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Diario de caminata 28/01/2013 El tiempo y Bogotá

El tiempo y Bogotá

Cada ciudad tiene su ritmo. París, por ejemplo, es considerada frecuentemente como una ciudad frenética. Tengo que decir que, con sus aceras anchísimas y sus parques inmensos, París siempre me resultó una ciudad para caminarla completa, de cabo a rabo, y gastarse una vida en ello. Cierto también que una ciudad a pié nunca es igual a una ciudad en carro o transporte público. La caracas de a pié hace muchos años dejó de ser la ciudad de los techos rojos, pero aún, con un poco de suerte, le puede brindar a quien la conoce o reconoce, algo de la vieja amabilidad que guarda debajo de sí misma.

La vibración de las ciudades tambié depende de la hora en la que se les mire. Mi favorita por el momento es Bogotá, entre las 5 y las 7am. Esta es una ciudad inmensa. Tiene casi tres veces la superficie de Caracas y casi el doble de gente, con algo menos de la mitad de automóviles. En Bogotá, aunque las aceras no sean siempre anchas y las calles asomen postes repletos de cables; se puede (y vale la pena) caminar.

¿Mi zona favorita? El centro geográfico que hacen entre Teusaquillo, Chapinero y el casco viejo. Bogotá es grande, muy grande. Su periferia es prácticamente inabarcable. Para llegar al trabajo, la gente amanece desde muy, muy temprano. Los fruteros abren entre 6 y 7am. Algunas peluquerías abren a las 6am y, a las mujeres que trabajan en puestos gerenciales o en atención al público,  es frecuente verlas más o menos a esa hora, en uniforme de trabajo, esperando su turno en algún salón para hacerse un secado/alisado de cabello antes de entrar a trabajar. Los desayunaderos abren usualmente después de las 7am. Si consigue alguno que abra a las 7am en punto; no lo dude: desayune allí. Si abre tan temprano es porque tiene clientela desde esa hora. Y si tiene clientela desde esa hora, es porque la cocina es buena.

Desayunar en Bogotá, en plena calle, es algo que debe intentar. Los desayunos ambulantes no son siempre recomendables. Hay que desconfiar de las empanadas fritas, casi siempre tienen varios días de hechas y, por eso mismo, son muy pero muy pesadas de digerir. Sobre la 100 con 54 (en los alrededores del edificio de la IBM) se para un vendedor ambulante de arepas con chorizo. Por la 45 con 24 hay otro. En la 53 con 28 (frente al centro comercial Galerías) conseguirá un local donde las sirven. Es uno de los mejores desayunaderos a la redonda. Las arepas con chorizo son todo un tema aparte: La arepa asada, de maíz blanco (no de harina de maíz, sino de maíz molido) es calentada al fuego. Cuando la muerda descubrirá que por dentro llevan queso. El chorizo que le adjuntan no es mi parte de mi dieta, pero según la propia gente que hace cola para comprar una, vale la pena probarlo. Si se anima a entrar a algún desayunadero, pruebe las sopas. Changua (sopa de leche para niños), caldo de costillas, caldo de raíz, sopa de pajarilla… Si los ve por allí, atrévase. El caldo de costilla es un clásico, como las odas de Homero o la novena de Beethoven: donde lo consiga, tripéeselo y no lo pele. Es de costilla de res. El caldo es sencillo: sólo tiene la carne de la costilla, papa blanca, sal y cilantro rizado (una variedad local) recién cortado, que se añade justo al momento de servirlo y le da un aroma especial.  Para los más temerosos siempre están los huevos al gusto, como les gusta decir aquí; acompañados de pan y chocolate.

Hay algunos sitios donde conseguirá desayunos gourmet, y otros de perfil intermedio. Si vive cerca de la Soledad, una buena opción es desayunar cerca del Parkway. El Andante es un local que, aunque forma parte de una franquicia, tiene su propia personalidad. Los desayunos allí son muy agradables. Tienen buen café. Si quieren una cafetería seria, prueben en el EyDCafés, sobre la 67 con 4ta. Me parece insuperable.

