Monthly Archives: February 2013

¿Por qué los científicos no hacemos paros o huelgas?

Si un obrero industrial, un empleado de limpieza, un vigilante, un conductor o un taxista dejan de trabajar un día, a la mañana siguiente retoman su trabajo exactamente donde lo dejaron. Pueden parar una semana. Al regresar, la fábrica estará un poco más apremiada por sacar la producción, el piso estará un poco más sucio y en la calle seguirá habiendo transeúntes.

Los científicos, en líneas generales, no hacemos paros. Si dejo las matemáticas un día ellas me dejarán una semana entera. Si dejo de trabajar una semana puedo perder el trabajo de varios meses o, incluso, de un año. Es algo que sabe cualquier estudiante de biología: El único responsable de su experimento de laboratorio es él. Si el experimento le daña (algo que puede suceder en minutos), el estudiante pierde el trabajo de todo un semestre y la calificación de la asignatura. En términos simples, se raja.

Los laboratorios científicos funcionan las 24 horas del día, 7 días de la semana, los 365 días del año. Lo mismo vale para los servidores y máquinas de los laboratorios de cómputo. Funcionan todo el tiempo. No se apagan. Debe ser así. Tiene que ser así. En geociencias hay un servidor que recoge datos sismológicos. Si se interrumpe su funcionamiento se  perderán datos valiosos que habrían sido recogidos durante todo el tiempo que dure la interrupción. Para volver a ponerlo en marcha hay que seguir un complicado protocolo computacional. Como muchos colegas científicos en diferentes disciplinas, los especialistas en física médica también tienen servidores que funcionan 24/24 7/7. Están conectados en red, con servidores de otros centros de investigación, en diversas partes del mundo. Comparten datos de imágenes médicas (resonancias magnéticas, tomografías computarizadas, etc). Más importante: comparten la memoria y la capacidad de cálculo. Mientras un físico en París se van a almorzar, otros cientícos, digamos en Bogotá, usan parte de la capacidad de las máquinas que están en París para realizar sus propios cálculos, a través de la red… Y viceversa. Lo mismo pasa con los servidores de imágenes satelitales. Esto vale para los laboratorios de cómputo de los ingenieros, físicos, geofísicos, estadísticos y matemáticos. Ni hablar de los biólogos, químicos, médicos, inmunólogos, etc.

Cuando, digamos por una protesta o reivindicación “justa”, Usted apaga la fuente que suministra energía eléctrica a ese servidor, detiene el procesamiento computacional de una investigación que serviría, por ejemplo, para segmentar digitalmente tumores de cáncer en imágenes de resonancia magnética. Nadie en su sano juicio, para manifestar por alguna causa justa, le pegaría en público a su madre o a su hermana hasta causarle la muerte. Cuando detenemos o retrasamos una investigación científica, estamos haciendo exactamente eso, en cámara lenta. Interrumpimos un experimento que podría, en el futuro, salvar vidas o mejorarlas considerablemente. Quizás la suya propia o la de un ser querido.

Por otra parte, el tiempo perdido cuesta dinero. El de un científico cuesta mucho dinero. Le cuesta principalmente al estado, y a los contribuyentes. Le cuesta dinero a Usted mismo, por si no se ha dado cuenta. Es Usted quien, en cierto modo, me paga para que investigue. No tiene pues sentido que me impida investigar. Es Usted mismo quien está golpeando su bolsillo. Es Usted quien está botando el dinero a la basura. No yo, pues yo no hago paros.

¿Y los científicos que no usan laboratorios? También los hay. Si Usted secuestra los libros o cierra bibliotecas, se las pondrá difícil. Claro está, las conexiones domésticas a internet ayudan enormemente. No detendrá su investigación, sólo la entorpecerá un rato. Puedo perder un tiempo considerable en volver a organizarla; tenga por seguro que volverá a hacerlo.Hay que decir, también, que mucha de la investigación que se hace en laboratorios, la “ciencia aplicada”, se origina en la investigación sin laboratorios, la “ciencia teórica”. Le queda a Usted elegir si me interrumpe o no.

