Monthly Archives: June 2014

Love potion number $\aleph_0$

It feels like coming back home. Not everyone is able to let some trace on our soul. In the case of my math teachers; I would mention just a few: M. Saralegi, F. Dalmagro and C. Diprisco. Those three names mean a lot to me: Respectively, the researcher, the father and the scientific I dreamed to become years ago.

From the first I learned to go to the basics as frequently as needeed. Doing math is like playing basball: It ain’t over till it’s over.

From the second, that maths use to be like women (at least for me that makes sense). In our years of youth, they are elusive and difficult. But, as time goes by and we come back to them, we find them more beautiful, more interesting, more indulgent. And we are older, and have learned some tricks.

From the third, I learned to wait. Sometimes, it is just not the day to do something; and some researchs are like a Brahms concert, they must wait for us. They need all our maturity. Youth is a kind of illness from which one gets better in time.

So, 15 years later, I’m back to ZFC. And I’m enjoying all its wonderful beauty. Have a little bottle of love potion number $\alehp_0$ in my pocket. Just in case…

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Odio las manualidades

“Mis padres cuidaron escrupulosamente de mi educación,

hasta el día en que me llevaron a la escuela”.

Frase atribuida a Bertrand Russell.

 

Creo que todo comenzó cuando Venezolana de Televisión era el canal del Estado, no el canal del gobierno. En ese entonces, desde muy temprana edad, ya era asiduo de las comiquitas japonesas (entonces todavía no había distinción entre manga y animeh): El pirata del espacio, Capitán centella, Fantasmagórico, Astroboy, Sahuamura, Fujimaru del viento… y mi abuela  era asidua de La perfecta ama de casa y otras torturas soporíferas, de las cuales ninguna llegué a odiar más que aquel programa de manualidades en el que aparecía una mujer de cuyo nombre logré olvidarme, haciendo cualquier suerte de trabajos manuales, todos visilblemente difíciles e inútiles, todos entre montañas de lentejuelas, cuentas, mostacilla, fieltros y pega El Elefante (1). Me refiero a un bodrio televisivo conocido como: “¡Qué fácil es!”.

Desde entonces; la animadversión que comenzaron a ganar en mí las manualidades a causa de las crónoicas interrupciones abuelíticas de mi difersión favorita; no ha hecho otra cosa que crecer con el tiempo. Hubo una época en la que llegué a pensar que las manualidades no tenían nada de malo, que la limitación era mía, que era yo presa de una confabulación cósmica que ponía de común acuerdo a tías, primas, sobrinas, novias, vecinas perreables (2), monjas y maestras de colegio a fin de que aborreciese yo con todo mi odio cualquier cosa que oliera a plastilina. No en vano los profesores de primaria y secundaria son los primeros especialistas en lograr que odies cualquier cosa. Supe una vez de cierta profesora de castellano que mandaba siempre, año tras año, a leer el mismo mal libro (“Los árboles mueren de pié”, merece ser mencionado para que se cuiden los incautos) a sus estudiantes de básica. Cuando le preguntaron el motivo dijo que el libro era corto y, además, a ella no le gustaba leer. Tuve un profesor de artes que logró animarme con el dibujo y la pintura (José Decanio, merece ser mencionado para guardar su buena memoria); cuyo trabajo casi fue echado a la basura por otro colega suyo  (a quien resistiré la tentación de mencionar) que dedicaba toda su energía a hacernos detestar el dibujo técnico. Este último no lo logró, para mi suerte.

