¿Y como pa qué era?

(Originalmente publicado en indocacri.blogspot.com el 09/12/2012)

Dos viejitos desmemoriados se consiguen en una esquina después de muchos años sin verse. Se abrazan con alegría, casi lloran. Uno le pregunta al otro:

– ¿Te acuerdas de Rosita? Me la conseguí hace unos días.
– No… No me acuerdo…
– La que salía con nosotros cuando éramos estudiantes…
– ¿Con nosotros?
– Pana, a tí te gustaba Rosita, yo salía con su hermana…
– Pues no me acuerdo…
– Salíamos a bailar noches enteras en una discoteca que ponía música lenta y lámparas a media luz…
– ¿Ejh…?
– Qué mal estás de la memoria… Y bailábamos con ellas de lo más apretados. Era una maravilla el perfume de Rosita…
– Aaaaah… Ya majomenoj me acuerdo, ¿Y… como pa qué era?

El chiste viene a cuento pues a finales de septiembre pasado un amigo querido se me acerca y, al rompe, sin anestesia, lo primero que me dice es:
– ¿Quiúbo hermano, y Usté ya leyó La Rebelión de los Náufragos (perfil en Facebook)

Pongo cara de ponchao.

– No me diga que no la ha leído. Juy hermano, mire yo en lo que la termine je la presto. Eso es una crónica monumental del gobierno ‘e Pérez, especialmente de los últimos meses antes de su renuncia.

Hernando es colega de la Universidad Nacional de Colombia. Fue profesor en la ULA (Mérida, Venezuela) hasta que se jubiló y, hace algunos años, regresó a Bogotá. Yo llegué a Colombia hace casi tres años y, desde mi llegada, el número de venezolanos inmigrantes se ha ido incrementando de manera importante, hablo especialmente de los venezolanos de mi profesión y especialidad. Soy matemático, PhD en topología algebraica de la UCV y la Universidad de Artois (Francia). Hernando también, es algebrista, sacó el PhD en Ohio. Los matemáticos siempre somos pocos, por cada uno de nosotros siempre hay un montón de gente que viene, adelante, atrás o a los lados, al menos en lo que a inmigración se refiere. La inmigración de venezolanos en los últimos años hacia Colombia ha traído de todo, en particular, una masa importante de profesionales científicos y técnicos.

-¿…? No, pues no lo he leído. ¿Y qué tal?

Hernando pone cara de felicidad mientras me invita un tinto (café) y se explaya con entusiasmo en hablarme del libro de la peridista venezolanaMirtha Rivero (perfil en Facebook). Poco a poco me voy interesando yo también, quedamos pues en el convenido préstamo… que todavía estoy esperando.

Unas semanas después, es mi padre quien me pregunta si he podido leerlo. Esta vez tengo cara de semiponchao. Algunos días después, él mismo publica en la web una reseña del libro a la que se suman una lista igualmente interesante de comentarios públicos.

En las semanas siguientes me dedico a recorrer librerías en Bogotá sin conseguirlo, no porque no lo hayan distribuido: está agotado. Entre octubre y noviembre, aparentemente, vuelve a aparecer, no en las redes de Panamericana, sino en la Lerner. Eso al menos me dice otro amigo roloveneco. Cuando llego ya no hay, si es que lo hubo (contrario a la mitología caraqueña sobre los libreros bogotanos, el dependiente no sabe de qué le hablo). Me resigno pues a esperar y buscarlo en Caracas, tan pronto llegue a pasar vacaciones.

Y eso hago.

La Rebelión de los Náufragos tampoco está en Tecniciencias. No la tienen en Las Novedades, ni en El Buscón, ni en la Alejandría, ni en el veintiúltimo pasillo de ingeniería en la UCV. Al menos no en los últimos días de diciembre. ¿Se la regalan todos los caraqueños entre sí? ¿Poco el tiraje? Mientras más la busco más intriga me da. Pasan los días y, finalmente, llega la fecha de mi retorno al trabajo. Hago mi maleta y me regreso sin fuegos artificiales (no me agradan las despedidas).

Es una soleada tarde de viernes. Ya resignado a no conseguirlo, chequeo mi maleta en Maiquetía, miro con algo de nostalgia los dibujos cinéticos en el piso del aeropuerto y no dejo de pensar en el inmenso mural de Cruz Diez sobre la aduana portuaria de la Guaira, perdido en el olvido. Respiro. Paso por inmigración y comienzo a caminar por el duty free. He aquí que en una pequeña libería, escondido, como si me estuviera esperando en el Finis Africae, de pronto me sonríe un libro de lomo grueso rojinegro. Lo miro, me mira, nos reconocemos. Atravieso el pasillo del aeropuerto repleto de turistas y allí nos conseguimos y me siento fray Guillermo de Baskerville, o mejor aún, el propio Sherlock Holmes.

Me lo llevo sin dudar. Me instalo en el asiento del aeropuerto a esperar la salida del vuelo 81 de Avianca de las 6:15pm, con destino a Bogotá. Abro finalmente la primera página de La Rebelión de los Náufragos.

No me pregunten lo que ha sucedido en las últimas horas, creo que no me he dado cuenta de prácticamente nada. No sé ni cómo llegué a Bogotá ni cómo recuperé la maleta ni quién la deshizo ni cómo entré a mi casa, ni qué comí ni en dónde me acosté.

Sólo sé que hoy es lunes y apenas hace un par de horas acabo de pasar la última página y cerrar la tapa del libro. Que el libro de Mirtha Rivero es una impresionante búsqueda hacia adentro con apariencia de investigación periodística hacia afuera, pero no, la vaina es hacia adentro. Hay, además de toda la documentación y el giro de posición reconocido por la propia autora, una inmersión en las aguas del recuerdo de lo que éramos y cómo éramos, y una apuesta a la honestidad, al menos a la honestidad con uno mismo.

Sólo sé que uno no puede soltar esa vaina. Atrapa, así que tenga cuidado. Léalo y sumérjase. Zambúllase. Corra también Usted el riesgo de girar.

Luego, cuando le hablen de derechos humanos o civiles, de proyectos de país, en fin cuando le hablen de democracia, no pregunte: ¿Y como pa qué era?

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