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Goofy al volante

No sé qué sucede últimamente con los rolos. De pronto no son ellos, sino yo. También debería acotar un poco mi neurosis. Esta vez me refiero a los rolos conductores. Los rolos peatones, salvo cuando en el Transmilenio te clavan un codazo seguido del impepinable “qué pena”; son deliciosos. Te tratan de Usted. Dan los buenos días y las buenas tardes. Ceden el puesto a las personas mayores, niños y embarazadas (no siempre, pero sí con alta frecuencia). Saludan y hasta conversan con uno en las colas.

Pero cuando se trata de los rolos que conducen a diario en el tránsito de Bogotá, la cosa cambia.

Hoy, mientras cruzaba la calle bajo la lluvia, un conductor que venía a tres cuadras de distancia, me tocó la corneta en tono de advertencia. Nunca se le ocurrió desacelerar. Como si el freno no existiese. Es algo que me ha pasado antes. Afortunadamente, hoy llovía. Cuando me sucede a pleno sol, el conductor de turno no solo toca la corneta del carro. También suele acelerar, incluso si cruzas en la esquina, por el rayado, y con el semáforo a tu favor.

Los taxistas merecen todo un capítulo aparte. Cierto que hay algunos que conducen bien; pero la mayoría manejan como locos. No puede uno fiarse ni en la edad del taxista. Hay unos cuantos viejitos (léase cuchos) que le tiran el carro a todo lo que tropiezan. Si tienen menos de treinta años y van escuchando reguetón; el sobresalto está garantizado. Lo mejor es que te agarres de la manija del techo, al lado de la puerta. Y siempre, bajo toda circunstancia, cuando te montes en un taxi, usa el cinturón de seguridad; incluso en los puestos de atrás.

Una vez, bajando por la 30, a más de 40m iba una gandola (tractomula) anchilarga caterpilar, pidiendo paso para tomar el canal derecho. Tenía las luces de cruce puestas hacía rato. Todos los carros se le tiraban. ¿Por dónde? Ya adivinaron: Por la p… derecha. Cuando, después de un rato, el conductor de la gandola los dejó pasar a todos y calculó que finalmente tenía el espacio para cambiar de canal, comenzó a pasarse. Entonces (y solo entonces) el taxista con el que yo iba, 40m más atrás, decidió hacer lo mismo. Por supuesto, la gandola le rayó todo el carro. Si no hubiese mantenido la dirección (vale decir, si se hubiese cambiado de canal), mínimo le arranca las dos puertas de la izquierda. De vaina no nos matamos. El taxista detuvo el carro en seco, se bajó en mitad de la 30 y comenzó a insultar al gandolero; pretendiendo que la culpa del choque era del otro. Yo aproveché para bajarme también, seguro de que si me quedaba un minuto más, no la contaba.

En otra ocasión, un taxista que me llevaba por el centro trató de pasarse un semáforo y tuvo que frenarle en la jeta nada menos que a una patrulla de la policía. Esa tarde me bajé del taxi, insulté al taxista frente a los policías y me fui sin pagar.

Cuando llueve, casi parece que a los conductores bogotanos les bajaran las Erinias a azuzarlos. Casi todos, sin excepción, pasan a toda velocidad sobre los pozos y charcos de agua sucia con el único placer de enmierdar a los peatones. Como si ellos nunca hubiesen caminado una acera. No les importa si vas solo, si eres viejito, niño o llevas a un bebé en brazos. Los autobuseros lo hacen con tanta frecuencia que uno se puede imaginar cuánto lo disfrutan. En el Transmilenio hay que llevar un paraguas; adentro de la estación te mojas más que en la misma calle. Van todos como alma que lleva el diablo. Parecen poseídos por el demonio de Goofy al volante.

 

A veces, hasta me pregunto si son rolos porque, a decir verdad, para la amabilidad que en general regalan, éstos parecen sacados de otro planeta.

Vive y deja vivir. No es poca la filosofía, la paz interior que eso requiere.