Algo similar me sucedió con las manualidades. En primaria alguna vez nos ordenaron hacer un mapa político de toda África, en plastilina; nunca lo terminé, y jamás habría podido recordar ni una sola capital de es continente si no fuese porque, debido a mis raíces culturales, decidí conocer una parte de ese continente. Pero, ¿es que alguien ha aprendido algo de geografía así alguna vez? Me quedo con los mapas. Me quedo con Julio Verne. Me quedo con los viajes, cuando se pueda, a donde se pueda. ¿Qué se supone que desarrollen las manualidades, que no pueda ser desarrollado de otro modo más inteligente, que valga más la pena? ¿Qué habilidad de motricidad fina desarrolla cortar cartulina y empegostarse de pega Ega (de nuevo, véase la nota 1) que no se desarrolle mucho mejor aprendiendo cualquier instrumento musical? ¿Qué parte de nuestra “inteligencia emocional” (esa que antes no existía) desarrolla una mierda que solo sirve para que nuestros padres nos hagan la tarea o tengamos que morir haciendo el ridículo en público, frente a los demás niñitos del salón a los cuales sus padres sí se las hicieron? ¿Qué fuerza de las manos, de los brazos o las piernas mejora? ¿Cuál motricidad gruesa, equilibrio, coordinación, equilibrio, o sensación corporal; que no se pueda desarrollar corriendo, nadando, brincando, haciendo karate o ballet? ¿Qué se supone que ahorren en el presupuesto familiar? ¿Quién en su sano juicio va a poner una lámpara de papel tualé en medio de la sala? En menos de tres horas se le comenzarán a ver las cagarrutas de mosca, y habrá que gastar otro rollo de papel tualé.

Llega tu hijo (o hija) de la escuela. Pelear para que se quite el uniforme, para que se bañe y cambie de ropa, para que venga a la sala a comer, para que se siente a la mesa; para que, en efecto, coma. Cuando ya estás mamado comienza el verdadero circo: Pelear para que haga la tarea. Le preguntas: “¿Qué te mandaron de tarea?”. Contesta “Yo no sé” con el mismo tonito característico. “Y si tú no sabes, ¿quién va a saber?”. Se encoge de hombros. “Busca tu morral y muéstrame la agenda”. Leyendo la agenda, te consigues con una nota de la profesora de Segundo B: “El miércoles asamblea de representantes a las 6pm”. Y así te despachan. Con menos de una línea el colegio te avisa que piensan disponer de tu tiempo, de un día pal otro.

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Ese miércoles, pa más vaina, tu hijo tiene clase de natación, de cuatro, de karate o de cualquier otra vaina, así que te toca hacer maromas pa cuadrar con tu esposa quién lo busca primero, quién almuerza con él, quién lo lleva pa la piscina y quién lo trae de regreso, y finalmente quién se lo queda mientras el otro va pa la reunión. En la rifa de tareas, al final la reunioncita de represenantes te toca a ti. Te armas de paciencia. Te resignas a escuchar las mismas pendejadas que siempre dicen los mismos personajes. En la carrera para atravesar la ciudad unas tres veces, de la oficina al colegio de tu hijo, de allí a la piscina, de allí de nuevo a la oficina, y luego de regreso al colegio; entre el cansancio, el hambre y el sueño, ni tu esposa ni tú le preguntan al chamo qué tarea le dejaron. Llegas tarde a la reunión, como a eso de las 7pm, por lo que esperas salir rápido; pero la reunión se alarga una eternidad sin concretar absolutamente nada. Como a las 9pm, se te acerca otra madre u otro padre del mismo curso de tu chamo, otro compañero de desdichas que te lanza en voz baja la pregunta asesina: “¿Y Ustedes ya consiguieron el yeso?”, y tú, “¿De qué me estás hablando?”, y él o ella, “Mandaron a hacer una máscara”. Y tú, que no te puedes creer tanta miseria junta, llamas a tu esposa a la casa y le pides que revise la bendita agenda, y ella que está peleando con el chamo el tercer round para que cene; abre la agenda en la cual se consigue otra amable notita de la trimardita(3) profesora de segundo B: “Estimados papitos, para mañana traer una máscara de yeso”. Así, sin más. ¿Y qué se han creído esta cuerda de pajúos (4)? ¿Que uno no tiene más nada que hacer? ¿Que no tienes vida? Pues sí. Todo eso se han creído. Lo asumen, y además lo ejercen.