¿Que por qué no hago huelgas? La ciencia no es solamente mi trabajo, la actividad de la cual  obtengo el dinero necesario para alimentarme, mantener a mi familia, pagar el alquiler y los servicios. La investigación es mi vida. Más aún, de mi investigación podrían depender en el futuro las vidas de otras personas, lo cual es una responsabilidad alta. Por ese único motivo no me voy de paro. Protesto de otras formas. La manera más poderosa en la que un científico protesta es cuando continúa su investigación, sin importar lo que pase a su alrededor. Entonces estoy garantizando que una parte del conocimiento “universal” (ese que se imparte en las “universidades”) le llegará a otros, tal como me llegó a mí. Prácticamente de gratis, a través de la universidad pública. Los científicos pensamos, en general, que el conocimiento es subersivo en sí mismo, aunque no esté alineado con alguna concepción política determinada. Mientras más investigo y doy clases, a más personas llega ese conocimiento. Más personas tienen acceso a las mejoras tecnológicas, a las innovaciones en salud y medicina, a las vacunas, al internet, a los libros electrónicos o en papel. Más personas leen. Más personas conocen sus derechos y los defienden, independientemente de lo que hagan los Estados o los gobernadores de turno. Por eso no me voy de paro. Por eso no hago huelgas.

Nada ni nadie tiene derecho a pedirme que deje de pensar.

Nada ni nadie puede obligarme a dejar de pensar.

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Lo que hay que vivir para dar clases en la UNAL

Transcribo un fragmento de un correo electrónico institucional enviado por un colega de la UNAL, donde denuncia parte de las agresiones a las que estamos sometidos quienes no estamos de acuerdo con el bloqueo de los edificios. El mensaje fue editado para no revelar las identidades de los involucrados.

Hacia las 11 am de hoy, un par de compañeros del Departamento de Geociencias, ingresaron al Edificio Manuel Ancízar en un descuido de los empleados administrativos que tenían a cargo su vigilancia. Entraron a sus oficinas para sacar documentos e información que requerían para su trabajo. Pasados unos minutos llegó una comisión del Comité Pro-Mejora Salarial con megáfono en mano solicitando su salida del Edificio. Uno de los dos profesores cuando salió fue revisado.  Los miembros del Comité le indicaron que para un próximo acceso, debía pedir permiso al Comité. En todo su derecho los trabajadores pueden y deben acceder a su puesto de trabajo. Pedirles que soliciten permiso de ingreso al Comité Pro-Mejora Salarial, ¿debe verse como un acto de legitimidad y legalidad?  Quien abusa de las vías de hecho, no puede pretender reglamentar la ley con sus vicios.

El otro Profesor, pudo avanzar en sus tareas hasta pasada la 1pm encerrado en su oficina. Durante ese tiempo se dio cuenta que algunos empleados del Comité, buscando propiciar su salida del edificio, interrumpieron permanentemente la energía eléctrica. Fueron apagados servidores y maquinas que estaban en procesos numéricos intensivos. La Red Sismológica de la UN que tiene estaciones en apartadas regiones (desde Tauramena hasta Villavicencio, desde Icononzo y Chaparral hasta Zipaquirá) está perdiendo datos y la oportunidad de monitorizar un gran segmento de la Cordillera Oriental que rodea Bogotá.  Para poner en funcionamiento la red, se requiere de un protocolo para habilitar el servidor y la ayuda de las comunidades donde se encuentran las estaciones. 

Basta de abusos. Debemos detener los bloqueos.

RETOMA PACÍFICA DEL CAMPUS DE LA UNAL

Estamos invitando a todos los profesores y estudiantes que deseen, a participar este viernes 1 de marzo desde las 9 am en la retoma pacífica del Campus de nuestra Universidad Nacional de Colombia. Solicitamos a quienes participan:

  •  No traer carro, NI bicicleta.
  • No entrar en agresiones físicas o verbales de ningún tipo.
  • No descalificar a los trabajadores ni a sus reivindicaciones.
  • No intentar desbloquear níngun edificio.
  • Estar en grupos grandes con personas conocidas siempre.
  • Encontrarse con sus colegas y profesores en la entrada de la calle 53 (Icontec)  de la Universidad Nacional.

La sola presencia a las 9 am en este punto de reunión será un mensaje claro de que existe una comunidad de estudiantes y profesores que siente que sus derechos han sido vulnerados.

Síndrome de la pendejera

El síndrome de la pendejera o ahuevoneamiento

“Por el camino que vamos, seguimos siendo pendejos…”. Un Solo Pueblo.

