Antes de dormir

Antes de ir a dormir, hago hoy un último comentario. Acabo de ver, en Twitter, esta nota: “18 razones para no leer el Nuevo Testamento” . Son citas del Nuevo Testamento (biblia cristiana) enumeradas como motivo para que un judío no lea los  evangelios. El Tanaj (“viejo testamento”, lo llaman los cristianos) es uno de los más incomprendidos. Las traducciones cristianas son todas defectuosas; pero, a pesar de ello, la proporción de cristianos que en su vida han leído, de tapa a tapa, toda la “biblia” (ambos testamentos, vale decir, los libros religiosos cristianos) es mínima. Ello, a pesar de Lutero y de Gutemberg, a pesar del Vaticano II. Igualmente mínima es la proporción de judíos que han leído, enteros, todo el Tanaj (a pesar del precepto de escribir, en vida, un rollo de Torah); no hablemos del Talmud. La de musulmanes que desconocen el texto entero del Corán y la Shariah,es simplemente monumental. Especialmente entre mujeres musulmanas. Es precisamente el desconocimiento de su propia religión y sus leyes, lo que las hace una población tan sensible de agresiones con argumentos religiosos. ¿Cómo voy a saber lo que dice el Profeta en el sagrado Corán si ni siquiera sé leer?
Por favor; no vayan a tomar el siguiente comentario como una comparación entre textos (lo prevengo de antemano). Es mi modesta opinión que todos los libros se hicieron para ser leídos. Decía Hannah Arendt que uno de los mayores errores del siglo XX fue ignorar olímpicamente todo el programa político de Hitler, que estaba contenido en Mein Kampf. (De nuevo hago la aclaratoria: NO estoy comparando a Mein Kampf con ningún libro religioso). Solo imaginen lo que habríamos podido prevenir, de habernos tomado más en serio la tarea de leerlo y desmontar sus falacias. Si supiésemos un poco más de nuestras propias religiones, y también sobre las religiones de nuestros vecinos (aunque no las compartamos), quizás, solo quizás, encontraríamos algún punto de intersección para comenzar un diálogo. Eso mismo pensaba Hans Kung. Digo uno: la idea de compasión, en el Islam, es comparable al papel que juega el perdón, hasta cierto punto, en el cristianismo. La idea cristiana de amor al prójimo, y de solidaridad en el Islam; se comparan hasta cierto punto con la relación entre las responsabilidades individuales y colectivas que afronta un judío practicante.
Lo mismo pasa con unas cuantas de las nuevas religiones del siglo XX. ¿Saben cuánto comunista-socialista anda por allí, que en su vida se ha leído el Manifiesto Comunista? No digamos El Capital. No digamos Materialismo y Empirocriticismo de Lenin. No los han leído pero asumen algunos de esos supuestos con el mismo fanatismo de un recién converso. Y, ya se sabe, no hay nadie que tenga peor sentido del humor que un recién converso. Por favor, no caigamos en el mal chiste de decir que “pensamiento chavista” es un oxímoron; entonces seríamos parte del problema. Primero: es intolerante. Segundo; uno no solo piensa con la cabeza. También se piensa con las tripas y las emociones. Gran parte del problema del pensamiento chavista no está en la línea de pensamiento mismo (en su “propia lógica”); sino en el hecho de que, a veces, se origina en emociones enfermas. Un resentido, al igual que un paranoico, puede pensar de manera totalmente coherente… y también totalmente delirante. Las emociones son el edificio de concreto al cual hemos añadido una capa de pintura que llamamos razonar (pregúntenle a Antonio Damasio). Por eso, uno agradece cuando un Vladimiro Mujica se toma la molestia de tomar un argumento chavista y, en lugar de descalificarlo, lo refuta en un artículo, con toda la calma y pedagogía necesarias. Por eso uno agradece cuando un Ricardo Ríos se toma la molestia de conversar, tomarse un café, y mamar el gallo sobre todas las contradicciones terribles que los venezolanos llevamos a cuestas. Las risas que me arranca de las tripas el programa de Rico, simplemente me rescatan. Me recuerdan lo que todavía tengo de venezolano. De tanto reírme, me dejan, literalmente, como el guarapo.