Finalmente, si Usted es de los que madrugan de verdad, hay algo que amará de Bogotá. Entre las 5am y las 6am la temperatura es más fría, todavía se sienten los restos de la madrugada y hay algo a lo que los Bogotanos mismos le pasan de lado, un tesoro que no saben que tienen: El silencio. Levántese y salga a caminar. Cuando llegue a la puerta de la calle, cierre los ojos por un momento, y únicamente escuche. Sí. No está Usted alucinando. Son pájaros. Se escuchan por toda la ciudad. Hay más hacia la montaña, y menos hacia las zonas industriales. Los pájaros me acompañan, todas las mañanas, a la hora del amanecer. Camino con ellos mientras levanta la mañana. A esa hora se siente, especialmente, el clima de montaña de Bogotá. Se perciben sin dudas los 2.600 metros de altura. Un excelente plan para los más deportistas es subir a Monserrate un poco más tarde, a partir de las 6am, cualquier día de la semana. Me refiero a subir la montaña a pié. La entrada está un poco más arriba de la estación del teleférico. La subida es corta y muy exigente. Son apenas entre 45min y 1h, dependiendo de su estado físico, pero dado que comienza a subir a casi 2.700mts, la altitud y la falta de oxígeno se sienten en la demanda cardio-pulmonar. Si no tiene un estado físico intermedio, no lo intente. Sedentarios abstenerse so riesgo de una baja de azúcar, un yeyo o un patatús. Como dicen aquí, mejor que no le dé la pálida mi chino. Al terminar la caminata arriba, se puede desayunar allí mismo, en Monserrate, en alguno de los locales de más arriba de la Iglesia.

En cuanto a mí, sigo prefiriendo el minimalismo.

¿Mi desayuno favorito? Una caminata de corta con Milú, mi perra dálmata, lo más temprano posible entre 5:30 y 6am. Luego 10 minutos de meditación frente a la ventana, para escuchar los pájaros. A veces medito mientras camino con Milú. Después de eso; un buen expreso o una prensa francesa, con café artesanal de Amor Perfecto; y media hora de zambullida en twitter antes de comenzar a trabajar. Los domingos soy algo más sibarita: me doy un descanso del cyber-mundo y prefiero leer la prensa. Soy fanático de El Espectador y El Tiempo. Nada como leer, y ganar, y perder el tiempo en Bogotá.

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La teoría de la sospecha

La teoría de la sospecha nos viene del Marxismo, y su aplicación en la política diaria tiene consecuencias terribles en una sociedad democrática. La democracia es un sistema de gobierno que sustituye el poder de las armas por el de los argumentos, El parlamento nos viene del Ágora, y es incluso más importante que las elecciones presidenciales, aunque Usted no lo crea. La democracia necesita de la discusión y se nutre de ella.

La lógica dialéctica (tesis-antítesis-síntesis) se opone, en este sentido, a la lógica aristotélica. Su correspondiente, el materialismo histórico-dialéctico, se opone a una posición que resulta ser el pilar de toda democracia. Demócrata es aquel que está convencido de que para gobernar es suficiente convencer a los demás de los propios argumentos, sin coacción militar, económica o de cualquier otra índole. Antidemócrata es quien piensa lo contrario: que discutir no tiene sentido, no vale la pena, no soluciona nada. Que es mejor quien soluciona con hechos, quien decide, que quien pierde primero el tiempo intentando convencer a los demás.

La teoría de la sospecha se puede resumir como sigue: No me interesan tus argumentos, sino tu historia, tu origen, tus intenciones oscuras, los intereses que defiendes. Tú no argumentas porque seas demócrata, sino porque defiendes intereses ocultos. Detrás de esta posición podemos descifrar algunas claves. Vale decir: la moral tiene una genealogía. El discurso demócrata viene manchado por un pecado original, los intereses de cada participante.

1. En la teoría de la sospecha, no escuchamos el argumento del otro: lo descalificamos.

2. La participación política para defender los intereses propios está teñida de pecado. Sólo es válida la participación “desinteresada”, humanística, filantrópica, por la defensa de principios abstractos como el bien de la humanidad, la justicia o la igualdad; pero no la participación para resolver problemas concretos, como pretender arreglar el hueco en la calle al frente de su casa o mejorar el suministro de agua de alguna comunidad.

3. El discurso de un ________ (la rayita la puede rellenar con cualquier etiqueta, como “burgués”, “enemigo”, “lacayo del imperio”, “antirrevolucionario”, pero también “rojo”, “terrorista”, etc….) está destinado al fracaso desde antes de que éste lo profiera.

4. No se escucha el discurso de un _____________ (ver punto anterior). No se le responde. Se ignora de plano su contenido, y se buscan las “debilidades morales” de quien lo profiere. Se descalifica al demócrata ingenuo con un discurso agrio.

