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¿A dónde está el hogar?

Mis padres, ambos, aman la literatura y la música. Crecí escuchando la música más variada: Sinfonías, óperas, rock, jazz, música del Caribe; y escuchando toda la poesía que se podía escuchar: Darío, Machado, Tagore, Dante, Hugo, Guillén, Pavese, Corneille, Huidobro, Girondo…

Cuando yo era joven, mi padre amaba mucho los cuentos cortos de Gallegos y la poesía de Gerbasi. En esa época, creo que no imaginó que su propio hijo sería, un buen día, inmigrante. Ahora que tengo hijos y hace ya varios años vivo fuera de la tierra que me vio nacer, a veces me pregunto dónde está mi hogar.  De pronto está en las viejas películas de cine que vi con mi padre y mi abuela cuando era niño. Mi abuela era fanática cinéfila, mi padre todavía lo es. Algo de la nostalgia de ese hogar me resuena todavía en la voz de Cristiane Harlan cantando “der treue husar”. A veces me sucede como a Proust. Mientras comienzo a despertar, mi cuerpo no recuerda todavía en qué cama estoy. Entonces, por algunos instantes, el ensueño me lleva a otras ciudades, a otros países. Si estoy aún lo suficientemente dormido, puedo pasar de una esquina cualquiera de Caracas a la rue Gambetta o a la Alphonse Mercier, de Lille; y de allí al mercado de la avenida Yafo en Jerusalén. La topología del inconsciente juega esas bromas.

Despierto, me gusta volver a imaginar esas ciudades: Miro sus mapas y trato de revivir algunos recuerdos. Una de mis favoritas, es escoger alguna calle larga del centro de Caracas y comenzar a recordar esquina por esquina: Piñango (cerca había una tienda de especies), Conde (la biblioteca, el hotel), Principal (el cine y, subiendo, el conservatorio), Torre (la catedral, la plaza), Madrices y Marrón (los comercios de juguetes, telas y ropa), Cují (el puente, y unas maravillosas empanadas fritas, los libreros), Manduca (un bar con buenas cervezas frías), Ferrenquín (las tabernas gallegas), Cruz de Candelaria (la plaza), Alcabala (más tabernas), Puente Anauco (el paseo por el que ya no se puede pasear). No sé si soy venezolano, pero soy caraqueño y me da nostalgia y puedo llorar con cualquier verso de Aquiles Nazoa, el ruiseñor de Catuche. A algunas de esas esquinas está asociado el recuerdo de amores ya idos. En la Concordia está el recuerdo de una con la que, al final, fui yo quien se portó mal. Uno de esos amores imposibles. A veces hay que desconectarse, no buscarlos más. ¿Es el hogar esa nostalgia o esa culpa? ¿Es solo el propio cuerpo que se acostumbró a la espera, que necesita de esa espera para justificar su propia existencia y, como Penélope, y cuando ya no la tiene, la revive porque, de lo contrario, pierde sentido? De Hoyo a Castán está el recuerdo de otro de mis primeros amores, uno en el que la música sacra está asociada a los momentos de más puro deseo de mi juventud.

Salir de la Gare Lille-Flandres, cruzar a la izquierda y tomar la Rue du Molinel, con todos los pequeños cafés y restaurantes, y los edificios que parecen sacados de decoraciones de tortas. O tomar la salida principal por la Rue Faidherbe y llegar a la plaza, y arriesgarse a perderse por la Rue Esquermoise (el Bar de L’Ecu, con el evidente juego de sonidos y la mejor cerveza local). Tomar por la Rue National y seguir derecho hasta el Boulevard de la Liberté (mi café favorito estaba en esa esquina), una cuadra más allá la plaza hexagonal a la que llegaban seis calles, y el bar de Sim,  el argelino que me enseñó más canciones en mi vida, entre ellas ese “guayabo (tusa) dionisíaco(a)” (*) que es Ya Rayah, y que me atraviesa mucho más que el Alma Llanera. Una cuadra más allá, entre la Rue Masséna y la Boucher de pertes, el pequeño apartamento donde viví dos años. Y a menos de dos cuadras la Rue Solférino por la cual bajaba hasta Gambetta para comprar una pata de pavo asado o visitar a dos amigas, Virginie y Marie Jo,  todo lo cual no puedo separar de Brassens.

