Especulaciones simples

Originalmente publicado bajo el título “Especulaciones fascistas” en gabrielpadillaleon.wordpress.com el 24/09/2012. Este artículo fue editado luego de las amables observaciones de algunos amigos. Una de ellas, quizá la más importante, fue que (tal como estaba inicialmente escrito) la palabra “fascista” se podía tomar como una descalificación personal. Nada más lejano de mi intención de réplica: Para mí el fascismo es una actitud política identificable; todos (incluido quien escribe) podemos caer eventualmente en algún tipo de acción pública que favorezca el pensamiento fascista. Por tales motivos me decidí finalmente a reescribir esta nota.

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No hay nada peor a olvidar las diferencias entre derecha e izquierda. Derecha e izquierda coexisten, luchan, conviven y negocian. A veces, jugadores políticos de cualquiera de los dos espectros le juegan sucio a la Sociedad Abierta. A veces aparece un tercer espectro: el de la identificación entre derecha e izquierda. La confusión socava las reglas de juego de la Sociedad Abierta desde sus cimientos. De la confusión entre derecha e izquierda surgen frecuentemente los extremos de derecha e izquierda.

Para que sea posible identificar valores opuestos hace falta limitar, también deliberadamente, el propio razonamiento lógico. Los valores opuestos sólo se amalgaman a través de una pasión: “No me gusta la política, soy antipolítico. No soy  ni de derecha ni de izquierda, sino venezolano (colombiano, argentino, chileno, francés, alemán, etc…)”. ¿Suena conocido? Hay también actores políticos que buscan deliberadamente esa confusión-identificación. El fascismo es la amalgama de los principios más extremos de derecha e izquierda, de modo deliberado, a través de una o varias pasiones que funcionan como catalizadores y vehículos sintéticos del pensamiento primitivo.  Ejemplos de pasiones sintéticas pueden ser el odio a un enemigo externo (el imperio, la amenaza roja) o interno (terrorismo), la cohesión religiosa, la identificación tribal…

Dicen que la república es eterna porque muere todos los días. A veces la Sociedad Abierta se suicida o, al menos, lo intenta. Los profetas del desencanto arremeten contra  instituciones que defienden nuestras libertades individuales. Prometen una sociedad más justa a cambio de eliminar “algunos estorbos”. ¿Nos preguntamos qué quedaría si de un día nos levantásemos y ya no existieran los partidos políticos, el congreso, la prensa libre, los sindicatos independientes, la universidad autónoma? Hacemos caso a los enemigos de la Sociedad Abierta  porque le tememos a la libertad. Es imposible embaucar a alguien inocente: caemos por algo. Olvidamos la paradoja de Popper: la Sociedad Abierta no puede tolerar a los intolerantes.

La inversión en cultura, en arte, en tecnología y en ciencias naturales, por pequeña que sea, siempre redunda en la calidad de vida de toda una nación. Puede que esto no sea evidente para el carnicero de la esquina, pero sí lo es para cualquiera que viene de la academia. La Sociedad Abierta es responsable de invertir en la formación de sus ciudadanos. La efectividad de esa inversión no sólo se mide en la cantidad de egresados. Una escuela de artes, un dojo de artes marciales, un conservatorio de música, una universidad; no sólo existen para producir escultores, físicos, judokas o directores de orquesta (al menos no a cualquier precio ni de cualquier manera). Su impacto trasciende los diplomas, licencias o cinturones negros. No son sólo fábricas de egresados.

Cuando alguien pasa por una universidad, aprecia una obra maestra de pintura o descubre los cuartetos póstumos de Beethoven; su vida cambia para siempre. Poco importa si no termina los cursos en los que se inscribió. Su vida ya ha cambiado desde practica alguna de esas disciplinas por algún tiempo. Su vida ya ha cambiado desde que inició un nuevo viaje: es el viaje mismo lo que nos abre una perspectiva diferente del mundo porque descubrimos una nueva Ítaca. ¿Recordamos los científicos acaso lo que significan las Ítacas?

El secreto está en practicar, experimentar, vivir. No importa si es breve o largo, la experiencia nos cambia. Esta es la idea que tenía, por ejemplo, Jigoro Kano sobre el impacto y la misión de la enseñanza del Judo. El impacto social que tiene el proyecto de orquestas juveniles en un barrio de Caracas va más allá del número de conciertos que graba Dudamel con la orquesta Simón Bolívar.

¿Hay quien financia turismo académico a costa de los contribuyentes? ¿Existen políticos corruptos? ¿Hay empleados públicos ineficientes? ¿Se habla demasiado y se hace poco en el congreso, o en la Corte Suprema? Respuesta de una Sociedad Abierta que no quiera suicidarse: Sí, ¿y qué? 
Reformamos las instituciones sin destruirlas o nos quedamos sin ellas. Si prescindimos de sindicatos independientes, universidades autónomas, partidos políticos, prensa libre, Congreso, Corte Suprema, etc…  ¿Por quién votaremos, si es que nos dejan votar después? ¿Por un par de botas? ¿Por una sotana?
¿Somos los académicos una clase privilegiada, una oligarquía del conocimiento? ¿No debería ser más democrática la universidad? Las preguntas simples a veces merecen respuestas complicadas (¡Díganselo a Fermat!). Toda simplificación es, en cierto modo, un reduccionismo. Duelen los académicos que dan a las personas simples argumentos más simples aún. Necesito una academia que ocupe su espacio político desde el conocimiento.
La academia es el lugar en donde damos argumentos complicados a preguntas simples.
Más aún: parte de nuestra labor es explicar esos argumentos complicados a las personas simples. Prefiero una academia imperfecta, una universidad pública con todos sus defectos, un Colciencias jurásico; a la desaparición de esas instituciones. A veces, responder de manera simple a una pregunta simple equivale a suicidarnos.

Si fueran honestos; los enemigos (conscientes o no) de la Sociedad Abierta pedirían a las botas y a las sotanas lo mismo que exigen a las universidades. Sueño con un alto mando militar elegido por voto el directo de reclutas, soldados, porteros y bedeles.

¿Puede toda la sociedad evaluar la relevancia que tendrá en su presente o en su futuro el conocimiento científico que actualmente producimos en Colombia? ¿Tenemos que justificar nuestra investigación en la relevancia social de nuestro trabajo? Los empresarios financian investigaciones que garantizaran ganancias. Los regímenes autoritarios financian panfletos. Detrás de argumentos simples que amarran la libertad de pensamiento de un científico, de un músico, de un artista, a la relevancia social de su trabajo; se esconde el miedo al pensamiento que profesan los dictadores. Al “¡Muera la intelectuaildad traidora! ¡Viva la muerte!” de Millán Astray contestaba Unamuno “Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote, estáis profanando su santo recinto”. Lo único que un investigador no negocia es su libertad para pensar y escoger en qué investiga.

Una hoja de ruta seria no se elabora a punta de consignas. El camino al fascismo está empedrado por argumentos simples; en ocasiones, minúsculamente simples.
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