La teoría de la sospecha es sólo una forma más de historicismo, una muy perversa por cierto, como bien nos previno Karl Popper en una de las más fieras defensas del pensamiento democrático, “La sociedad abierta y sus enemigos”.  El resultado de esta  manera de hacer política, dentro de una sociedad democrática, es simplemente nefasto. Cuando este tipo de pensamiento llega al poder, se dedica a ignorar sistemáticamente a la parte de la población que disiente de su proyecto. Se crea por la vía de los hechos un apartheid político. Se marca al disidente con una estrella de David amarilla que lo convierte en loco.

En este tipo de regímenes, a un disidente solo le quedan dos alternativas: el exilio o el campo de reeducación.  ¿Cuál elige Usted?

Soy

Desde inicios del 2012 los venezolanos han padecido la última campaña mediática roja; campaña que siempre tuvo y aún posee un objetivo único: desinformar sistemáticamente a los ciudadanos, chavistas o no, sobre la salud de Hugo Chávez Frías (en adelante HCF, para abreviar). Hemos visto desfilar olas de rumores, desmentidas, medias verdades y verdades dichas para no ser creídas. Algunos supusimos erróneamente que el teatro cesaría luego de conocerse el resultado de las elecciones presidenciales de 2012; cual no ha sido el caso. Semejante circo ha despertado, de nuevo, en todos estos meses, la ola de preguntas nerviosas sobre HCF.  Los venezolanos se preguntan si está enfermo, pero no ven la enfermedad que los carcome a ellos: sólo hablan de una cosa, un tema que los copa, los toma por asalto, los invade hasta sus últimas neuronas. Y si son venezolanos que viven en el exterior, aunque los síntomas amainan, la dolencia no se cura fácilmente. No importa si Usted vive  en el Cairo o Beijing; cuando alguien (digamos el taxista, el autobusero, el vendedor de periódicos) se entera de que es Usted venezolano, sólo una pregunta le viene a la cabeza. El delirio también lo comparten los extranjeros, pero sobre ellos los síntomas son más leves. Nadie habla sino de él. Siempre sobre él. Nunca sobre quienes lo padecen a diario, se den cuenta o no de que lo padecen. No hay espacio para otro pensamiento.

No hay nada (ni nadie) más de qué hablar. No puedo hablar sobre los venezolanos que decidieron quedarse, yo decidí irme. Ni sobre familiares, amigos o enemigos. Tengo diferencias con todos ellos, a veces sutiles, otras no tanto. Esta enfermedad que se caracteriza por la falta de palabra, se lleva de manera individual y sólo hay un modo de conjurarla. He decidido hacer terapia por mí mismo y, sobre todo, hacia mí mismo. He decidido hablar de mí, repensar un poco quién soy hoy, aquí y ahora; qué parte del circo me toca directamente.

Soy responsable de  haber dejado atrás a una sociedad entera con la que no me identifico y, al mismo tiempo, haber logrado perdonar. Entre permanecer resentido con ricos o pobres, con la clase política o con los que no participaban; decidí volver a empezar, comenzar por el principio.

Decidí trabajar.

No me comparo con nadie. No veo como un oligarca, burgués, agente del imperio o un enemigo a quien, fruto de su trabajo, ha conseguido más dinero o más bienes que yo. Del mismo modo, no acepto ninguna de las etiquetas anteriores ni me siento como tal, por haberme dedicado a los libros un poco más que otras personas.  Concedo que no todos tenemos las mismas condiciones de partida. Sin embargo, tampoco tomamos todos las mismas decisiones, incluso cuando partimos de condiciones parecidas. Hay quien tiene más dinero que yo; hay quien tiene menos. Hay quien trabaja más que yo, y hay quien trabaja menos. Hay quien sabe y estudia más que yo, hay quien sabe o estudia menos. Ninguna persona puede hacerme sentir mal por lo que soy, pues soy aquello que decidí ser, ha sido mi elección.

Soy responsable de haber buscado y encontrado un sitio donde valoran mi trabajo, aquel que me gusta hacer y me realiza. Se me permite estudiar, investigar, trabajar y crear; se me paga por ello un salario suficiente para mantenerme y sostener a mi familia. No necesito tener tres o cuatro trabajos a la vez; tengo uno solo y es suficiente. La sociedad en medio de la cual vivo valora mi trabajo intelectual o, al menos, lo respeta.

