Ni frío ni calor

Nada. ¿Que cómo que nada? Pues así mismo. Nada.

No siento nada, como en el chiste aquel. La mitad del país salió a llorar; la otra mitad sonríe, encerrada en la casa. Esa vaina de estar de duelo con una gavilla en una mano y un ladrillo en la otra, yo no la entiendo.

Lo único que le gusta a las revoluciones son las masas. No compadre, no la masa de arepa, sino las masas. Esas que salen, por ejemplo, a llorar enardecidas. ¿Ah? Pues yo creía que no, pero parece que sí se puede llorar enardecido. Mire no más.

Fíjese compadre. A nadie se le ocurre pensar en los daños individuales que una huelga cualquiera le causa a un montón de gente. Eso solo lo piensa un oligarca. Lo que cuenta es la causa de los obreros. ¿Y quiénes son los obreros? Una clase, mi hermano. El engranaje de un mecanismo. Un conglomerado anónimo cuya fuerza debe ser dirigida por todo buen revolucionario. Los obreros no son individuos. Los burgueses tampoco… Perdón, los pequeñoburgueses. Para una revolución jamás hay burgueses, así a secas. Todo burgués es tan pequeño como sus intereses. Los individuos no somos importantes pa las revoluciones, compadre. Siempre somos pequeños y mezquinos.  Nuestros intereses individuales jamás serán legítimos. La palabra de un individuo está siempre teñida por el origen de su clase, tenga o no conciencia de ello. Los individuos son siempre sospechosos de algo. Vainas, compadre.  No me haga caso. Años y años sintiéndome como una cosa: uno he termina por darles la razón. Ahora es a mí a quien le parece que el desencanto que pasará esa turba es un leve daño colateral.  No siento nada, compadre, ni frío ni calor. Dos más dos son cuatro, como decía el pana Winston antes de que le lavaran el cerebro. ¿Vallenilla? No vale, nada que ver. El otro Winston, chamo, el de Orwell.

Una mañana me tomaba el primer café de la mañana, mientras amanecía, antes de irme al trabajo. Me vino de pronto un recuerdo que más parecía un sueño extraño. Me sentía raro de que nadie sospechara de mí, nadie me descalificara de entrada, que importaran más mis argumentos que mi pasado. Fue apenas un instante. ¡Nojoda, compadre! ¡Qué buena vaina! Me acordé de lo que se sentía vivir en una democracia.

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