela es un enorme campo de trabajos forzados. Si alguna vez se detuviesen los pozos de petróleo (o las redes de tráfico de drogas) a punta de fusil las rectivarían.

Para liberarnos de esta ocupación hacen falta dos fuerzas, dos líderes. No uno. Jean Moulin y Charles De Gaulle. Uno adentro. Uno afuera.

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