Soy responsable de no haber votado en las elecciones del 7 de Octubre de 2012.  Podría hacer una lista de motivos para no haberme inscrito en el registro electoral en el consulado de Bogotá. Podría aducir que, por razones familiares, no me era posible viajar a Venezuela para ejercer mi derecho al voto. Todo ello es cierto, pero no es la verdad. Hace tiempo decidí desintoxicarme. La permanencia o no del actual locatario de Miraflores  ya no es mi problema. La única verdad es que no voté porque no quise. No pido excusas. No acepto concesiones.

Soy alguien empecinado en recordar algunas cosas, y a algunas personas, que no salen todo el tiempo en las redes sociales.

Soy Leoncio Martínez, José Rafael Pocaterra. Soy cada venezolano que ha cruzado las fronteras, harto de no poder pensar, ni trabajar, ni crear (en mi caso, tres sinónimos) bajo el claro sol de mi país.

Soy todos y cada uno de los desaparecidos de los que más nada se supo después del caracazo de 1998. Soy Yulimar Reyes; y aunque sólo la gente de izquierda la recuerda y la enarbola como una bandera, no se me olvida que cuando Yulimar estudiaba en la Escuela de Letras de la UCV, almorzaba (y frecuentemente dormía) en mi casa. Y cuando apareció la nota en la prensa del Lunes 26 de febrero por la tarde; a quien llamaron para que fuese a reconocer el cadáver fue a mi madre (yo era menor de edad). Porque Yulimar no tenía familia en Caracas. Porque mi madre y yo éramos la familia de  Yulimar. Porque los proselitistas del odio, esos que la supieron embaucar desde su resentimiento, se escondieron atemorizados. Ninguno dio la cara porque no estaban en el poder y, veinte años después, cuando llegaron al poder, le pasaron la factura de su resentimiento a Raimundo y todo el mundo.

Por eso mismo, soy todos y cada uno de los más de 15.000 empleados (obreros, técnicos y gerentes) que fueron despedidos de PDVSA en vivo y directo, en un programa de televisón. Soy todos y cada uno de esos que fueron sacados de los campos petroleros a las malas y a las balas. Soy todos y cada uno de los venezolanos que han sido discriminados por votar contra un programa determinado; y no les han permitido trabajar ni comer mediante un apartheid político-laboral conocido como la lista Tascón.

Soy Rui de Carvalho, izquierdista hasta el delirio, pero nunca resentido; aunque sospecho que a veces las gaviotas se echan su palo de cocacola a escondidas. Soy Elisa Jiménez, feminista y revolucionaria que jamás se habría permitido pactar con un régimen que discrimina a las mujeres en cuanto tales, como el que actualmente pervive en Irán. Soy Ricardo RíosManuel Caballero.  Soy Teodoro Petkoff y perferiré serlo, una y mil veces, aunque jamás llegue a presidente, antes que plegarme al cantar de sirenas de las botas militares.

Soy todos y cada uno de los científicos venezolanos que salieron a aprender y, cuando regresaron para dar de vuelta, fueron rechazados por una sociedad ciega de resentimiento.

Soy SimonovisForero,  AfiuniBrito; soy sus viudas, sus hijos y sus nietos. Soy uno con cada amistad que ha sido separada, con cada familia que ha sido dividida o ha perdido a algún ser querido que decidió emigrar.

Soy todos y cada uno de los judíos que iban (y aún van) a rezar a la sinagoga de Maripérez,  el estoicismo de mi tío Jacobo, la rabia contenida y poco disimulada de mi primo Samuel. Soy la tristeza milenaria salida de las entrañas y las lágrimas de mi tía Antonieta, que lloró la profanación innecesaria de los rollos de Torá. Lloró todavía más el surgimiento de un odio inducido que Venezuela nunca había conocido, y ninguna de las siete generaciones de mi familia sefardí habría imaginado sobre suelo venezolano, y que merece todo mi repudio. Su muerte, apenas un año después de esa desgracia, fue de pura tristeza.

Soy extranjero. De oficio y vocación. Empedernido. Crónico.

No soy la sociedad que permite esas atrocidades, ni soy solidario con ella. La he perdonado desde lo más hondo de mí mismo. Esa sociedad tiene responsabilidades pendientes con los demás y, sobre todo, consigo misma. Responsabilidades que, de no ser asumidas, la llevarán por el despeñadero, ante la imposibilidad de convivir.