Un pendejo es alguien que se caracteriza por su persistencia y tenacidad. En posiciones de poder es más peligroso un pendejo que un psicópata. Los pendejos no descansan, son pendejos 24/24 y 7/7. Vale decir: tout le temps. Quienes no somos pendejos nos percatamos entonces del problema numérico aquellos nos plantean. Uno no puede luchar contra ellos, constituyen una masa formidable. Decía Facundo Cabral que el problema con los pendejos es que son demasiados. Pero ni él ni nadie, que yo sepa, se había dado cuenta hasta ahora de éste, lector, mi mayor descubrimiento y contribución a la humanidad: la respuesta a por qué hay tantos, ni más ni menos.

Descripción analítica:

La pendejera es un problema epidemiológico. Hay un síndrome del pendejo o ahuevoneado. La causa de la enfermedad es un microorganismo que nadie antes había podido aislar: la pendejobacter neuronii, una bacteria quimiotrofa que se aloja en los conductos de las sinapsis. En la fase inicial de la enfermedad, la pendejobacter se alimenta de los químicos que el cerebro produce cuando las neuronas realizan conexiones entre sí, llamadas sinapsis. Esa es la clave para detectar un pendejo inicial, cuestión de importancia suprema, pues sólo entonces se puede hacer algo. El rasgo más importante es el siguiente: Dado que la pendejobacter ataca al mecanismo de sinapsis, el pendejo inicial perderá la capacidad para conectar rápidamente cierto tipo de informaciones. Será incapaz, por ejemplo, de hallar contradicción (léase hacer sinapsis) entre una información A (neurona 1) y otra información B (neurona 2). Tampoco podrá entender la “punch phrase” de un buen chiste. Posiblemente perderá el sentido del humor respecto a algunos temas específicos; casi siempre los mismos sobre los cuales no puede tampoco ver las contradicciones. Las habilidades neuronales involucradas en la sinapsis requieren el trabajo de más de una neurona; de allí la incapacidad local del pendejo para procesar cierto tipo de información. Por ello, una parte de los signos mayores del síndrome de la pendejera están asociados al devenir político. La política es un campo en el cual resulta fácil identificar la limitación neuronal aquí descrita. En dicho campo, la involución sináptica del pendejo inicial se traduce en algún tipo de fanatismo.

En su fase terminal, la pendejobacter coloniza totalmente el cerebro, lo ataca y lo degrada, poco a poco, hasta que éste se pudre. El paciente  no puede hacer nada: su condición de pendejo es irreversible. La única neurona desconectada que queda, si es que queda alguna, se hallará nadando en un charco de desechos bacterianos y apenas será capaz de emitir algún impulso eléctrico de vez en cuando. A dicho impulso eléctrico sigue invariablemente la misma frase. En el caso de un hombre es “Pana, ¿Y esa jeva tan bella?”, y en el de una mujer, “¿Papi, tu me quieres?”

Diagnóstico

Un pendejo es una persona enferma. Su condición es recuperable, eso sí, con un enorme trabajo. Es importante realizar un diagnóstico claro del posible paciente. A continuación se enumeran los signos que hemos podido aislar en nuestro estudio. El diagnóstico de un pendejo se realiza con (a) Un signo distintivo. (b) Dos signos mayores. (c) Un signo mayor y dos menores. (d) Cuatro signos menores.

Signos distintivos:

  1. Sabe leer pero no le interesa; o no sabe leer y tampoco le interesa aprender.
  2. Puede pasar más de cinco (5) minutos discutiendo la existencia de algo que nadie más ve o, cuando menos, no es susceptible de ser sometido a falsación experimental.
  3. Puede pasar más de cinco (5) minutos discutiendo sobre la salud de alguien  que nadie más ve o, cuando menos, está desaparecido hace más de 72h (y no es un pariente o amigo cercano suyo).

Signos mayores

  1. Alguien, alguna vez, organizó una marcha de los pendejos, y el aludido fue a marchar.
  2. No comprende la frase clave (“punch phrase”) de un buen chiste.
  3. La sátira y la ironía le cansan. Es más, no ve la diferencia entre una y otra.
  4. Pasa dos(2)  o más  horas diarias mirando noticieros televisivos como si se tratara de telenovelas. Si el aludido manifiesta estar esperando algún tipo de desenlace, cuenta por un signo distintivo.
  5. Hay algún tema específico sobre el cual carece de sentido del humor. En relación al mencionado tema, no puede distinguir chistes buenos de chistes malos sino, únicamente, chistes a favor o en contra de su posición sobre el tema.
  6. Ha votado seis (6) o más veces, no necesariamente consecutivas, por un mismo proyecto político. Si es más de tres (3) pero no llega a seis (6), cuenta como un signo menor. Si es nueve (9) o más, o admite más de tres (3) veces consecutivas, cuenta como un signos distintivo.

