Demasiado humano

Acabo de leer esta nota de Leonardo Padrón, en la cual habla de lo que los venezolanos viven día a día, y los demás no nos creen: inseguridad, desabastecimiento, saqueos, rapiña, viveza criolla, supervivencia a costa de todo, corrupción, brutalidad, ceguera colectiva, colas endémicas y crónicas, y pare Usted de contar. Suscribo el artículo hasta la penúltima línea.

Ya no vivo en Venezuela. Al igual que Leonardo (sospecho que igual que a muchos venezolanos), a veces me pregunto si debería dejar de leer noticias, y a veces ya no me lo pregunto, dejo de hacerlo y listo. Al cabo de un rato, cuando ya no aguanto más y la ceja me tiembla, vuelva a mirarlas.

La última línea del artículo reza: “Que la furia sea tu mejor voto”. Me separo totalmente de esa frase. Respiro. Aquí voy otra vez.

Hace cuatro elecciones que no voto. Podría decir que es por motivos laborales: las elecciones siempre son el 8 de diciembre o en días cercanos, y yo termino de trabajar siempre entre el 15 y el 20,  no tengo chance de viajar a Venezuela y volver. Solo sería una excusa: hace 4 años me he podido inscribir en el consulado que me toca y no lo he hecho. No tengo moral para aconsejar nada, y pido disculpas de antemano si hiero la sensibilidad de alguien.

Por votar desde la furia, desde la ira y otros sentimientos semejantes, es que una parte de nuestra sociedad nos llevó a la mierda en que estamos. Por no dominar la furia es que nos vendieron la legitimidad de “freír a los adecos en aceite”, “acabar con los oligarcas”, “expropiar a los vendepatria”, “desaparecer a los escuálidos”, y más recientemente, de “saquear a los especuladores”. Es imposible estafar a un inocente. Hemos sido estafados como sociedad porque teníamos la ingenua malicia de quien quiere una venganza simple.

Antes de lo último que diré; es importante que aclare que nunca he votado por el proyecto chavista. Mientras estuve en Venezuela milité activamente en un partido político, fui y aún me considero de la oposición, hice campaña activa, gasté todas las suelas de mis zapatos en marchas y participé, a veces como miembro de algún centro electoral, otras como un voluntario, como un simple ciudadano más, a fin de construir una oposición democrática.

Hace un tiempo la furia me superó.

Mi familia me dice que no votar es votar por Maduro. Se equivocan. Agradezcan que no puedo votar, que he decidido no votar. Si pudiera, votaría por el chavismo-madurismo-cabellismo, una y otra vez, por la misma razón por la que muchos de mis conocidos votaron por Chávez durante 12 años: Para que todo esto se lo lleve quien lo trajo. Para que, aunque sea un suicidio, nos jodamos todos y el último que apague la luz. Solo cuando me escucho a mí mismo, cuando tomo distancia de esos pensamientos, me doy cuenta de la locura que implican. He logrado perdonar y perdonarme a mí mismo. Les deseo larga vida y el mejor destino a los Venezolanos. Larga vida a ese país al que ya no pertenezco y a ese proyecto que ya no es mío.

La neurona que me queda me ruega que no vote desde la furia. Soy humano. Ya saben por qué no voto.

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