Caminar por la Avenida Universidad de Maracaibo, a las 9 de la mañana de un domingo, hasta llegar a la esquina con la Bella Vista. Sentarse en la plaza a la sombra de un árbol. Pedir una orchata “ligaíta” (con chicha de arroz) en “El Raspaíto”. Acercarse hasta el parque de la marina. Merendar con un raspao (cepillado, granizado de hielo y jarabe). Sentir como cede en las noches el peso del calor, cómo aumenta la brisa. Mirar las luces en el muelle. Detenerse a cenar en cualquier punto de la Cecilio Acosta (todos eran buenos, al menos en aquellos años). Nada, puede describir la sensación que se tiene en el pecho cuando uno llega de nuevo a esa ciudad. Nada salvo una gaita; eso y no otra cosa, eso es Maracaibo.

Un entrañable amigo de esa ciudad me dice, no sin razón, que los caraqueños no tenemos patria. Por muy quintacolumnista que me considere a la hora de discutir ciertos temas secesionistas; no soy sin embargo maracucho. ¿De dónde soy? Este animal que no conoce otra cosa, este perro callejero solo sabe de olores y calles.

¿Está mi hogar en donde enterrarán a mis padres? No lo creo. Donde viven mis hijos, y la mujer que hoy me ama y me soporta: esa sería una respuesta más natural. Es una que puedo dar con tranquilidad. Una parte de mí, sin lugar a dudas, se siente en casa con ellos, at home. Mas, esta otra cosa que también soy, me dice que el hogar está donde están las viejas canciones y las películas, y la música y los sabores, y los olores y los recuerdos. Y los viajes, siempre los viajes, la perspectiva de llegar a otro puerto aún después de morir, a una nueva Ítaca nunca antes vista.

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Pasando la muralla por la entrada de Yafo, después de las pequeñas tiendas en las que se consigue el periódico, café, un buen desayuno y un inmejorable jugo fresco de Granadas recién exprimidas; justo en la esquina está la entrada del Hostal Petra; y allí comienza el descenso por la calle de David. De lado y lado numerosos comercios, todos pequeños, llenos de recuerdos todos mezclados, de las tres religiones monoteístas. Menorás, rosarios, kipot. Tapetes para rezar. Estampas. Siempre vale el regateo. Si cruzas a la izquierda en la primera, vas al barrio cristiano, Hanotsrim. Puedes llegar hasta la iglesia del Santo Sepulcro y al patriarcado Copto, bajo el cual está un pozo de agua en el que vale la pena meditar un par de minutos. Si bajas un poco más por la calle de David y cruzas a la izquierda en la siguiente, llegas a Muristán, que limita con el barrio árabe. Si, en cambio, decides bajar hasta el final por la calle de David, te conseguirás con un pequeño shuk. Terminando éste hay unas pequeñas escalinatas y comienza el barrio judío, dos cuadras a la derecha está el paso hacia el Kotel hamaaravíCualquier opción es buena. En todas partes venden el mejor humus del mundo. Te puedes perder en cualquier dirección. No hay apuro. Perderse en la Jerusalén dorada, es encontrar la memoria del mundo. Perderse en la ciudad sagrada es encontrarse uno mismo.

Hay algo en esto de salir de viaje abuscar el hogar. Algo que tiene que ver con lo inalcanzable. El hogar está enterrado bajo un árbol frente al  Mediterráneo, quizás. Y quizás, por eso, bendigo a todas las mujeres. A las mujeres de Irlanda, y las de todas partes. Aceptaría entonces que me enterraran a su lado para que mi alma no tuviese que seguir buscando intranquila. El mar es el único sitio en el que siempre vuelvo a ser niño, sitio en que me volví a enamorar. En el mar  todo se transforma.