Signos menores:

  1. Se ríe con los chistes de La Luciérnaga (y sabe qué es).
  2. No sabe quiénes son dos o más de las siguientes personas: Andrés López, Facundo Cabral, Emilio Lovera, Daniel Samper Ospina, Rayma, Le Canard Enchaîné, Les Luthiers o afines.  Si sabe quiénes son pero no comprende el sentido del humor involucrado (o ni siquiera se entera de que hay un sentido del humor involucrado) cuenta por un signo mayor.
  3. Sabe qué significan dos o más de las siguientes palabras: (a) Reggaeton. (b) El juego de la Oca. (c) Perreo. (d) Socialismo del siglo XXI. (e) Waka-waka. (f) Candy-candy, Angel la niña de las flores, Hello Kitty o afines. (g) Backyardigans, teletubbies, Barney o afines. (g) Gangnam style.
  4. Sabe quiénes son dos o más de las siguientes personas: (a) Rudy la Scala, Mirla Castellanos,  Lila Morillo, Ricardo Montaner, Floria Márquez o afines. (b) Ernesto Ché Guevara. (c) Hernán Peláez, Iván Mejías o afines. (d) Gina Parody, Irene Sáenz o afines.
  5.  En cualquiera de los dos puntos anteriores si el aludido manifiesta, además de conocimiento, franca afinidad; cuenta por un signo mayor.
  6. Ha salido a marchar por alguna causa, nadie le pagó y regresó a casa feliz. Si el aludido manifiesta que sigue marchando “sin que me paguen” (sic), cuenta por un signo mayor.

Tratamiento

Las estrategias de tratamiento para el síndrome de la pendejera se hallan actualmente en estudio. No se conoce un antídoto contra la pendejobacter neuronii y, salvo las intervenciones invasiavas (trepanación o transplante de cabeza y cuello) sólo se ha conseguido, hasta el presente, un método de tratamiento de shock para pendejos iniciales que ha mostrado resultados amplios y esperanza de mejoría a mediano a largo plazo. Dicho tratamiento consiste en

  • Intervenir el domicilio del afectado. Desconectar todos los televisores y radios, y lanzarlos por una ventana. Confiscar todos los periódicos y revistas, y lanzarlos a la basura.
  • Atar al paciente a una silla y obligarlo a leer títulos de literatura clásica  (Homero, Dante, Balzac…) durante una semana entera, sin comer, ni beber agua ni dormir. El efecto inmediato de esta primera fase es similar al de un exorcismo.
  •  Permitir que el paciente comience, poco a poco, a ingerir alimentos y agua, a medida que se le sigue administrando buena literatura.

Solo después de un largo tiempo (no menos un mes) el paciente comenzará a hilar de nuevo un discurso coherente y ligado a su realidad cotidiana e inmediata.

Por lo complicado del tratamiento antes descrito calculará el lector lo difícil que resulta aplicarlo a una población numerosa de pendejos, aún en su estado inicial. Cuando los pendejos son más que uno solo quedan dos opciones: huir o fundirse con el cosmos. Es posible que no estemos tan lejos de lo segundo, dada la alta proliferación de pendejos en todos los estadios de morbilidad de la epidemia. Es posible que, aunque nuestros temas intocables sean altamente disímiles, tengamos puntos en común con el otro. Es posible que hallamos llegado, sin darnos cuenta, al supremo estado del Hombre Nuevo. Es posible que, finalmente seamos todos iguales.

Igualmente pendejos.

Bitácora

Kafka en Bogotá: Demora en entrega de cédulas lesiona derecho de extranjeros

 Bogotá, 16 de Febrero de 2013. La demora en más de diez meses en la entrega del documento de identidad, por parte de la oficina de Migración, lesiona los derechos civiles y económicos de los extranjeros residentes, trabajadores y estudiantes.

