Repudio

Tomo esta foto prestada (sin permiso expreso) de la nota de prensa de BBC Mundo.

Ciudadanos colombianos deportados en la frontera con Venezuela. Tomo esta foto prestada (sin permiso expreso) de la nota de prensa de BBC Mundo.

Los hechos que se están produciendo en la frontera entre Colombia y Venezuela son simplemente desesperantes. Gente expulsada a la fuerza. Viviendas confiscadas y saqueadas. Emigrantes puestos en la frontera a punta de fusil, con mujeres, niños y ancianos; sin ninguna posibilidad de protesta o pataleo. “Nadie estaba preparado para este desplazamiento forzado al estilo de Hitler”: acaba de declarar el alcalde de Cúcuta. “Nos botan como perros”, decía un desplazado a las cámaras de un canal local. “La franja de Gaza en los Andes”, replica un amigo.

Los comentarios de vecinos y familiares son espeluznantes. Hace doce años, mientras vivía en Francia; explicarle a los franceces las violaciones a derechos humanos que se estaban produciendo en Venezuela era, simplemente, imposible. Por entonces, en Colombia estaba desatado el conflicto y las migraciones de desplazados. Ante eso, el despido en vivo y directo de 18.000 empleados de PDVSA era, simplemente, un juego de niños. Era mi palabra contra todo el aparato internacional de propaganda del Estado Venezolano, financiado con petrodólares pagados a más de 100USD el barril. Elijo recordar en primer lugar a los despedidos de PDSVA durante el paro petrolero. Ese despido tuvo las mismas connotaciones de lo que ahora pasa en la frontera con Colombia: Familias enteras sacadas por la fuerza de sus casas en los campos petroleros, personas despedidas por no presentarse a trabajar mientras estaban en reposo por incapacidad médica, y una enorme lista de violaciones a derechos humanos y laborales a los que el régimen les pasó por encima. Las familias de deportados en la frontera me recordaron inmediatamente  a los expulsados de los campos petroleros; también mujeres, ancianos y niños incluidos. Nadie estaba preparado para una expulsión al estilo Hitler.

Hace poco más de seis años, cuando llegué a Colombia; una buena parte de mis conocidos no me creían cuando les hablaba de las repetidas violaciones a derechos humanos que se estaban produciendo en Venezuela. Resultaba difícil, aunque ya no imposible, hacerle entender al colombiano promedio que las cosas en Venezuela estaban más graves de lo que parecían. Una parte importante, sin embargo, tenían sus propias convicciones políticas, las cuales les impedían escuchar (una de las mayores distorsiones del marxismo es la descalificación del interlocutor en virtud de su origen económico, étnico o social). Ya había presos políticos en Venezuela (Afiuni, Forero, Simonovis) ninguno de los cuales (lamentablemente) tuvo la notoriedad mediática de Leopoldo López. Ya hacía varios años estaba funcionando la lista Tascón (ahora disponible en versión 5.0 beta). Los nombres de todos los opositores públicos (incluido quien escribe, familiares, amigos y conocidos) fueron proscritos del sistema de economía nacional: nadie volvería a ofrecer empleo a un opositor. A uno le rescindieron un contrato para instalar cámaras en la alcaldía del municipio tal, porque había firmado. A otro lo sacaron del concurso en la universidad cual. Muchos se fueron agobiados por las dificultades económicas y laborales. Otros, finalmente, porque además comenzamos a temer cosas más graves. Conseguimos refugio (¿definitivo?) en países extranjeros. Fuimos botados como perros.

Los colombianos (el ciudadano de a pié: la vecina del frente, el panadero de la cuadra, el conductor de la buseta, el compañero de trabajo) han comenzado a abrir los ojos sobre la gravedad del problema en el país vecino. La represión brutal a las manifestaciones estudiantiles en los últimos años, el encierro de López y Ledezma, la prohibición de visita a expresidentes “no alineados” con la ideología del gobierno, la inhabilitación de opositores; todo ello ha comenzado a resonar, cada vez más, también fuera de las fronteras de Venezuela.

El episodio actual es solo la guinda del pastel. El objetivo no es la gente que se expulsa; sino la declaración (ya oficial) de estado de emergencia en el Táchira, una de las dependencias más fuertemente opositoras a una política económica absurda que el régimen pretende implementar a sangre y fuego, contra todo resto de racionalidad. Las expresiones que he escuchado a algunos personeros del régimen venezolano, al referirse a los deportados de la frontera en los últimos días, superan todo mi asombro. Me recuerdan el Dakazo de 2013 sobre el cual ya había escrito otra columna hace tiempo. Me recuerdan la profanación de la sinagoga de Maripérez, la cual yo mismo presencié y fue uno de los motivos más fuertes de mi partida. Lo que hay en Venezuela no es una democracia con la cual se pueda dialogar. Negocian de mala fe. Arrasan con personas, familias, sindicatos, instituciones y, de ser necesario, con países enteros. Merecen el rechazo rotundo tanto de sus propios ciudadanos como de las naciones vecinas. Lo que hay en Venezuela, no de ahora, sino desde hace 18 años, es la Kristallnacth en Caracas. Es la franja de Gaza en los Andes, como decía mi amigo.

Una vez, más me veo en la necesidad personal de repudiar las acciones del régimen violento que gobierna en mi país. Esta es la segunda. Dice la Sharia que, después del tercer repudio, sobreviene el divorcio definitivo.

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One thought on “Repudio

  1. Rafael Sánchez Lamoneda

    Excelente nota Gabriel. De acuerdo contigo en todo lo que dices. Quizás ahora mucho intelectual de izquierda europeo y de nuestro lado del mar, comiencen a abrir los ojos, aunque a veces lo dudo.

    Reply

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