Soy

Desde inicios del 2012 los venezolanos han padecido la última campaña mediática roja; campaña que siempre tuvo y aún posee un objetivo único: desinformar sistemáticamente a los ciudadanos, chavistas o no, sobre la salud de Hugo Chávez Frías (en adelante HCF, para abreviar). Hemos visto desfilar olas de rumores, desmentidas, medias verdades y verdades dichas para no ser creídas. Algunos supusimos erróneamente que el teatro cesaría luego de conocerse el resultado de las elecciones presidenciales de 2012; cual no ha sido el caso. Semejante circo ha despertado, de nuevo, en todos estos meses, la ola de preguntas nerviosas sobre HCF.  Los venezolanos se preguntan si está enfermo, pero no ven la enfermedad que los carcome a ellos: sólo hablan de una cosa, un tema que los copa, los toma por asalto, los invade hasta sus últimas neuronas. Y si son venezolanos que viven en el exterior, aunque los síntomas amainan, la dolencia no se cura fácilmente. No importa si Usted vive  en el Cairo o Beijing; cuando alguien (digamos el taxista, el autobusero, el vendedor de periódicos) se entera de que es Usted venezolano, sólo una pregunta le viene a la cabeza. El delirio también lo comparten los extranjeros, pero sobre ellos los síntomas son más leves. Nadie habla sino de él. Siempre sobre él. Nunca sobre quienes lo padecen a diario, se den cuenta o no de que lo padecen. No hay espacio para otro pensamiento.

No hay nada (ni nadie) más de qué hablar. No puedo hablar sobre los venezolanos que decidieron quedarse, yo decidí irme. Ni sobre familiares, amigos o enemigos. Tengo diferencias con todos ellos, a veces sutiles, otras no tanto. Esta enfermedad que se caracteriza por la falta de palabra, se lleva de manera individual y sólo hay un modo de conjurarla. He decidido hacer terapia por mí mismo y, sobre todo, hacia mí mismo. He decidido hablar de mí, repensar un poco quién soy hoy, aquí y ahora; qué parte del circo me toca directamente.

Soy responsable de  haber dejado atrás a una sociedad entera con la que no me identifico y, al mismo tiempo, haber logrado perdonar. Entre permanecer resentido con ricos o pobres, con la clase política o con los que no participaban; decidí volver a empezar, comenzar por el principio.

Decidí trabajar.

No me comparo con nadie. No veo como un oligarca, burgués, agente del imperio o un enemigo a quien, fruto de su trabajo, ha conseguido más dinero o más bienes que yo. Del mismo modo, no acepto ninguna de las etiquetas anteriores ni me siento como tal, por haberme dedicado a los libros un poco más que otras personas.  Concedo que no todos tenemos las mismas condiciones de partida. Sin embargo, tampoco tomamos todos las mismas decisiones, incluso cuando partimos de condiciones parecidas. Hay quien tiene más dinero que yo; hay quien tiene menos. Hay quien trabaja más que yo, y hay quien trabaja menos. Hay quien sabe y estudia más que yo, hay quien sabe o estudia menos. Ninguna persona puede hacerme sentir mal por lo que soy, pues soy aquello que decidí ser, ha sido mi elección.

Soy responsable de haber buscado y encontrado un sitio donde valoran mi trabajo, aquel que me gusta hacer y me realiza. Se me permite estudiar, investigar, trabajar y crear; se me paga por ello un salario suficiente para mantenerme y sostener a mi familia. No necesito tener tres o cuatro trabajos a la vez; tengo uno solo y es suficiente. La sociedad en medio de la cual vivo valora mi trabajo intelectual o, al menos, lo respeta.

Soy responsable de no haber votado en las elecciones del 7 de Octubre de 2012.  Podría hacer una lista de motivos para no haberme inscrito en el registro electoral en el consulado de Bogotá. Podría aducir que, por razones familiares, no me era posible viajar a Venezuela para ejercer mi derecho al voto. Todo ello es cierto, pero no es la verdad. Hace tiempo decidí desintoxicarme. La permanencia o no del actual locatario de Miraflores  ya no es mi problema. La única verdad es que no voté porque no quise. No pido excusas. No acepto concesiones.