Volviendo a la cuestión: Estamos llegando a una inflexión. A un punto de no retorno. Lo que está sucediendo con ISIS (quemas de bibliotecas, asesinatos masivos, ejecuciones públicas, destrucción de museos) es el estallido de un nuevo pensamiento neomedieval. Si seguimos por el camino de cuestionar la modernidad, terminaremos de nuevo con las quemas de herejes y las cruzadas a Tierra Santa.
El paso del pensamiento medieval a la modernidad comenzó con la aparición de las universidades. Comenzó cuando los cristianos miraron el Talmud de los judíos, la Mishná y los escritos de los sabios. Y concluyeron que, después de todo, algo de razonable tenía que tener la religión. Las reglas de comentario de texto rabínico (kal vajómer… etc) devinieron en las reglas de argumentación de Tomás de Aquino. ¿Fue delirante el proyecto de intentar demostrar la existencia de dios? (O Dios, o D-s, como prefieran). Puede ser; pero gracias a ese delirio explotaron, ochocientos años después, la ilustración y la enciclopedia Diderot-D’Alembert. El proyecto de Tomás de Aquino, en perspectiva, era tan delirante como el de Bertrand Russell (basar toda la ciencia en las matemáticas, para basar las matemáticas en la lógica). A cada cochino le llega su palo; a cada Aquino, su Lutero; a cada Hilel su Akiva; y a cada Russell su Goedel, su Wittgenstein o su Feyerabend.
En fin: a cada fanático del razonamiento, tarde o temprano, le llega su tatequieto. Bueno es que el pensamiento moderno tenga sus límites; pero no que lo degollemos en el umbral del miedo a lo desconocido. El apego excesivo a la racionalidad puede convertirse en un tipo de fanatismo, o de delirio. Una parte de la “sanidad mental” del razonamiento se mide en la capacidad de quien razona para reconocer sus propios supuestos o “axiomas”: Es ésto lo que nos previene de ser fanáticos: admitir de entrada qué podemos discutir… y qué nos cuesta un poco más. La modernidad debe digerir las lecciones del postmodernismo, admitir sus límites y, a pesar de todo, continuar.
A la terrible escalada de intolerancia que está surgiendo, en todos los niveles; hay que responder con una enconada defensa de la modernidad… Desde el pensamiento racional. Sí. Pero, también, desde nuestras tripas y emociones. ¿Qué es más sano? ¿Cumplir (practicar) con una religión, o no? ¿Degollar infieles, o jugar dominó por las tardes, después del rito semanal? Buscar el reino de los cielos, el Olam Habá, o el paraíso; ¿a través de la guerra santa, o a través del amor al prójimo y la tolerancia a la diferencia? ¿Qué nos ha brindado más bienestar común? ¿Quemar herejes? ¿Lanzar nuevas cruzadas? ¿O dedicar parte del tiempo libre que antes nos tomaban dichas actividades para estudiar matemáticas, física, astronomía, ingeniería…?
Por último: ¿Son inexplicables las religiones? ¿Tienen contradicciones? ¿No las tienen también los paradigmas científicos? ¿Los modelos políticos y económicos? La democracia fue, simplemente, una vaina que se inventaron los griegos para no tener que dirimir cada decisión política, literalmente, a machetazos: con una nueva coñiza, escaramuza o guerra civil. Es la dicotomía de Mario Moreno (moderno filósofo Mexicano). “O nos comportamos como caballeros, o como lo que somos”. O discutimos, o nos caemos a coñazos.

Nuestra moderna respuesta a cada una de estas cuestiones no debe venir solo de un pensamiento racional (y especialmente, no de  un pensamiento rígido). Debe provenir, también, de nuestra tripa. De nuestro sentido común.

Sí. Ese mismo.

El menos común de los sentidos.

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