 Voy a cualquier oficina de banco. Intento cobrar un cheque, hacer un retiro, pagar el consumo una tarjeta de crédito. El empleado de turno en la taquilla me niega la posibilidad de realizar la transacción pues el documento de identidad que presento, no es reconocido por los bancos. La misma escena se repite en cualquier ministerio o notaría. Los funcionarios, sean de instituciones privadas o públicas, miran con desconfianza la “contraseña”; así se llama el trozo de papel con una foto que la oficina de Migración me entregó hace ya ocho meses, y que yo mismo debí plastificar.

En la República de Colombia es imposible hacer transacciones bancarias, manejar los propios recursos legalmente habidos a través del trabajo, mucho menos firmar un contrato o registrar el nacimiento de un menor; sin la cédula de identidad. Tal reglamentación es universal e incluye, no solo a los ciudadanos colombianos, sino también a los extranjeros que vivimos en Colombia con alguna visa, sea ésta de estudiante, de trabajador o de residente.

La oficina de Migración fue estrenada el año pasado, luego de la intervención del DAS a causa del escándalo de las chuzadas. Ninguno de los extranjeros que vivimos en Colombia teníamos idea del calvario que seguiría a continuación de esa intervención. Los procesos de cedulación se paralizaron literalmente. Tantos inconvenientes ha causado la demora en la entrega de los nuevos documentos que un extranjero puso una tutela contra los bancos privados; y la ganó. Los tribunales fallaron a favor de los extranjeros que, como quien escribe, pagaron a tiempo la costosa renovación de la visa y de la cédula de identidad (más de $600.000 entre una cosa y otra), a fin de continuar de manera legal su estadía en suelo colombiano. La demora no es imputable a nosotros, sino al incomprensiblemente largo proceso administrativo que ha llevado a cabo la nueva oficina de Migración desde entonces. A la fecha, todos los extranjeros que viven en Colombia aún esperan la entrega de la nueva cédula, que no llega. Mientras tanto deben sortear la negativa de las instituciones o particulares que no conocen ni de las sucesivas resoluciones del despacho de Migración, ni de la mencionada tutela, ni de la sentencia firme de los tribunales.

Vivo en Colombia hace casi cuatro años. Soy un simple profesor universitario, doy clases en la Universidad Nacional de Colombia. Tengo dos hijos: el mayor de siete años, y otro recién nacido apenas el 20 de diciembre pasado, aquí en Bogotá. Por esas y otras razones familiares, mi esposa y yo decidimos quedarnos a vivir en Colombia. Compramos una vivienda, pagamos la cuota inicial con nuestros ahorros. El préstamo hipotecario por el resto del costo de la vivienda está detenido a causa de un solo documento: La cédula que no aparece. El ente que se niega a recibirlo no es un banco privado sino, nada más y nada menos, el Fondo Nacional del Ahorro. Un ente público que se niega a reconocer la sentencia firme de un tribunal de la República. No es posible llegar siquiera a las instancias de asesoría legal del Fondo. En taquilla rechazan los papeles, siempre de manera cortés y, sobre todo, verbal. Nada por escrito. Ningún rechazo que sea constatable. Si no lo estuviera viviendo no lo creería. Literatura de ficción kafkiana.

Ser un metrónomo: Música, aikido y zazen.

El metrónomo suena. No importa si su frecuencia es 30 o 280. Lento o rápido, su suave pulso me tranquiliza. Me recuerda que no hace falta tener prisa. No debo correr, lo cual es algo relativo: Si toco un adagio, 180 es correr. Si se trata de un allegro o 180 puede ser un buen ritmo, 280 es correr. La velocidad no importa. Mi ego no importa.

Se puede ir rápido sin tener prisa.

Respiro. Me concentro. Yo no decido. Decide la práctica, el mismo desarrollo de la actividad, el progreso o retroceso relativo de mi destreza. Sigo el ritmo. ¿Cuál? El que marca el metrónomo. Si el tempo es a 60 la negra, entonces hay que tocar a 60 la negra: ni más, ni menos.