A la salida de la reunión te toca salir corriendo a la farmacia(5) a buscar un paquete de bandas de yeso pa hacer la máscara. Al día siguiente a tu chamo le bajan un punto en la tarea pues, pero es que ni de verga da tiempo de hacer la máscara en una noche. Esa tarde te metes en youtube y buscas algún vídeo aficionado (benditos sean) en el que alguien que también sufrió lo mismo ha tenido la suficiente solidaridad para explicarle a las demás víctimas cómo salirse del predicamento. Vuelven a rifar cañas entre tu esposa y tú. Con la buena suerte que te caracteriza, te toca hacer de modelo para la máscara. No te puedes mover mientras te empegostan la cara con las dichosas bandas. En la piel, el yeso pica. Pica más cuando el que te lo pone no sabe lo que hace y se tarda el doble. La primera a veces no sale, así que mejor te quedas quieto, porque si no te toca calártela(6) incluso una segunda. Luego de un par de ensayos está lista una máscara más o menos aceptable, que dejan secando en la ventana o en un balcón, par luego pintar. A la mañana siguiente mandas a tu chamo con la máscara al colegio, pensando que, entregada la tarea, ya pasó lo peor. Respiras aliviadoNo te das cuenta de que nadas más es el canto del cisne. A la tarde, a la salida del colegio, cuando vuelves a revisarle la tarea al chamo, te consigues una nueva notita de la profe: “Estimados papitos, por favor volver a traer la máscara para el lunes próximo”.  Te recorre un escalofrío por el espinazo mientras le preguntas al chamo: “¿Y la máscara?”. “En el morral”, responde. Todavía con nervios, buscas apresurado. Debajo de todos los libros, la cartuchera, los lápices y los juguetes, detrás de la lonchera, aplastada bajo una lata de refrescos, yace el cadáver, lo que queda de eso que fue una máscara, un amasijo de yeso esguañangado(7). Te provoca pegarte un tiro y, cuando ya estás mirando los cuchillos de la cocina pa ver con cuál te haces el zeppuku, tu esposa te dice: “Tranquilo, que yo la recupero”. La miras incrédulo; pero ella recoge la vaina esa que parece un chicle, se agencia una engrapadora (8), y engrapa la máscara, la repinta, la vuelve a dejar secando, la refuerza… Y un par de días después, el cadáver de máscara medio recobra la mitad de su forma. Esa misma escena se irá repitiendo, una y otra vez, no menos de cinco veces, durante las siguientes tres semanas. El cadáver de máscara pasará por varios procesos de descomposición química hasta transformar definitivamente su estado físico de sólido a coloide; convirtiéndose en una especie de chicle que, después de tanto sufrimiento, terminarás botando a la basura agradecido con la vida, el día que otro representante solidario (que no profesora trimardita) te avise que ya no hay que llevar más la regorgalla(9) esa.

Hace cuestión de algunos días, una tarde de esas que ya iba demasiado agradable, sospechosamente tranquila; se me acercó mi esposa con una de esas preguntas capciosas, con otro sablazo inmisericorde: “Mi vidaaaa… Mi cieloooo…  ¿Un sombrero debe ser redondo, o debe ser elíptico?”. A mi cara de perplejidad le siguió su gesto terrorífico al mejor estilo de Freddy Krueger, sacando la temible agenda colegial de la cual apareció otra notita terrorífica.  Y comenzó otra carrera, esta vez para fabricarnos un sombrero de Sancho Panza, para una tarea de una profesora que ni siquiera lee.

Es por todo ello que, esa opinión que alguna vez tuve, esa teoría mía de la conspiración universal, ha cambiado. He recapacitado. He llegado a la iluminación cósmica (y cómica); al Nirvana pues. No estaba equivocado yo. Afortunadamente me he dado cuenta, he visto la luz: Las manualidades no sirven pa un coño. Odio las manualidades. Las detesto con todo mi ser; las aborrezco con todo mi odio. Ya les tenía tirria cuando yo iba al colegio. Ahora que mi hijo va al colegio, las odio el triple. Lo único que me queda por desearles a los profesores de colegio que mandan tareas de manualidades para hacer en la casa, es una maldición gitano-maracucha más potente que la revergacion de Triana: “¡Ojalá te mudéis(10)… Dos veces!“.

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Glosario

1. Dícese del colbón.

2. “Echarle los perros a alguien”, cortejar. 