Soy alguien empecinado en recordar algunas cosas, y a algunas personas, que no salen todo el tiempo en las redes sociales.

Soy Leoncio Martínez, José Rafael Pocaterra. Soy cada venezolano que ha cruzado las fronteras, harto de no poder pensar, ni trabajar, ni crear (en mi caso, tres sinónimos) bajo el claro sol de mi país.

Soy todos y cada uno de los desaparecidos de los que más nada se supo después del caracazo de 1998. Soy Yulimar Reyes; y aunque sólo la gente de izquierda la recuerda y la enarbola como una bandera, no se me olvida que cuando Yulimar estudiaba en la Escuela de Letras de la UCV, almorzaba (y frecuentemente dormía) en mi casa. Y cuando apareció la nota en la prensa del Lunes 26 de febrero por la tarde; a quien llamaron para que fuese a reconocer el cadáver fue a mi madre (yo era menor de edad). Porque Yulimar no tenía familia en Caracas. Porque mi madre y yo éramos la familia de  Yulimar. Porque los proselitistas del odio, esos que la supieron embaucar desde su resentimiento, se escondieron atemorizados. Ninguno dio la cara porque no estaban en el poder y, veinte años después, cuando llegaron al poder, le pasaron la factura de su resentimiento a Raimundo y todo el mundo.

Por eso mismo, soy todos y cada uno de los más de 15.000 empleados (obreros, técnicos y gerentes) que fueron despedidos de PDVSA en vivo y directo, en un programa de televisón. Soy todos y cada uno de esos que fueron sacados de los campos petroleros a las malas y a las balas. Soy todos y cada uno de los venezolanos que han sido discriminados por votar contra un programa determinado; y no les han permitido trabajar ni comer mediante un apartheid político-laboral conocido como la lista Tascón.

Soy Rui de Carvalho, izquierdista hasta el delirio, pero nunca resentido; aunque sospecho que a veces las gaviotas se echan su palo de cocacola a escondidas. Soy Elisa Jiménez, feminista y revolucionaria que jamás se habría permitido pactar con un régimen que discrimina a las mujeres en cuanto tales, como el que actualmente pervive en Irán. Soy Ricardo RíosManuel Caballero.  Soy Teodoro Petkoff y perferiré serlo, una y mil veces, aunque jamás llegue a presidente, antes que plegarme al cantar de sirenas de las botas militares.

Soy todos y cada uno de los científicos venezolanos que salieron a aprender y, cuando regresaron para dar de vuelta, fueron rechazados por una sociedad ciega de resentimiento.

Soy SimonovisForero,  AfiuniBrito; soy sus viudas, sus hijos y sus nietos. Soy uno con cada amistad que ha sido separada, con cada familia que ha sido dividida o ha perdido a algún ser querido que decidió emigrar.

Soy todos y cada uno de los judíos que iban (y aún van) a rezar a la sinagoga de Maripérez,  el estoicismo de mi tío Jacobo, la rabia contenida y poco disimulada de mi primo Samuel. Soy la tristeza milenaria salida de las entrañas y las lágrimas de mi tía Antonieta, que lloró la profanación innecesaria de los rollos de Torá. Lloró todavía más el surgimiento de un odio inducido que Venezuela nunca había conocido, y ninguna de las siete generaciones de mi familia sefardí habría imaginado sobre suelo venezolano, y que merece todo mi repudio. Su muerte, apenas un año después de esa desgracia, fue de pura tristeza.

Soy extranjero. De oficio y vocación. Empedernido. Crónico.

No soy la sociedad que permite esas atrocidades, ni soy solidario con ella. La he perdonado desde lo más hondo de mí mismo. Esa sociedad tiene responsabilidades pendientes con los demás y, sobre todo, consigo misma. Responsabilidades que, de no ser asumidas, la llevarán por el despeñadero, ante la imposibilidad de convivir.

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2 thoughts on “Soy

  1. Pingback: Del arte de sobrevivir a la náusea | Mejmamente yo

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