Cuando los recuerdos no me llevan a Jerusalén, el anhelo me lleva a los dos primeros puertos en los que anclaron judíos en Venezuela: Carúpano y a Cumaná.   Aceptaría voluntario, por no decir que pediría, que lancen mis cenizas al mar. No en el Mediterráneo, sino en el Caribe. Al guayabo dionisíaco de Ya Rayah, mi cuerpo cobarde preferiría su equivalente Cumanés.

Nuestra memoria no es solo la memoria impuesta. También es la memoria escamoteada, la reprimida, la falseada, la recuperada con esfuerzo, aquella que uno mismo elige años después. Ser un perro callejero, un exiliado, un apátrida; es la forma más pura de libertad posible. Allí, en ese pedazo de desierto que llevamos en un rincón del alma, donde nuestros ancestros todavía se inclinan y rezan mirando a la luna; justo allí yace el abismo de nuestra libertad.

Mi hogar está en las películas, en las pinturas, en las obras de arte. Mi hogar está en las bibliotecas, en los libros. En el libro. Mi hogar queda en ese vasto territorio sin conquistar que es la imaginación. Mi hogar está en la música, siempre en la música, ese país sin reyes, ese ex-illium, ese Uk-Ranya, ese ex-patria que solo otro músico comprende. La muerte cesa donde comienza la vida.  El hogar está donde está la memoria.

(*) Nota: Para una aclaratoria etimológica sobre el significado de guayabo, tusa y su diferencia; pinche aquí.

A ver si me explican

La cultura siempre ha sido un juego. La sola mención de la creación del otro ya era una cita. Eras culto si podías identificarla. Si yo decía “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento…” tú tenías que saber que era García Márquez. Si tú decías “Canta oh musa la cólera de Aquiles…” yo tenía que saber que se trataba de Homero. Bach citaba a Vivaldi, Vivaldi a Pergolesi, Pergolesi a Palestrina. No se para un oratorio de Bach para que el tenor dijese: “El próximo pasaje es tomado del tema en Sol Mayor de Giovanni Gabrielli…”. Uno lo toca y ya. Y aún hoy, Herbie Hancock cita a Miles Davis,  éste a Duke Ellington, quien a su vez cita a Django Reinhardt. Y así vamos. García Márquez jamás citaría textualmente a Faulkner o a Joyce, pero toda u obra es, en cierto modo, también un monumental homenaje a ellos.
Los pintores, escultores, músicos, bailarines y coreógrafos se han citado de este modo durante mucho tiempo. Dante cita en la Divina Comedia a un montón de gente, sin mencionarla. De hecho, a quienes no menciona lo agradecen, pues casi todas las menciones son ataques.

 Las citas con comillas y dirección postal, vale decir, las referencias, son un código de cortesía en la literatura científica moderna. Pero los mismos científicos, hasta la llegada de la modernidad y la aparición de la Enciclopedia de Diderot-D’Alembert; usaban el conocimiento de otros cientíticos para avanzar. Se valían de licencias parecidas a las literarias; sin dejar de reconocer la importancia del trabajo de sus colegas. Más: El paradigma de las revistas y publicaciones científicas ha caído en desgracia con los recientes escándalos de algunas editoriales, de las cuales el caso más conocido es el de Elsevier, del cual pueden ver dos reseñas aquí y aquí (esas dos referencias sí valían la pena). El mundo científico reconoce además la aparición del fenómeno de los revisores comunes. De modo que en todas partes se cuecen habas.

Entonces, que alguien me explique porque no entiendo, de verdad no entiendo el devenir de los Trend Topics… ¿Tan amarillistas nos hemos vuelto todos? ¿Es más importante linchar a una periodista que no puso comillas, y que ya dio una respuesta más que satisfactoria; que rechazar un acto de agresión inadmisible contra una joven y su acompañante, en un establecimiento comercial? Será que, en lo segundo, no hubo suficiente sangre.

O yo no entiendo, o estamos todos de diván.