3. Hijueputa.

4. Idiotas.

5. Droguería.

6. Soportar.

7. Deformado, destruido.

8. Cosedora.

9. Vaina.

10. Mudarse, trastearse, cambiar de domicilio con todos los peroles a cuestas.

 

 

Marica perversa (2)

Ya en otro post había hablado un poco de lo peligroso de las maricas perversas, y no por lo maricas, sino por lo perversas. Piénsese, por ejemplo, en J. E. Hoover, el ex-director del F.B.I. que nunca salió del clóset, y por eso mismo perseguía con desmesurada furia a todo homosexual que tuviera más cojones que él; léase, que sí se atreviese a salir del clóset. Piénsese en el manierismo histérico de Hitler,  ese que  tan bien fue retratado por el delicioso personaje de Chaplin en El Gran Dictador. Piénsese en el discurso sorpresivamente homofóbico del chavismo, mismo que ha tenido varios homosexuales como titulares de carteras de ministerios. ¿Qué hubo de la promesa de legalización del  matrimonio gay en Venezuela? En los últimos años Colombia ha aprobado, sin tanto aspaviento, una unión libre y una tipificación del delito de racismo. Ah, por si fuese poco, lo hizo bajo un gobierno “de derecha”.   , ¿Qué han conseguido 18 años de fascismo militarista en Venezuela para esas minorías que los apoyaron desde el principio? Los GLTB, los indígenas, los afrodescendientes, se quedaron todos como la guayabera: por fuera.

La histeria difusa del discurso fascista está dirigida a replicarse en las masas. Apunta a lo más bajo de cada ser humano. No le interesan los derechos individuales de nadie. Las minorías les molestan. Una vez llegados al poder, arrasan con todo lo que se diferencie de ellos, con todo aquello que sea demasiado individualista, peligrosamente desuniformizado, salido de la media. Una vez llegados al poder, disparan a mansalva contra todo. Nos mandan a todos al exilio, a los campos de reeducación o a la muerte. Les da lo mismo si somos universitarios oligarcas (demasiado inteligentes), mongólicos (demasiado brutos), judíos (o hinduístas, o budistas, o de cualquier religión rara, o sea demasiado cosmopolitas), banqueros (demasiado adinerados), comunistas (los de verdad, que no creen en militares como Trotski). Expresiones como “homosexual”, “persona de poca talla”, “disminuidos”, “personas con sindrome de Down” etc. son delicadezas que solo utilizan en campaña, no una vez llegados al poder). Después que llegan nos quieren a todos con la misma franela y con las mismas consignas.

Hoy dos amigos queridos me hicieron caer en cuenta, mirando la propaganda reciente de Zuluaga/Uribe, sobre la coincidencia que existe entre la pose de las figuras de estos dos políticos y la pose de los dos personajes que aparecen en el cuadro de Francisco Antonio Cano.

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Cito el comentario textual de mis amigos: “Esta propaganda de Zuluaga no sólo representa a un Uribe que se deja guiar como la mujer con el niño en los brazos, por el hombre, Zuluaga, sino que exalta la identidad y el orgullo antioqueño. Al hacer referencia a Horizontes, una de las obras más representativas del arte antioqueño, la propaganda acude al sentimiento de identidad e incita a los paisas a votar para ganar en próximas las elecciones. Este manejo de la imagen, llama la atención, pero no sorprende, porque pone de manifiesto que tanto Uribe como Zuluaga se reafirman y conciben una país armado sobre la política de la diferencia y no de la unión, del regionalismo competitivo y no en la concepción de una país construido a partir de la diferencia como una unidad. En esa fractura es en donde han radicado gran parte de los problemas que ha tenido Colombia desde la independencia de los españoles; se confunden al decir que proponen una Colombia distinta: están reafirmando la misma realidad colonialista, racista y desigual.”

No cuelgo la imagen a la que alude el comentario para no aumentar la contaminación visual. Ya se la conseguirán en las autopistas. Cayendo en cuenta pues; entonces el nexo Uribe-Zuloaga, después de todo no era tan filial