Tener prisa, por cierto, no es lo mismo ser ágil. La agilidad se obtiene progresivamente. Los ejecutantes virtuosos son, usualmente, ágiles. La falta de agilidad a una velocidad determinada no dice nada de otros aspectos de la ejecución, que son igualmente importantes: La expresividad, el sentido musical de las frases, la marcación adecuada de las pausas. Todo ello se adquiere a través de la práctica. A un ejecutante que no sabe administrar esos otros recursos, aún si es muy ágil, le falta por aprender. Es un acróbata con un violín en la mano, y ya. Quien, siendo menos ágil, aprende a administrarlos; puede ser un virtuoso. Esto vale en todo tipo de música, especialmente en las improvisación idiomática: barroco, jazz, flamenco o un buen raga hindú. La cima de esta máxima es el reggae: No puedes marcar siempre los mismos puntos, ni los mismos tiempos. Tienes que hacer sentir las pausas y, sobre todo, la cadencia. Hablar demasiado es no decir nada. Menos es más.

Se puede tocar lento o rápido; pero jamás con prisa.

Hay músicos que hacen lo insólito por no pensar. Tocan de espaldas al público. Cierran los ojos. Ingieren alcohol. Fuman tabaco u otras cosas. Cierto cantante de pop necesita, de modo compulsivo y algo perverso, tener sexo hard poco antes de subir al escenario. También existen los que, en cuanto ponen un pie en la tarima, botan el ego a la basura. Disfrutan ese instante presente. Se olvidan de tocar bien o mal: se concentran en tocar.

El metrónomo suena. Respiro.

Si consigo con una frase difícil, no la  enfrento. La dejo pasar.

Esto es aikido, no taekwondo. Comienzo en una velocidad cómoda, la más lenta posible. Dejo pasar la frase, una y otra vez, sin pensar en ella. La ejecuto lentamente. Incremento la velocidad poco a poco. La frase pasa y queda, se hace parte de mí. Cuando toco en público no pienso; solo toco. Si he practicado suficiente, ya no hace falta pensar. Hago lo que sé: me convierto en esa frase. Entonces la música es una vía de zazen. Tengo que practicar un katá de Iaido. Pongo el metrónomo en la velocidad más lenta que tenga (usualmente, cerca de 30rpm). Respiro. Me siento en seiza. Inicio los movimientos, lentamente, con el ritmo. Busco algo que ya conozco dentro de mí.

Busco la música dentro del katá.

Busco su ritmo, su cadencia. Al principio, practicando tan lento, esa cadencia no puede aparecer: Controlo mi respiración para hacer el movimiento lo más lento posible. No lucho contra él. Le permito pasar, una y otra vez, a través de mí. Cuando alcance el ritmo justo y natural, mi respiración irá coordinada, con todo mi cuerpo, al katá. Entonces aparecerá la cadencia.

Se puede combatir lento o rápido; pero jamás con prisa.

La música es la actividad más cercana al zen que hemos creado los occidentales. No es extraño que en las últimas décadas hayan aparecido por todo Asia generaciones de ejecutantes de música clásica. Chinos, coreanos, japoneses, vietnamitas, taiwaneses; algunos muy jóvenes, otros no tanto. Interpretan a Haydn, Beethoven, Brahms, Bartok, Wagner, Stockhausen, Boulez… Han penetrado progresivamente la escena internacional, los teatros, las salas de concierto, los conservatorios. La música clásica occidental ha comenzado a formar parte de su programa educativo, especialmente en Japón.

El metrónomo suena. No importa si su frecuencia es 30 o 280. Lento o rápido, su suave pulso me tranquiliza. Mientras lo escucho mis latidos se acompasan. Mi respiración se acopla. Mis movimientos se vuelven fluidos. La memoria de mi cuerpo llega antes de que piense.

Mi soplo caliente es la columna de aire y el sonido de la flauta. Mi dedo es el mecanismo de la llave. Mi tórax es la caja de resonancia. Soy todo yo una flauta con pies y manos y llaves y zapatillas. Disfruto cada nuevo ciclo. Mis manos son el bokken. Mi cadera realiza el hermoso giro del jo. Mis pies son el inicio de la respiración y del movimiento; también su final. La aguja del metrónomo va y viene. Es mi dedo que sube y baja, es mi diafragma que se contrae y se expande. La aguja del metrónomo es una con el pie que se desplaza, la cadera que gira.

El metrónomo toca la flauta.

El metrónomo descarga el sable, lo devuelve al pulgar, desliza su hoja hasta coincidir la punta con el inicio de la saya, lo limpia, lo guarda. Lo deja reposar.

Me deja reposar.

El metrónomo suena. Respiro. Vuelvo a comenzar. Cada repetición me ayuda a no pensar. Cada repetición aumenta mi concentración en el vacío. Es el metrónomo. No soy yo. La prisa no existe.